Alberto Barciela 

Como Director del Congreso, aporta diversas reflexiones sobre la objetividad y la aproximación a la verdad desde la profesión periodística. 

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Carta a Mariano José de Larra

Querido Mariano José, admirado maestro:

           

Mi carta no es romántica. Es fruto de la pasión por escribir en un mundo de arrebatadas formas, decires urgentes, irreflexivos o interesados -los creados, como diría Jacinto Benavente-. Tus escenarios locales se han ensanchado hasta ocupar el mundo y aun así resultan insostenibles e inconformes, buscan un más allá de la comprensión racional de los tiempos. Bien es cierto que la naturaleza acaba por ponernos en nuestro lugar, nos desborda con sus acaloramientos repentinos, con la confirmación de las más radicales exageraciones. La peste ahora se apellida COVID, el tipismo es global y comunicar lo hace cualquiera que disponga de un artilugio tecnológico llamado móvil.

            

Negro sobre blanco, nos legaste una expresión premonitoria: “Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta”. Es suficiente trastrocar el nombre de la capital de España, por demás acogedora, cosmopolita y profunda, para situarnos en una descripción casi universal de un mundo machadiano, globalmente “zaragatero y triste”. Ahora, el bullicio es ruido de un desistimiento de valores tradicionales, de aquellos que nos han permitido sobrevivir con una cierta dignidad en sociedades abarcables, atemperadas de horas, lentas en sus discursos rumorosos. En lo global, todo se desparrama a la velocidad de las lavas destructoras, de una colada incandescente de prisas, vértigos informativos, inveracidades y derrumbes éticos y morales, entre palmas y fandangos, y crisis incontrolables.

            

Pero aquí estamos, pluma en ristre, cual damas y caballeros andantes, algunos de estilo indeciso, intentando describir un trascender apresurado. Lo hacemos motivados por un oficio que tú conociste vocacional y que ahora trata de redefinirse enredado en algoritmos que describen lo que las audiencias demandan, estiman gregariamente, cuales masas voraces de actualidades ferazes, indómitas, centelleantes, vertiginosas.

            

En estos tiempos, menos importa contar lo veraz, con un cierto estilo, que trascender y salvar el corazón del artista. La profesión, querido Mariano, es ejercida por los mismos, seres audaces y desasistidos, y por otros. La empresa, como si de una teatral o artística cualquiera se tratase, se pierde en sus propios empeños, en compañía de muchos secundarios audaces e intrépidos escribientes de ocasión.

            

La claridad y el vigor de tu prosa sería hoy más necesarios que nunca, como lo serían antes los de Quevedo, Feijoo, y después los de José Cadalso, Jovellanos o Julio Camba. Mas aquellos males que aquejaban a vuestros tiempos se han multiplicado exponencialmente en todo el orbe.

            

El ámbito de las aspiraciones cultas parece haberse suicidado contigo. España y el mundo ya no son lo que eran. Permanecen, eso sí, las inquietudes y las disconformidades juveniles. En esto parecemos estáticos. De existir, “El Parnasillo”, la tertulia del Café del Príncipe, seguiría vigente, más dispersa y menos sesuda, me temo.

            

Escribir sigue siendo llorar, en Madrid y en la Conchinchina, el Sur del actual Vietnam. Bien te entenderían los manzanillos y los que ya no lo son tanto, que si cobran es casi caridad, miserias del nuevo estar. Bien te comprenderían los empresarios y editores, cuyos recursos publicitarios acaban en manos de las grandes tecnológicas. Bien te seguimos entendiendo todos, por tu estilo próximo, por saber cómo llamar al pan, pan, y al vino, vino, sin tapujos, ni efectismos y con un cierto casticismo de proximidad. La ignorancia, el atraso, la falta de educación y de cultura siguen pululando a sus anchas, con sus estrechas miras, y uno ha de retorcerse la lengua por mor de no ser tachado de antidemócrata o sabe el demonio de qué otras sinrazones, enredado en las enredantes redes, sin papel en los quioscos y ante pantallas múltiples.

            

Como observador de las costumbres y de la realidad cultural, social y política, desde el ayer pareces escribirnos, describirnos con la prontitud de un aviso urgente y necesario: “Deles vds. en fin el uso de la palabra y mentirán: la hembra al macho por amor, el grande al chico por ambición, el igual al igual por rivalidad, el pobre al rico por miedo y por envidia...”. Ahora, completo yo tu aserto, mentimos todos los ciudadanos a todos los demás, lo hacemos por ego y/o notoriedad, o por dinero. Lo hacemos desde la presunción o el anonimato, permitido este por la mensajería instantánea, llamada Whatsapp o Facebook o Instagram o.... Lo hacemos masivamente y a todas horas. Solo los periodistas afirmamos y firmamos, criticamos y signamos, asistimos al suceso, recurrimos a fuentes y contrastamos, seguimos una línea editorial, nos sometemos al Derecho y rectificamos, y sacrificamos gustos y aficiones propios. No tanto podría decir de los egos, que afectan, como a nosotros, a otras profesiones intrusas en lo que habrían de ser nuestras exclusivas responsabilidades. Algo de culpa tendremos, pero aquí estamos defendiendo la libertad de información y expresión. Es posible que lo hagamos significando deseos y desatendiendo algunos deberes, pero ejercemos el oficio más bello del mundo, por eso seguimos a verlas venir y tratando de que no pases sin contarlas. Son tantas y tan diversas las cosas que me temo que la censura ya es el propio exceso de lo noticiable.

            

En el mundo de lo instantáneo y descafeinado, como café sin gotas, pero con intenso y creciente olor a Oriente, te seguimos reconociendo como Fígaro, ese que suele hallarse “en todas partes; tirando siempre de la manta, y sacando a la luz del día, defectillos leves de ignorantes y maliciosos; y por haber dado en la gracia de ser ingenuo y decir a todo trance mi sentir, me llaman por todas partes mordaz y satírico; todo porque no quiero imitar al vulgo de las gentes, que o no dicen lo que piensan y otros que piensan demasiado lo que dicen».

            

“No sé quién ha dicho que el gran talento no consiste precisamente en saber lo que se ha de decir, sino en saber lo que se ha de callar.” Pues eso, en el V Congreso de Editores de Medios Europa-América Latina Caribe 2021, como periodistas y demócratas hablaremos de lo que convenga, pues como diría un castellano viejo como tú, aun en lo bueno y breve hay que estar a la que se celebra, para contarlo.

La verdad esencial

El tiempo es el mismo y ninguno ha de desperdiciarse en pensamientos o acciones banales, intrascendentes. La vida se desborda inundada en vacuidades entre restos de naufragios individuales y colectivos. Las tempestades se vomitan en las redes con pretensiones indeterminadas. El refugio casi no existe. Es el aislamiento, la inconcordancia con el aquí y el ahora y sus demandas agresivas, incomprensibles en lo humano, impuestas por la voracidad económica del consumo compulsivo, incluso de información.

 

El único tiempo que no existe es el que permite reflexionar, valorar, contrastar, conocer, detenerse en plena marcha de lo global impuesto. Las circunstancias de Ortega y Gasset nos establecen en lo mucho, en lo inabarcable, en lo incomprensible, en aquello que nos hace víctimas sin remedio de nosotros mismos y de una sociedad cuyo salón de baile admite a todos pero nos deslegitima como cultura diferencial y reconocedora. En general, somos ambición insaciable.

 

Nada ocurre mientras todo ocurre. Los acontecimientos se imponen y se sobreponen, con su proximidad o su inabarcable distancia -pienso en Afganistán-. Todo se produce con una cadencia fluida indigerible. Las tumbas se apresan en sus propios cadáveres, disimulan su avidez de desgracias. Como seres pandémicos siquiera podemos abrazarnos, consolarnos, disfrutarnos en la consciencia de ser humanos antes de tornar a ser polvo de estrellas. La identidad se adquiere en la esquela, la notoriedad en cualquier instante desprevenido. Lo cierto se diluye en lo incierto.

 

Antes, las preguntas antes se pensaban durante siglos. Se enquistaban como dudas eternas. Cada era encontraba las respuestas apropiadas al momento. Ahora, las ideaciones se han vuelto instantáneas, múltiples, desconsoladoras, inoportunas. Todo llega a deshora, con el retardo propio de una aparente idiocia colectiva, capaz de asumir en segundos las mentiras más despiadadas o las verdades menos confesables, incluso las construidas con propósitos indeterminados. El yo, yo, yo, el egotismo, esa suerte del aquí y ahora, al precio que fuere, ha adquirido el tamaño del mundo, de ese escaparate dispuesto a simular que todo es admisible con tal de pagar un teléfono móvil o encontrar una perspectiva circunstancial y disoluble en el aire.

 

Siquiera esperamos a la muerte. Nos corrompemos vivos. Aceptamos dádivas que sabemos tan falsas como un futuro de eternidad y belleza, de placer perpetuo, de ídolos falsos disfrazados de estéticas cirugías y tarros de pomadas, obra de prestidigitadores de lo físico y de los publicitario y comercial. Consumir hasta fenecer, hasta desaparecer aparentando ser bellos y permanecer así dignos ante las pantallas. Nos elevamos a nosotros mismos en los templos de la notoriedad y la destemplanza, nos auto ofrendamos y obviamos lo que en verdad nos hace dignos de ser, incluidas las arrugas. Distraemos con ello la aspiración digna a la felicidad colectiva, a la del otro y a la verdad.

 

Los interrogantes esenciales permanecen incólumes, su esencia, su sentido, ha devanado sesos durante miles de años sin que la especie teóricamente racional haya sido capaz de concluir mucha más de “solo sé que no sé nada”. La sobreabundancia de noticias, de reflexiones, de tesis, de fotos, de vídeos, han derivado como una cicuta hacia el negocio que crea fortunas e infortunios, más allá del prestigio académico.

 

Somos seres instantáneos que renuncian a lo esencial. Nunca antes se mintió tanto, ni con el excesivo descaro de este ahora desprovisto de valores referenciales. Los otros nos condicionan en la exigencia de un éxito que obvia nuestra naturaleza humana, esa que nos hizo crear la cultura y las religiones como esperanza. Allá el que no crea en lo que digo. Lo mejor sería estar equivocado. Esta es mi verdad y así la proclamo.

La verdad incondicional

La verdad sabe esconderse como la mentira. y cuando despierta lo hace con golpes de evidencia. Un equilibrio de medianías o de perogrulladas disimulan previsibles futuros marchitos, lo hacen entre embauques, infamias, falsificaciones, suertes y azares, predeterminismos, disgregaciones, fotografías distorsionadas, falsos creíbles y apariencias construidas e intencionales. Hay algo cobarde e inmoral en todo ello. Cobarde, cuando trata de evitar la confrontación con lo que inevitablemente ha de suceder e, inmoral, por cuanto afecta a los demás como engaño premeditado.

Existen mentiras piadosas, las que se ofrecen a los enfermos como consuelo ante una situación grave o terminal, en las confusiones del amor o las que, en justificadas ocasiones, se intercambian socios, familiares y amigos para evitar conflictos. Más raramente. la lástima, la misericordia o la conmiseración afectan a los mundos de la política, de la economía, del marketing o de la comunicación en redes no avalada por firma alguna.

 

La realidad desfila, disfrazada o no, feliz o inmisericorde. Lo hace como el tiempo, con su deambular frenético en el reloj. De repente, lo evidente nos frena con el anuncio gravoso de una enfermedad incurable, una pandemia o la proximidad de un conflicto que creíamos distante.

 

En general, la vida carece de vacunas para cada día. Y, sin embargo, parecemos inoculados contra el hambre, la sed, las guerras, el terrorismo, los refugiados, el maltrato, la soledad, el paro, el consumismo, la manipulación, las dictaduras, las mafias, el racismo, la esclavitud, la explotación infantil, la corrupción, el cambio climático o las catástrofes naturales. Las fiebres de nuestra civilización llevan años extendiéndose como una pandemia diagnosticada y sin atención suficiente.

 

La notoriedad se ha impuesto a la calidad contrastada, a la formación y al esfuerzo. La bondad se ha encajonado para relucir ahora como buenismo, esa actitud de quien ante los conflictos rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia.

 

En lo actual, lo bello vende, lo feo es descatalogado sin oportunidad. Lo emocional no se equilibra con lo racional. La experiencia es denostada, como lo son el conocimiento del pasado o el respeto por lo clásico -incluyan aquí a las personas mayores o las culturas minoritarias-. El referente periodístico, con la responsabilidad de una firma o la identificación de una cabecera, es sustituido por la espontaneidad de unas redes que arriban con sus novedades engañosas. Lo dicho goza de excepciones, precisamente las hay porque se salen de lo común o de lo que debería ser normal.

 

Lo axiomático, lo incontrovertible de mi exposición, es que en nuestros días predomina lo aparente. Los escaparates se han ensanchado hasta alcanzar la palma de la mano, en la que se nos ofrecen luminosos, las 24 horas del día, para mostrarnos la realidad ansiada, atender a nuestras compulsiones y responder incluso más allá de las posibilidades de nuestras tarjetas de crédito. Nos localizan allí en donde estemos; conocen, procesan y estimulan nuestros gustos; saben de las fechas señaladas; nos determinan ideológicamente; almacenan nuestras comunicaciones; y abusan de esa intimidad que hemos debido permitir para participar de un mudo de aparentes múltiples posibilidades y de riesgos infinitos. Es evidente, tampoco existen vacunas para los riesgos de lo virtual. Nos conocen y nos manejan.

 

Sin serlo, la “nueva normalidad” nace desde un propuesta de reconstrucción. Se adopta un lenguaje bélico, con el que se articula comunicados -partes de guerra-, que se distribuyen en ruedas de prensa sin preguntas. Se inventan estadísticas de muertos y heridos. Se proponen ayudas que non son más que créditos. Se vende bienestar para pobres - conformismo e igualación por abajo-. Se dice haber salvado a los vivos sanos.

 

Tendríamos que estar hablando de la “nueva anormalidad”, de ese  este estado de alarma que se ha articulado desde una democracia de ínfima calidad en el fondo y en las formas, sin generosidad alguna. Nos están perdonando la vida, la saludable, y lo hacen con descaro, desde la impunidad. Lo hacen aquellos a los que hemos legitimado en las urnas, y que ahora en el poder  gozan del presupuesto público para sus campañas de imagen y también de informativos en los que contarnos su verdad privativa. En esto también hay excepciones, claro, y en todas los partidos, pero desafortunadamente son minoritarias.

 

La libertad para decir ha de nacer de la capacidad para decir y desde la responsabilidad de escribir y firmar lo que se dice, del respeto por quien puede discrepar o enriquecer aquello que se proclama, del agradecimiento de la divergencia honrada e incluso de la educación de las formas, del sometimiento a los controles de lo público desde la separación estricta de poderes.

 

Si escribo sobre esto es porque entiendo que los análisis nos indican una debilidad sistémica, necesitada de transfusiones urgentes de reflexión y calidad democráticas, de valores basados en el sentido común y del entendimiento de los tiempos, de consenso y no de imposiciones, de simplificación de trámites y de transparencia.

 

Cada uno ha de pensar lo que quiera, faltaría más, pero en momentos de niebla deberíamos darnos la mano con seguridad.

 

La verdad no admite condiciones. Lo real está en juego, la alternativa es la catástrofe colectiva, el enfrentamiento permanente. La sociedad tienen mucho que decir y ha de hacerlo con libertad. Llegará un día en que nos quitaremos las necesarias pero incómodas mascarillas, los corsés y los temores. Confío en que entonces no sea demasiado tarde para disfrutar de cada momento con la lealtad que nos debemos como seres humanos y también del hábitat social y natural en el que nos desenvolvemos. Como comunicadores, algunos tenemos mucho que decir y debemos decirlo. Gracias por compartir su tiempo y su parecer. Su verdad contrastada merecerá siempre mi respeto.

Días exagerados

Los días discurren exagerados, como amanerados en decires y acontecimientos superpuestos, recién llegados por mensajería instantánea. El bombardeo de informaciones trascendentes o banales es incesante y, lo peor, es que casi todas son negativas y que, aunque así no fuere, resultan nocivas por el tiempo que nos consumen.

 

El mundo parece implosionar. Los misiles, las catástrofes humanitarias y naturales, las crisis de las grandes corporaciones, la inestabilidad política, convierten a nuestros móviles en una especie de campo de batalla en el que también cabe, de cuando en vez, alguna verdad de interés. Todo desproporcionado para el sosiego que reclamaría la vida tranquila que decimos ansiar.

 

Sobre nuestra aldea particular se precipita la global y, como auspició Marshall McLuhan, hasta ella arriban ráfagas que convierten al medio, ahora situado en nuestra palma de la mano, en el mensaje, creado por documentados responsables de marketing, astutos ciudadanos ególatras o terroristas despiadados.

 

A todo ello se une ese ser que invade nuestro teléfono o correo electrónico para distraer nuestro escaso Ahora con interminables videos que ya nos han enviado ochenta veces; con pensamientos intensos, reiterados hasta la saciedad en atribuciones disímiles con ocurrencias de última hora y temas de índole surrealista; fotos del cambio de perfil, casi diario, o de la autofoto - así se dice en español- con su cuñada. Y todo a cambio de un “me gusta”, un corazón, o la intención de que propaguemos sus dislates entre nuestros “amigos”.

 

Inspirado por la Declaración de Berlín 2019 del IV Congreso de Editores CELAC-UE, organizado por PRESTOMEDIA, diré que cuando me inicié en las redes con motivo de la asistencia al mismo encuentro, en su anterior edición en Bogotá, sobre las noticias falsas - dicho así, en perfecto castellano-, por mi apetito de relaciones, otorgué vinculo a un cocinero hindú. Tras él, de forma inmediata y no elegida, llegaron ingentes nuevos profesionales de la cocina de aquel especiado país, en un guiso indigerible para un único europeo de estómago delicado y voluntad de síntesis. Dediqué meses a buscar en el menú cómo “bloquear” -en terminología de las redes- a tan bienintencionados sollastres, reputados chefs e innúmeros pasteleros, vacas sagradas del negocio de la comida de la ex colonia británica a los que supongo desolados por mi falta de apetito sobre sus novedades. Espero no haber causado con ello un desastre en la restauración hindú, pero siquiera puedo estar tan seguro como de que yo no hablo sus múltiples dialectos y malamente podría sacar provecho -ni bueno ni malo- de su culinaria. Perdón por ello.

 

Hay que cuidar el tiempo y el estómago, pues la salud va y viene. Mis mensajes han engordado con recetas variopintas para adelgazar; elevadas propuestas de carácter sexual de variada índole, halagos que me sitúan entre los 200 dirigentes con futuro en el país o en el continente o en el mundo; ofertas de dinero muy barato para comprar monedas virtuales que me harían rico al instante; viajes exclusivos a precio de ganga; Honoris Causa ofertados por ferreterías o la posibilidad de aprender coreano en 10 horas.

 

Cuando he buscado información sobre un leve papel  -una postal, quizás- de mi pueblo, algún robot remoto ha situado publicidad relacionada con mis teóricos gustos en todas las páginas web que he consultado en los siguientes días, con ventajosas ofertas. Sin duda, ellos saben lo que siquiera yo sé de mí mismo, de mis anhelos y apetencias, y, según dicen, incluso negocian con mis datos.

 

Por si les falta alguna circunstancia, diré que nací en la playa de Arealonga, en Chapela, en el centro de la Ría de Vigo. Vivo en Bertamiráns, un núcleo agradable en el Val da Mahía, entre Santiago de Compostela y el mar de Noia. Los sábados los dedico a mi padre, paseamos por Redondela. Los domingos los comparto con mi familia de Padrón y Calo. Leo, reflexiono, escribo, paseo, converso, escucho música y el gorjeo de los pájaros. Respeto a los otros, compro pan y leche, contemplo las estrellas. Creo, como Risco, que “desde el lugar más pequeño del mundo se puede observar todo el universo”. Mis días tienen 24 horas, de las que procuro dormir un tercio. Pero, al margen de la salud y del bienestar de las personas próximas, mi mayor logro es haber encontrado una opción en mi teléfono que me permite eliminar aquello que roba segundos a mi paz o a mi libertad, bien sea un cocinero hindú o un robot chino. Ni un minuto más entre cacerolas e indocumentados pelmas. Algo intuía, pero me determinó de forma concluyente saber por José María Álvarez Pallete, Presidente de Telefónica, que “si le preguntan a la gente lo que hace y lo que quisiera poder hacer, necesitaríamos días de 31 horas”.

 

Nos quejamos, muchas veces, de que no tenemos cobertura en nuestros aparatos o de habernos quedado sin batería. Las metáforas son potentes. La verdadera cobertura nos la conceden los seres con los que compartimos los presurosos días, los buenos momentos que nos proporcionan las pequeñas cosas accesibles: las actividades culturales, el humor, una conversación o una tertulia, observar el paisaje, contribuir a una causa justa, acompañar a un enfermo, enseñar a un niño, o pensar en el bienestar de un anciano. Nuestra carga vital se desgasta si no la recargamos con los próximos, con la familia, con los amigos, en nuestra aldea, en nuestro hábitat, con lo que, estando ahí, no cuesta más que apartar la vista de una pantalla. Si piensas de otra manera, bloquéame, no merezco indigestarte con mi receta vital.

 

Añadiré que, tal y como concluyeron mis compañeros en Berlín, sólo lo auténtico merece ser creíble y disfrutado. La información contrastada solo es posible con el respaldado de firmas y medios informativos solventes, verificables y responsables. Hay que asegurar estos canales profesionales, su solvencia y los derechos de autoría individual y corporativa, los que aseguran la sostenibilidad de un sistema eficaz de comunicación, el que desmiente esas medias verdades que surgen de la espontaneidad de las redes y que nos atragantan cada minuto. Hay hambre de buena información y eso sigue estando en manos de los buenos profesionales. Esto es especialmente importante que lo conozcan las nuevas generaciones. El tiempo es el suyo.

En la senda de la verdad

El periodista ha de ser un curioso inconformista, a veces sutil, incluso impertinente. El comunicador ha de propender a escudriñar detrás de lo aparente, de la realidad impuesta, de la verdad construida, en la seguridad de que lo que con certeza ha de contar en su medio informativo es lo que se esconde tras un meandro, un dato confuso, una fuente cuestionable o la falta de dudas. Toda verdad ha de ser objetable hasta su confirmación.

 

Yo admiro a Ortega en que aquello de que uno es él y sus circunstancias. Con esto niego creer que en alguna ocasión haya existido una edad de certidumbres estáticas. Menos ahora, cuando vivimos inundados de enredantes e instantáneas noticias aparentes, surgidas de permisividades libertarias móviles, en una extravagante propensión a admitir como correcto lo que la masa acepta per se, en la artificiosa libertad que supone consentir que cualquiera pueda expresar lo que quiera, en el momento en que lo estime y sin someterse a las mínimas reglas de convivencia reguladas por las leyes democráticas. El botellón desinformativo fluye con la alegría de la agitada botella del cava, propende al derrame y a la espuma, y resulta un experimento permanente (24×24 horas), grotesco, libertino, inmaduro y, en ocasiones, con consecuencias graves.

 

La prensa en papel o la digital se envasan con mimo, en contendores sobrios, como ocurre en la radio o en la televisión. En sus cabeceras, en cada marca, se acredita la denominación de origen y la responsabilidad empresarial; en el editorial se delimitan posicionamientos transparentes, que con matices o sin ellos, se asientan en informativos, sobre columnas y noticias firmadas, avaladas por una agencia, un individuo o una redacción, varios adjuntos y al menos un director. Existen, claro está, matices de color, de aroma y de sabor, y se estiman.

 

El periodista competente valora la antesala de una noticia. Indaga, pregunta, contrasta, aclara, entrevista, lee, consulta, cuestiona de nuevo, duda, debate y, si preciso es, recomienza el ciclo, hasta someter sus conclusiones. Confía en saber explicar con rigor el hecho o la eventualidad que le atañe en un determinado momento. Ambiciona contar el mundo y los aportes de sus protagonistas, pretende ayudar a comprenderlos, a contextualizarlos y, si es posible, incluso a embellecerlos en un relato ordenado, informativo, descriptivo, evaluador, incluso breve. Critica y ensalza. No crea una verdad y menos una mentira, transfiere evidencias, narra hechos y los sitúa, trata de evita errores de apreciación subjetiva, aporta testimonios y actúa como garante. Si opina, distingue la coyuntura. Si se equivoca, tiene el compromiso moral de rectificar. Vive de su credibilidad y la defiende.

 

Informar, formar, entretener presuponen acudir, observar, atender, escuchar, contrastar y divulgar. En el comunicador hay vocación, oficio, formación, investigación, respeto, claridad, transparencia, predisposición al desmentido y, por supuesto, compromiso. Todas ellas son auto exigencias que reflejan la asunción de una deontología rigurosa. Este es un certificado de garantía.

 

En general, en la utilización de las redes por la masa surge la improvisación, la manifestación del desconocimiento, el seguidismo. El resultado es la desinformación y la oportunidad para los negocios de poderes antidemocráticos, economías fraudulentas y, también, para idiotas armados de tecnología. Las noticias falsas son solo un parte de unas verdades que se construyen a la medida de sus necesidades por poderes oscuros, mafias, dictaduras, siempre por aquellos al servicio de intereses nefandos. No hablo del uso del whatsapp familiar o de un twitter oportuno o de un mensaje inocente en facebook o de una foto en instagram simpática, me refiero a intervenciones en elecciones, publicidades engañosas, estafas, ventas fraudulentas, ataques masivos, vaciados de cuentas bancarias, manejo de datos privados, etc.

 

En el nuevo escenario tecnológico existen posibilidades que desde la buena información se han reclamado con reiteración: inmediatez; interactuación con el receptor; rectificación inmediata; etc. Esto permite perspectivas, apertura de miras, nuevos indicios. El único tamiz ha de ser el ético, el que certifican los medios y sus profesionales en favor de la sociedad en general y del compromiso también con la divulgación de la opinión de sus lectores, oyentes y televidentes, y el deber con la comunicación privada o pública entre particulares identificados. La discrepancia y la elección son libres, nunca la mentira intencional.

 

El periodismo y sus medios son más necesarios que nunca. Exigir más calidad democrática, defender la igualdad, el estado de bienestar y el avance hacia un mundo sostenible y seguro, informar con fiabilidad, es el deber inexcusable de una profesión imprescindible para todos. También es urgente encontrar cauces económicos para asegurar la viabilidad e independencia de los medios. Sobre estas y otras cuestiones hablaremos en el V Congreso Editores de Medios Europa – América Latina, que en la primera quincena de noviembre celebraremos en Madrid, lo haremos con libertad y respetuoso diálogo para buscar nuestra verdad, esa misma que queremos ofrecerles a ustedes cada día.

La verdad construida

Al no estar en China, nos atrevimos a desobedecer aquella disposición de Deng Xiaoping, exhibida en un cartel de propaganda del régimen, que proclamaba: Deberíamos hacer más y hablar menos.

 

He viajado por buena parte de Asia y muy ampliamente por el maravilloso país amurallado, generador de incertidumbres de salud y económicas. Soy más prosaico que sus gobernantes y amante de la verdad, de ejercerla y de decirla, por eso hace algún tiempo escribí: He observado, he escuchado, he prestado atención humilde, casi suave, a los días y a las criaturas, me he sentado en la naturaleza bajo sombras y a pleno sol, he sentido, me han amado y he correspondido, y ahora que ya he olvidado casi todo lo sencillo, recurro a mis apuntes de pensamientos, palabras sueltas, casi escurridizas, ideas incompletas o sugerentes argumentos apenas esbozados, pero que resultan un hilo que conduce a la evocación de otros tiempos, de inspiraciones viejas, desusadas por mi memoria descuidada. Los leo en silencio, reflexiono, hablo y actúo, y no hace falta que ningún dirigente me diga sobré qué o como debe hacerlo.

 

Los periodistas vivimos de nuestros apuntes, de bocetos hechos con palabras, de borradores, de reescrituras, de lecturas como la del delicioso Manual de Estética Taoísta de Luis Racionero. También nos alimentamos de rumores que, antes de avalar como noticias, hemos de confirmar en fuentes sólidas. Nos sometemos a espacios en blanco y con demasiada asiduidad los emborronamos con avisos de guerras absurdas y lejanas, sueltos inverosímiles, columnas agrietadas por variables y apretados bailes de intereses, breves y anuncios dirigidos, imágenes corporativas perturbadoras, publicidad engañosa o alertas infundadas. Todo se propaga en busca de una teórica verdad. Por eso, si en algo debemos coincidir los informadores es en reclamar una actitud ética y profesional. En el futuro parece claro que nuestro rol consistirá en asegurar una perspectiva humana, con sus aciertos y errores, y evitar envolver nuestro trabajo con sesgos que aseguren titulares atractivos que no responden a realidad alguna, lo que ya ocurre muy habitualmente en las versiones digitales del papel prensa. Habremos de corregir a robots sabios, conocedores de tendencias y apetencias de los lectores, pero que nunca podrán aportar humanidad a sus planteamientos.

 

La unanimidad raramente es necesaria, siquiera resulta recomendable como norma. La discrepancia tributa tonalidades a la discusión, matices o caminos paralelos o contrarios. El disenso es útil, hay que defender al menos la posibilidad de opinar y, por supuesto, las diferentes líneas editoriales. Hay que estimular la libertad, alentar y nutrir las discrepancias honestas; hay que tolerar los puntos de vista divergentes. Pero también hay que combatir -el actuar que proponía el chino- ese coronavirus informativo que nos atenaza: las fake news, sean rusas, estadounidenses o anónimas.

 

En el ahora, sabemos que en el mundo virtual en red, lo globalizado, se impone sobre lo local, lo infinito suple al uno, los sentimientos hacia cada persona se dispersan en multitudes. Hemos de trabajar pues en preservar las culturas y con ellas la profesionalidad y a nosotros mismos. Estamos obligados a asumir los cambios, las corrientes de pensamiento emergentes, el mundo con sus evoluciones, a entender las tendencias. Hemos de adaptarnos pero también tenemos que preservar las esencias, un mínimo de sentido común, de respeto y de humildad.

Internet es y será ya para siempre un libro inacabado. Las redes posiblemente resulten el descubrimiento humano más trascendente, lo que más se aproxima a lo infinito, la mayor acción de colaboración en masa, pero también es el mayor vertedero de basura de la Historia y la mayor herramienta de manipulación colectiva.

 

Ahora, hay una versión virtual del mundo que circula en tiempo real por circuitos digitales. Una sociedad irreal que se comunica vis a vis sin conocimiento previo, ni presentación, ni invitación, ni prejuicios. Todo se vive como en un escaparate. Estamos expuestos, participamos de una suerte de canibalismo vital e informativo, en el que las nuevas noticias, verdaderas, falsas o basadas en admirables recreaciones, fagocitan en lo inminente a las inmediatamente anteriores. Poco queda para que se suplanten personalidades con tal precisión que hará indistinguible al individuo de su avatar. ¿Estamos preparados? Lo dudo.

 

Antes se decía que un periódico lo sabía todo y que lo que sabía variaba cada día. Ahora la red lo crea todo, refleja alguna verdad y muchas mentiras o falsas apariencias, y lo aparentemente consolidado cambia en décimas de segundo. Es como vivir del ruido, sin conocimiento claro sobre su origen o intención, sin reflexión sobre sus repercusiones, sin más futuro que el presente inmediato, sin valores. La posteridad cada vez durará menos y con ello se anularán y diluirán la responsabilidades sobre los contenidos.

 

Cuando el periodismo era realmente vocacional y humano, en el “Diario de Pontevedra”, dirigido por el maestro Pedro Antonio Rivas Fontela, existía una sección que se titulaba El Tiempo ayer. En ella se describía la situación meteorológica del día anterior en la comarca de influencia del periódico. Los lectores podían corroborar la verdad de la imprevisión meteorológica. Todo cambia, no solo el clima, lo hacen también el sentido del humor y el común.

 

Los informadores tenemos que hacer un gran esfuerzo para que se conozca lo que realmente ocurre, hablar menos de lo que no podemos corroborar y confiar en las posibilidades de influencia, en ellas está la exigencia que debemos autoinducirnos. Hay profesionales impagables e intrusos a sueldo.

 

La verdad nos hace libres para investigar, informar y denunciar aquello que es incierto, aunque discrepemos. Alguna responsabilidad nos incumbe a quienes ejercemos el oficio más bello del mundo.

 

Deng Xiaoping creía en la verdad construida. Un coronavirus contemporáneo.

JESÚS GONZALEZ

El CEO de Prestomedia Grupo y Editor del diario Aquí Europa y de Canal Europa ha reflexionado sobre la objetividad y la aproximación a la verdad desde la profesión periodística. 

Fake news y desinformación en Europa, David contra Goliat

Todos conocemos la historia de David y Goliat recogida en la Biblia. Y, aunque no la hayamos leído, sabemos bien lo que significa: es la victoria del pequeño frente al grande, del desvalido frente al poderoso, un recuerdo de si bien tengamos todo en nuestra contra, siempre habrá posibilidades de salir triunfante. Esta metáfora resulta perfectamente ilustrativa de la desigual batalla que estamos librando desde la Unión Europea contra los gigantes que atacan mediante noticias falsas la reputación y la credibilidad de nuestro espacio común de libertades. La apariencia de nuestros enemigos y la desigual dedicación de recursos económicos, técnicos y humanos en la contienda, nos hace pensar que los europeos no tenemos nada que hacer ante los continuos ataques de desinformación que recibimos.

 

Cierto es que nos enfrentamos a tres monstruos demoledores por sus capacidades y porque no tienen reglas del juego: todo vale para sus fines. De un lado, Estados que no respetan los Derechos Humanos y que ven en la Unión Europea un peligro para sus pretensiones de dominación de sus poblaciones y de contención a sus políticas expansionistas. En este bando trabajan sin descanso los aparatos de desinformación de Rusia, Turquía o China, por hacer mención a los más poderosos. Por otro lado, los grupos políticos que instigan el populismo y las tentaciones eurófobas caracterizados por su radicalidad ideológica, bien sea en el extremo que pretenden influir en las decisiones de los Estados democráticos de los 27 para derrumbar la construcción del proyecto europeo que hoy sigue significando uno de los mayores éxitos de la Humanidad de convivencia en paz y libertad. Pero estos dos aliados encubiertos cuentan también con la inestimable ayuda de los gigantes tecnológicos, cuyos objetivos no entienden de patrias ni de derechos, sino simplemente de resultados y de controlar los datos de los ciudadanos. Los Google o Facebook ponen sus plataformas al servicio de las fake news con mínimos controles sobre lo que en sus omnipresentes plataformas se dice. Contra este conglomerado de fortalezas luchamos desde hace una década con suerte desigual.

 

Las Instituciones europeas son ya plenamente conscientes de la gravedad de los ataques y los riesgos inherentes para la democracia en Europa. A finales de 2018 y con la cabeza en las últimas elecciones al Parlamento Europeo, que se celebraron en mayo de 2019, la Unión Europea tomó algunas medidas como una mayor transparencia en la publicidad política online e incluso la posibilidad de sancionar a quiénes usaran ilegalmente datos personales, pero además, aprobó un plan de acción para contrarrestar la desinformación. Con este plan de acción la UE pretendía dar una respuesta coordinada mediante cuatro claves: mejorar las herramientas para detectar la desinformación; impulsar un trabajo conjunto entre la UE y los países que forman la UE; conseguir que el sector privado actuara contra la desinformación y sensibilizar a la sociedad contra este problema. El resultado inmediato en los comicios a la Eurocámara nos sorprendió con la mayor participación en unas elecciones europeas, especialmente entre los jóvenes, y que la temida irrupción mayoritaria de fuerzas populistas no fue tal.

 

Era el primer síntoma de que David tenía atributos de inteligencia que bien empleados ante la bestia podían darnos la victoria. A partir de entonces la UE ha puesto en marcha y de forma muy especial para combatir los continuos ataques que estamos sufriendo a raíz de la pandemia del COVID-19. En la página web de la Comisión Europea de lucha contra la desinformación, diariamente se aportan contenidos para ayudar a los europeos a librar esta batalla por la libertad de información. Separar los hechos de la ficción sobre las vacunas; separando hechos de ficción sobre el COVID-19; no te dejes engañar por los bots; identificar las teorías de la conspiración o tenga cuidado con las estafas en línea, son algunos de los últimos artículos que podemos encontrar para discernir la veracidad de las noticias que sobre la UE se publican en medios o se difunden en redes sociales. Sin embargo, si queremos que David acabe con Goliat, debemos implicarnos cada uno de nosotros como individuos libres en esta batalla. Lo que está en juego es nuestra capacidad de discernir las voces de los ecos, separar el ruido para actuar con la voluntad democrática que es el mayor tesoro que tenemos en la Unión Europea.

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Gerardo Berroa 

El director del diario La Estrella de Panamá reflexiona sobre la libertad de expresión, de prensa y sobre la verdad construida.

Libertad de expresión y libertad de prensa

Después de la vida, la libertad de expresión es el más preciado de los derechos. Y es que la libertad de expresión es piedra angular en cualquier democracia. En un país donde no hay democracia, lo primero que se suprime es la libertad de expresión y en su extensión la libertad de prensa. Cuando una sociedad tiene libertad de expresión y de prensa, tiene su principal columna democrática.


La defensa por la libertad de expresión y de prensa es de vieja data y siempre, ciudadanos democráticos, periodistas y comunicadores en general, han tenido que estar con los ojos bien abiertos, porque en cualquier sociedad, cuando usted menos lo espera, surge un dictadorcito con ganas de suprimir este derecho inalienable de todo ser humano.


Por allá por 1644, en Inglaterra, John Milton, a través de la Areopagítica, defendió la libertad de expresión sin censuras ante el Parlamento inglés. De hecho, la Areopagítica se encuentra entre las defensas filosóficas más influyentes y apasionadas del principio del derecho a la libertad de expresión.


¡Y qué se puede decir de los ingleses John Trenchard y Tomas Gordon, quienes publicaron en los diarios londinenses una serie de ensayos bajo el nombre de Catón que, a propósito, fue un estadista y escritor romano del primer siglo antes de Cristo!


Los ensayos de Trenchard y Gordon circulaban en las colonias norteamericanas bajo el título de Cartas de Catón. En esos ensayos ambos aseveraban que la libertad de gobierno y la libertad de prensa, prosperan juntas o mueren juntas. Escribieron que la libertad de expresión es el derecho de todo hombre, siempre y cuando no lastime ni coarte el derecho de los demás. De acuerdo con J. Herbert Altschull, en su libro Agentes de Poder, “los norteamericanos en la Primera Enmienda a la Constitución, veneraron la libertad de expresión y de prensa, y siempre estuvieron guiados por las ideas y la retórica de Milton y de Catón”.


También hay registro de un fallo histórico de la Corte Suprema de los Estados Unidos, que dejó para la posteridad una posición que ha servido de ancla para el dogma norteamericano, tanto de filosofías conservadoras como liberales. Se trata de la opinión del juez Oliver Wendell Holmes, que registra su desacuerdo con la mayoría de la Corte que falló, en el caso Abrams versus Estados Unidos, que la condena a cinco ciudadanos rusos acusados de sedición durante la Primera Guerra Mundial se hallaba dentro del marco constitucional. Holmes argumentó que el fallo condenatorio era inconstitucional sobre la base de que la libre expresión de ideas, incluso de ideas contrarias era correcta…

Ahora bien, hay que ir un poco más allá y resaltar que la a través de la libre expresión y de prensa también se llega a la verdad. Y son esas verdades las que algunos a veces quieren esconder, mantenerlas ocultas y por eso no les funciona una prensa libre…


Panamá es un país que ha pasado por múltiples episodios en su vida republicana, pero para ejemplificar mejor esta importancia de la libertad de expresión y de prensa, solo hay que mirar lo ocurrido en el golpe de Estado de 1968. Una vez en el poder, el Gobierno Revolucionario asumió el control de los medios informativos. No soportaba una prensa libre…


Sin embargo, uno de los requisitos para la firma de los Tratados Torrijos-Carter, fue que se abriese el país a medios de comunicación independientes de los que manejaba el Gobierno. Así nacieron medios independientes y ese paso trascendental logró luego la caída de Noriega, porque hizo que el pueblo se alzara...

Un ejemplo contrario es lo que ocurre en Venezuela, donde el régimen Chavista ha callado a la prensa independiente y ha coartado la libertad de expresión. Conclusión: Un estado fallido con millones de venezolanos fuera de su Patria y en el país de Bolívar, millones de personas luchando cómo sobrevivir.
¡Es esa la importancia de la libertad de expresión y de prensa y por eso hay que defenderla!

Ahora bien, la libertad de prensa la definen como “la existencia de garantías para que los ciudadanos tengan el derecho de organizarse para la edición de medios de comunicación cuyos contenidos no estén controlados ni censurados por los poderes del Estado. Y que toda persona pueda publicar sus ideas libremente y sin censura previa”.


En 1787, Thomas Jefferson escribió: “Puesto que la base de nuestro Gobierno es la opinión del pueblo, el primer objetivo debería ser conservar ese derecho; y si a mi me correspondiese decidir entre un gobierno sin periódicos, o periódicos sin un Gobierno, no titubearía ni un solo momento en defender lo último”.
La libertad de expresión y la libertad de prensa son pilares fundamentales para la democracia. La sociedad necesita de estos derechos para sacar su verdad. Y la verdad es necesaria para enmendar, para evolucionar, para crecer…


La libertad de expresión y la libertad de prensa hoy no es lo mismo que hace un siglo. La libertad de expresión es mucho más, porque a través de las redes sociales, la sociedad la ha extendido y sus manifestaciones ya no son a través de los medios tradicionales y para muestra lo ocurrido con la Primavera Árabe.
En conclusión, un país sin libertad de expresión, es un país sin democracia.

La verdad construida

La información es hoy más abundante que nunca. Y esto se debe a la irrupción de las redes sociales que han acercado el mundo. Pero como toda novedad, trae sus ventajas y desventajas. La ventaja más grande es que las redes sociales han acabado con “las vacas sagradas”. Ahora todo mundo puede ser expuesto. No lo hace uno, pero lo hace el otro y el otro y el otro... Además, la información es tan abundante, que las personas ya no solo dependen de los medios tradicionales para saber lo que pasa en la última hora.


La información, sin embargo, no es exactamente la verdad que las personas necesitan saber. Porque en muchos casos se trata de una “verdad construida”. Aunque se puede hablar de múltiples formas de esa “verdad construida”, la que más preocupa es la se martilla para levantar pasiones y provocar estallidos sociales. Y no es que se trate de que un país determinado, en especial los de América, estén pasándola muy bien, pero provocar estallidos sociales so pretexto de enmendar lo que está mal y quedar peor, mucho peor de lo que se estaba, es cruel e insensato. Y es triste, porque luego esa “verdad construida” termina provocando estos movimientos sociales que son hechos y que los medios que realmente se preocupan por dar la verdad real, terminan cubriendo estas trampas mediáticas.


Es probable que esta “verdad construida” termine manteniéndose por mucho tiempo, pero estoy seguro que la sociedad empezará a discernir mejor las informaciones.


Panamá es un país que tiene una economía bastante sólida y un crecimiento económico muy fuerte comparado con el resto de América Latina. Pero como país pequeño, que tiene una desigualdad muy grave, no es ajena a todos estos acontecimientos. Lo que más preocupa es el cambio de papel de los comunicadores sociales y algunos medios de comunicación social, que no están del todo comprometidos con la verdad real y han entrado también a la “construcción de su verdad”. Es la típica militancia donde se informa tan sesgado que la información que se difunde lo que busca es manipular la opinión pública.


¿Cómo se le puede llamar periodismo a una persona que disfrazada de periodismo, provoca una revuelta. Que no investiga, sino que provoca para captar reacciones y luego difundirlas en las redes?


Chile, que era el país modelo de América Latina, cayó en esa trampa. ¿Cómo está Chile hoy? ¿Mejor que antes de los estallidos sociales? Por supuesto que no está mejor. Asusta que Panamá también puede ser víctima de esta trampa y aparte de lo que se difunde en el país, Panamá también es víctima de las “verdades construidas” desde afuera. Y el ejemplo palpable es que la Unión Europea nos mantiene en su lista negra de paraísos fiscales.


En febrero de este año, el diario español ABC publicó una información que tituló “La UE vuelve a olvidarse de los principales paraísos fiscales en la actualización de su lista negra”. En esa información se publicó que “un estudio reciente de Tax Justice Network (red compuesta por ONGs, académicos, sindicatos…) ha revelado que mientras los países de la lista negra de la UE son responsables de menos del 2 por ciento de las pérdidas fiscales globales, los estados miembros de la UE representan el 36 por ciento de las pérdidas fiscales globales, lo que se traduce en 154.000 millones de dólares anuales. Además, la lista –que se renueva dos veces al año– no incluye a ninguno de los 20 peores paraísos fiscales corporativos del mundo”.


Pero pregunte si Panamá es un paraíso fiscal y la respuesta que le dirá cualquier persona en Europa es que sí. Es triste, pero aquí se observa muy claro cómo una mentira manipulada se convierte en una “verdad construida”.


Creo en el periodismo serio, ese que cumple con sus principios y busca y publica información para ayudar a la sociedad a tomar decisiones. Ese periodismo que educa, construye, que protege derechos. El periodismo serio está atravesando un campo minado, porque han surgido muchos medios que no nacen con el ánimo de llevar la verdad sino de manipular hechos para proteger intereses.


Los periodistas que estamos comprometidos con la verdad real tenemos una enorme responsabilidad por delante. Si hacemos nuestro trabajo como se debe, no caemos en provocaciones y luchamos por el buen periodismo, le haremos un enorme servicio a la sociedad en general. Es triste decirlo, pero este es un problema serio y que está impactando a todo el mundo. El periodismo real está luchando contra la información de militancia, donde lamentablemente la militancia tiene más recursos y puede comprar conciencias.


Guardo la esperanza y confío en que la verdad real se impondrá, porque siempre se abre paso. Aristóteles alguna vez dijo: "Platón es mi amigo, pero la verdad me es más querida". Aristóteles, que era discípulo de Platón, admiraba de su maestro la profundidad de sus pensamientos y de sus razonamientos filosóficos; la corrección moral de su vida y de sus sentimientos, pero juzgaba más importante la verdad que la fidelidad a una persona, por relevante que esta fuese.


Confío en que con el pasar del tiempo, la sociedad dejará de ser presa de esas “verdades construidas”, pues como decía Jesús: “Conoce la verdad y la verdad te hará libre”.
 

Guillermo Scheck 

El Administrador General del diario El País de Uruguay reflexiona sobre el derecho fundamental de la humanidad y sobre el desafío diario de publicar la verdad.

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El derecho fundamental de la Humanidad

Hay un derecho y valor ínsito a mujeres y hombres para desarrollarse en su plenitud en sociedades cada vez más complejas: la libertad de expresión. La larga y rica historia –con sus vicisitudes y avances- de este concepto clave que tiene renovada y cada vez más vigorosa vigencia en un mundo que se transforma al impulso de la nueva realidad tecnológica, está pautada por hitos desde la legislación aprobada por el Parlamento de Suecia en 1766, que es considerada la primera ley de reconocimiento y en defensa de la libertad de los ciudadanos a expresar sus ideas sin temor a represalias para contribuir a la prosperidad de la vida en sociedad, o por el concepto categórico de rechazo a las limitaciones para la publicación de libros que expuso el poeta  británico John Milton en 1644, y que encontró su síntesis en el pensamiento que John F. Kennedy expresó ante editores de diarios en 1961, al destacar que la presencia de esos medios en la vida cotidiana es clave para que hombres y mujeres puedan hacer realidad su destino de ser libres e independientes.

Sin duda, pese a constituir un derecho natural y esencial de la humanidad, su defensa y afianzamiento están marcados por una indeclinable lucha con riesgos y acechanzas hasta para la vida de quienes asumieron la misión de salvaguardar ese valor como base del desarrollo en sociedades justas y que abran la posibilidad de que cada persona alcance sus sueños y anhelos sobre la base de su capacidad y conocimiento.

Las Constituciones de Occidente consagran ese derecho, mientras en otras partes del mundo el mismo es conculcado por regímenes autoritarios que temen las opiniones de los ciudadanos y solo permiten que se escuche una voz. Aún en esas circunstancias adversas, el deseo de libertad se va abriendo camino por más obstáculos que se interpongan. En el mundo actual, hay ejemplos elocuentes.

Pero, a lo largo de la historia la libertad de expresión ha prevalecido para un alto porcentaje de la población mundial como consecuencia de una actitud firme y vigilante de diferentes sectores que saben que poder ejercer esa libertad es una construcción diaria que fortalece a los países y hace que sus habitantes tomen las opciones que estimen mejores con la finalidad de decidir su destino, sin una autoridad que pretenda imponerles criterios y lineamientos para cada acto de su vida como si no fueran capaces de aplicar criterios certeros.

Uruguay es parte gravitante, palpitante y ejemplar de esa historia. Un país que ha sido y es faro, guía e impulsor de la libertad de expresión como base de la convivencia armoniosa de sus habitantes para que mediante el cotejo de ideas, conceptos e información veraz se fortalezca la democracia.

Los medios de comunicación como es el caso de los diarios en su ampliado alcance -comenzaron con las ediciones impresas y ahora tienen una audiencia enorme con las ediciones digitales, las noticias que llegan al instante a los celulares, y los podcasts, entre otras innovaciones-, son protagonistas de primera línea para asegurar y afianzar la libertad de expresión del ciudadano.

Es un ideal y una posición compartida por las sucesivas generaciones de uruguayos como lo demuestra el hecho de que está consagrada a texto expreso desde la primera Constitución que tuvo el país y sin haber sido modificada en las reformas de la Carta Magna aprobadas por la ciudadanía hasta la que rige en la actualidad como el gran pacto de la sociedad.

El artículo 29 de la Constitución de Uruguay señala con claridad: “Es enteramente libre en toda materia la comunicación de pensamientos por palabras escritos privados o publicados en la prensa, o por cualquier otra forma de divulgación, sin necesidad de previa censura; quedando responsable el autor y, en su caso, el impresor o emisor, con arreglo a la ley por los abusos que cometieren”.

Concita la atención el hecho de que el texto indique lo que, a primera vista, puede considerarse una redundancia al indicar que “es enteramente libre” la difusión de pensamientos. Pero, en las diferentes reformas de la Constitución se mantuvo así para despejar cualquier duda de la voluntad y determinación del constituyente que refleja la creencia compartida por los ciudadanos.

El texto de la Constitución expresa la realidad actual de Uruguay, donde la libertad de expresión y de prensa están aseguradas y se ejercen sin limitaciones impuestas por el gobierno que, por el contrario, alienta la libre difusión de las ideas.

La luminosa situación de Uruguay en esta materia ha sido destacada por la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) en el informe sobre el panorama de los diarios en el continente americano desde Canadá hasta Argentina. El documento situó a Uruguay como el país que tiene la máxima libertad de expresión en las Américas y de hecho, constituye un ejemplo a nivel mundial.

En definitiva, la libertad de un país depende de expresar visiones e ideas con el único límite de ser consciente de la responsabilidad que ello entraña.

El desafío diario de publicar la verdad

El periodismo, sobre todo el que se ejerce en los diarios –antes solo en las ediciones impresas y ahora en una actividad ampliada  a sus diferentes plataformas para una audiencia más diversa y de enorme alcance- siempre ha enfrentado enormes desafíos. Es una constante que los profesionales de la comunicación tienen asumido y al cual junto con los medios en los que se desempeñan, han sabido dar respuesta y demostrar que las organizaciones informativas de larga trayectoria que tienen una estructura de verificación de los hechos y difusión seria y certera se mantienen como la fuente de información a la que recurren los ciudadanos para conocer la realidad y comprender, sin duda, el impacto que tienen diferentes situaciones en la sociedad y en su vida y para robustecer la libertad individual y la democracia.

Desde la creación de la imprenta –su aparición cambió al mundo- y la consiguiente edición de los primeros diarios y la multiplicación de títulos de libros, los medios de información han desarrollado su labor decisiva para la sociedad superando retos tanto desde los centros de poder como por el surgimiento de nuevas tecnologías que imponen modificaciones en la manera de llevar a cabo la tarea periodística, pero sin cambiar la esencia de ésta, que es aportar información veraz y confirmada a los ciudadanos, así como enfoques y contextos que permiten entender los sucesivos fenómenos políticos, económicos, sociales, científicos, de entretenimiento y deportivos.

Pero, nunca como en este tiempo, el desafío a los medios y los comunicadores ha sido tan potente y de características tan complejas porque la aparición de la ofensiva a través de las fake news (las noticias falsas) se traduce en la manipulación de la información y la distorsión del debate político en todo el mundo, poniendo en peligro las bases de libertad y democracia de las sociedades de Occidente.

Los diarios en sus ediciones impresas se mantienen como una presencia potente en la información, en tanto sus sitios digitales tienen contacto con una enorme audiencia, porque agregan la opción de recibir noticias al instante en el celular, así como enfoques y análisis de situaciones de amplia repercusión en videos y podcasts, entre otras formas innovadoras.

La humanidad se enfrenta a un torrente de datos y de información incontenible que por la vía de las nuevas tecnologías  le impacta de diferentes maneras. Pero, ese caudal no significa que el contenido resulte de calidad, certeza y veracidad, sino que en diversidad de sitios electrónicos, blogs y posteos –en muchos casos de dudosa reputación- y sobre todo en las redes sociales se difunden las fake news sobre diversidad de temas con consecuencias negativas para los ciudadanos porque pueden  inducirlos a tomar opciones y decisiones equivocadas en función de las falsedades que se difunden.

La acción que se concreta utilizando el mecanismo de las fake news tiene alcances insospechados y cada vez más dañinos como ha quedado en evidencia en la ofensiva lanzada desde centros de poder para intentar ejercer influencia sobre los ciudadanos y buscar desvirtuar el resultado de las elecciones en Estados Unidos y algunos países de la Unión Europea, lo que significa apuntar a socavar los fundamentos de la democracia y de las sociedades libres.

En esta era incierta, poblada de acechanzas, principalmente a través de las redes sociales, el papel de los medios de comunicación tradicionales –como es el caso de El País- resulta cada vez más relevante porque son los ámbitos informativos en los que los ciudadanos encuentran un relato veraz y coherente de hechos que han sido confirmados por sus profesionales de la comunicación, tras realizar las verificaciones del caso con las fuentes autorizadas que tienen el debido conocimiento de las situaciones reales y dejan en evidencia las falsedades que se difunden por las redes sociales. Por ejemplo, los diarios, tanto para sus ediciones impresas como en su renovación noticiosa permanente en sus sitios digitales tienen una estructura organizativa que verifica de manera exhaustiva los hechos antes de hacerlos públicos, por la labor de los periodistas que buscan la información en los distintos ámbitos de actividad, y por la tarea clave que desempeñan los integrantes de una estructura vital que tiene un Redactor Responsable, una Mesa de Redacción y editores de las distintas áreas de información.

La pandemia del COVID-19 que desgarró al mundo, ratificó la importancia de los medios tradicionales que crecieron en su audiencia porque el público supo dónde encontrar la información, el contexto, las explicaciones y la orientación para conocer los verdaderos alcances y consecuencias de este golpe devastador y cómo comportarse para estar protegido.

El País asume la tarea clave de informar y esclarecer en cada jornada. El fact checking (verificación de datos) se ha incorporado a la labor diaria en la Redacción para asegurar la veracidad de la información que se proporciona a la audiencia. “Las Mentiras de WhatsApp” es otro de los mecanismos que el diario ha puesto en marcha para dejar en evidencia y diferenciar entre la noticia mendaz y la información veraz.

Es el nuevo desafío diario que se asume en defensa de la libertad de expresión e información y de la democracia.

Iary Gómez Quesada 

La gerente general del Grupo Extra de Costa Rica reflexiona sobre la situación de la libertad de expresión.

La libertad de expresión

Durante estos últimos dos años hemos visto como Latinoamérica ha venido decayendo en la libertad de expresión tenemos un país vecino y relativamente cerca el otro país, que es Venezuela. Donde hemos visto quebrar periódicos, televisoras y otros medios alternativos si no están a favor del régimen.

También muy de cerca tenemos el país de Nicaragua donde han cerrado ya dos periódicos donde les han impedido la entrada de papel, donde le han encerrado periodistas y dueños de los medios y muy pronto se acercan las elecciones y el presidente Daniel Ortega ha encerrado a los candidatos contrarios a él.

Así también tenemos a Cuba donde el internet es casi imposible para un uso adecuado, sostenible donde el costo de minuto es casi imposible para los ciudadanos de esta isla.

Con esta breve introducción sin profundizar mucho en ellos quiero decirle que es bastante peligroso que los últimos candidatos o presidentes de los diferentes países de Latinoamérica sea de un corte populista y que estén llegando a estos altos cargos políticos ya que en cualquier momento pasa lo que hemos venido viendo mundialmente.

Otro caso es el del presidente del Salvador Bukele que este año a quitado a los políticos, magistrados que no piensan igual que él.

Estas diferentes cosas que se ven insignificantes van menos cavando la libertad de expresión y de información en cada país.

Si nos ponemos a analizar poco a poco se va disminuyendo muy sutilmente la democracia en un país con todos estos hechos, cuando uno ve que comienzan aparecer proyectos de ley que quieren dirigir el contenido de medios, cuando un funcionario no le importa lo que digan de él en su labor publica y muy solapadamente con esos y otras tomas de decisiones se comienza a perder el país democrático cuando la población se dio cuenta ya no es aquel país donde nació.

En Costa Rica, los funcionarios públicos con alto rango jerárquico comenzaron con falta de comunicación pronta y veraz con los medios de comunicación ya que muchos de los ministros y funcionarios públicos se negaron a dar declaraciones, esto antes de pandemia y en pandemia.   Y solo lo veían pertinentes cuando ellos les interesaba comunicar algo, de lo contrario muchos medios no obtenían las respuestas a las preguntas que se mandaban. Igual el presidente Carlos Alvarado Quesada a tomado una actitud que se enoja cuando le hacen preguntas incomodas como él las suele llamar.

Se tuvo en estos dos años prácticamente un gobierno a la defensiva contra los medios o algunos medios, ya que otros medios que no le cuestionan nada a la administración Alvarado, a ellos si les hablan.

Debido a esta actitud de esquivar y no atender a la prensa oportunamente se ha tenido que acudir a la Sala IV para que sean los magistrados los que hagan efectiva la libertad de expresión y Libertad de la prensa.

Entre los recursos de amparo interpuestos durante estos meses esta el expediente numero 20-023420-0007-CO el cual obliga a la presidente del Instituto costarricense ferroviario (INCOFER) a dar datos ferroviarios. Resolución a favor del periodista y el medio.

El expediente numero 21-011883.0007-CO también recurso de amparo contra la presidenta de Acueductos y Alcantarillados (AYA) por negar dar información. Resolución positiva a favor del periodista y el medio.

También se gano un recurso de amparo en la sala IV contra el Ministro de la Presidencia, Ministro de Salud y Ministro Comunicación en el voto numero  2021-015417 donde los señores Magistrados dicen que a la prensa a la hora de obligarlos a mandar las preguntas anticipadamente es censura previa y quebranto de la libertad de prensa. A la directora de la dirección General de Migración y extranjería se le interpuso una acción civil resarcitoria por difamación contra el Diario Extra y al Periodista Greivin Granados.

A inicios del mes de octubre La jueza decisoria, del juzgado ejecución de la pena de San José, Mayra Acevedo Matamoros dio un fallo con la medida cautelar donde le prohibía a la Ministra de Justicia la señora Fiorella Salazar darle declaraciones a la Prensa y por ende nos puso mordaza a los medios de comunicación al no poder preguntar nada de cárceles ya que la Señora Ministra de justicia tenia prohibido darlas. Información que se puede constatar en el expediente número 99-200137-0198-PE. Aun La corte por medio de la sala IV sigue sin dar el fallo definitivo ordenándole a la ministra de justicia que puede hablar al respecto con los medios de comunicación.

 

El día 10 de octubre un empresario envuelto en un escandalo de dineros mediante el respaldo de la figura bancaria enloda a la prensa (Semanario Universidad y Diario Extra) e insulta a la prensa, donde sanciona que se le de seguimiento al caso del Banco que él representa conocido en Costa Rica como Caso Aldesa.

 

El 11 de octubre también el medio digital CRHOY tuvo un inconveniente por falta de transparencia de la Fiscalía General cuando le niegan información pública para saber en qué parte del debido proceso va un determinado caso.

Conclusión la libertad de expresión y de prensa sigue igual a antes de la pandemia y durante sin la sala IV no logramos que se nos brinde información oportunamente. Se violan los artículos 11, 27 y 30 de la Constitución Política de Costa Rica al igual al articulo numero 1 de la carta Magna.

La verdad Construida en Costa Rica

La verdad construida siempre es dañina para todas las democracias ya que las va destrozando porque por lo general es la verdad que muchos mandatarios quieren vivir algo así como lo que propone Facebook en la actualidad de soñar y vivir otra vida dentro del ciberespacio, exactamente como uno cree ver el mundo para evitar complicaciones.

Con eso quiero decir que un presidente o su gabinete en muchas entrevistas a nivel interno y externo mantienen una misma replica para todos sus discursos. Y si no es que los obliga la salsa IV, ellos no contestarían, aunque la respuesta es un sin sal porque nunca contestan lo que el profesional pregunto.

Como digo siempre, cada vez que pasa el tiempo los administradores del país solo quieren oír lo que les conviene.

Un ejemplo que nos queda claro es ver al presidente tico hablando de su Carbono neutral y su cambio climático, pues esto si existe, pero antes que todo debería  llevarse bien con las empresas periodísticas aun que no le guste sus críticas al gobierno.

 Cuando el sale hablarles a los periodistas internacionales si contesta sus preguntas y además no los humilla como cuando dijo que en Costa Rica los periodistas hacen preguntas insulsas. Solo porque el no quiere contestar otras preguntas.

Cuando ustedes oyen que en Costa Rica no pasa nada, pues si, porque lo que oyen es solo que la Verdad construida por ministros o presidentes ejecutivos que viven en el no contesto cuando preguntan.

La verdad construida tiene problemas reales como vivir una vida ficticia donde solapadamente siguen evadiendo a la prensa limitando así el derecho de expresión.

Nunca se oye a un presidente de Costa Rica decir que está en contra de los proyectos que quiere pasar un legislador donde atenta contra la libertad de expresión donde controlarán el contenido de los medios.

Otra verdad construida es decir que todo el gobierno es transparente cuando sabemos que es un engaño ya que esconden datos como los del bono proteger, los datos de la creación de la UPAD entre otros Como son las vacunas y mascarillas.

Creo que esta verdad construida del gobierno es una forma de no saber como enfrentar la cruda realidad cuando hay un altisimo desempleo en CR y fue antes de pandemia que lo vino a empeorar es diferente pero entre su creo de verdad cosntruida lo hace pensar que el país se cayó por la pandemia y no es asi tanto que hay medio que le lleve una cuenta de muchos mese antes de la no activación economica, el país esta perdido en droga por la inseguridad que hay y lo poco efectivo de la defensa publica para evitar que hallan casos que queden en la impunibilidad.  Y esto incrementa la desconfianza en el pueblo.

Se oye al presidente dando catedra de la ecología y el medio ambiente de Costa Rica y resulta que “Crucitas “es lo peor en CR lugar donde se roban el oro del país y no resuelve el problema de contaminación de ríos o aguas. Pero si se rasga sus vestiduras afuera hablando de lo bello del país.

Maciej Stasinski 

El editor jefe de Internacional de la Gazeta Wyborcza reflexiona sobre la situación de los medios de comunicación en Polonia y la "rebelión de la ignorancia y la mentira".

Medios en Polonia bajo el asedio

La libertad de expresión en Polonia esta bajo asedio. No mas ni menos que otras libertades y normas constitutivas de la democracia liberal. Parte de la contrarrevolución autoritaria del presente régimen nacionalista es la ofensiva por sojuzgar el poder judicial, reducir el parlamento a una maquina de imponer la voluntad del partido gobernante, volver papel mojado la constitución y anular el derecho comunitario de la Unión Europea, asi como tomar todas las demás instituciones de la democracia.

Quien asedia los medios independientes, ese cuarto poder cuya razón de ser es fiscalizar la conducta de los gobernantes, es el régimen nacionalista que busca abiertamente no solo silenciar a los disconformes con su política, sino instaurar otro sistema político que no sea democracia liberal. Llámese como se quiera: autocracia, autoritarismo o dictablanda (que in definitiva no es otra cosa que un paso hacia una dictadura).

  1. El régimen ha convertido ya los medios públicos – radio y televisión – en una burla. Allí no existe debate. Emisoras y canales de TV administrados por el gobierno no son mas que una tribuna de propaganda que recurre sin ambages a silencios, mentiras, censuras, insultos y calumnias contra todo aquel que no este de acuerdo o critica el régimen. Nunca desde el inicio de la transición democrática en 1989 la conducta del gobierno se ha asemejado tanto a la propaganda del régimen comunista desaparecido.

  2. El régimen ha proclamado como objetivo la “polonización” de los medios. Así se ha adueñado ya de la mayor parte de los privados medios locales (20 diarios, 120 revistas mensuales y 500 sitios web), escritos y electrónicos, que eran propiedad de Verlagsgruppe Passau alemán, mediante su adquisición por parte de la compañía estatal petroquímica Orlen, con la consiguiente purga masiva de periodistas disconformes.

 

Los últimos reductos y mas importantes reductos de la libertad e independencia periodística de alcance nacional que aun sobreviven son: el canal TVN24 (Discovery), el diario “Gazeta Wyborcza”, el portal Onet, así como varias revistas semanales como “Polityka” o “Newsweek”.

Pero su asedio continua en forma de acoso judicial (ej. denuncias por difamación) y económico (multas por supuestas infracciones o irregularidades tributarias), así como intentos y amenazas de expropiación o sostenido bombardeo propagandístico contra sus “hostiles”, “antinacionales”, “antipatriotas” contenidos y periodistas, etc.

Rebelión de la ignorancia y la mentira

El periodismo esta en crisis y en la encrucijada porque la esfera publica, su entorno natural y caldo de cultivo, esta en crisis. La esfera publica es donde los ciudadanos se informan y comunican sobre asuntos públicos

 

Hoy la esfera publica esta desmembrada/troceada/divida en nichos/burbujas del común espacio cuyo instrumento que es la red.  Pero la red es, paradójicamente, todo menos  p u b l i c a, porque no es  c o  m u n. La red es publica solo en cuanto instrumento/vehículo de comunicación, y no como foro de intercambio y debate.

Gracias a la red la ignorancia / falsedad / mentira / hipótesis / prejuicio / superstición / sospecha / rumor / mito / conspiración, que antes pertenecían a la esfera privada, intima, local, se elevan a “verdades” que compiten de igual a igual con la verdad / ciencia / tesis, ejemplos: atentados en torres WTC en 2001, covid / coloroquina, antivacuna, tierraplana, clima,  creacionismo, masturbación... agresión a científicos y divulgadores de los conocimientos (Nature).

 

La esfera publica anterior tenia jerarquía / credibilidad de quien sabe, tiene conocimientos y poder. Pero también había confianza pública en quien sabe, en la autoridad, en la meritocracia, en quienes son especialistas y científicos

 

La red da patente de corso a toda idea / ocurrencia / tontería porque  e m p o d e r a   a todo el mundo, radicalmente d e m o c r a t i z a   la comunicación / información aunque sea una desinformación. Todo gana gana autoridad /  credibilidad / ciudadanía.

La revolución comunicativa derivada de la red viene a ser una consecuencia moderna de la rebelión de las masas. Esto afecta directamente a la labor informativa de los medios y periodistas: la noticias / reportaje / crónica.

 

Antes de la mentira / falsedad / discurso de odio se valían dictaduras o regímenes autoritarios que con su      p r o p a g a n d a   dominaban la sociedad reducida a súbditos. Hoy para afianzarse en el poder a la misma propaganda recurren gobiernos democráticamente elegidos porque aprecian la enorme fuerza que la democratización del disparate / mentira / falsedad les tiende en bandeja en forma de social media como Twitter, Instagram, Telegram, Facebook etc.

Donald Trump, notorio embustero y embaucador, pone en marcha un nueva tribuna:  “The Truth”.

!Signo de los tiempos!

 

¿Qué puede hacer el periodismo profesional que busca la verdad y la credibilidad, si cualquier lunático puede ser periodista?

¿Qué significa hoy la ética del periodismo? ¿Cómo combatir la No Verdad? ¿Se puede reconstruir la esfera pública, común y creíble?

 

La censura de mentiras, falsedades, calumnias, hatespeak en las redes (facebook, twitter, instagram), ¿pueden rehabilitar, reconstruir la esfera publica? Como restablecer la confianza publica?

 

¿Puede salvarse la democracia frente a Jair Bolsonaro? ¿Puede volver a ser presidente Donald Trump?

Rita Vásquez 

La directora del diario La Prensa de Panamá reflexiona sobre la situación de la libertad de expresión en su país y sobre la verdad construida.

Libertad de expresión en Panamá, ¿mito o realidad?

“Toda persona puede emitir libremente su pensamiento de palabra, por escrito o por cualquier otro medio, sin sujeción a censura previa”, establece el artículo 37 de la Constitución Política de la República de Panamá.

 

Partiendo de lo anterior, el principio de libertad de expresión está garantizado por norma constitucional. Pero, además, Panamá es signatario de la Convención Americana de Derechos Humanos que, en su artículo 13, no solo establece la misma libertad, sino que amplia su concepto: “Comprende la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de toda índole, sin consideración de fronteras, ya sea oralmente, por escrito o en forma impresa o artística o por cualquier otro procedimiento de su elección”.

 

Y, para completar el marco jurídico que reconoce a la libertad de expresión como un derecho inalienable, fundamental e indispensable de todas las personas, Panamá también suscribió la Declaración de Principios sobre Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. En otras palabras, el Estado Panameño no solo reconoce, sino que protege el ejercicio de la libertad de expresión en todas sus formas. De ahí que esté obligado a garantizar todas las salvaguardas para su ejercicio.

 

¿Pero, podemos decir que, a través de los años, esto ha sido así? Pues, sí… y no.   Por un lado, la mayoría de los gobiernos han llevado a cabo acciones encaminadas a este propósito. Por ejemplo, casi todos los presidente de postdictadura han firmado la Declaración de Chapultepec, sobre libertad de expresión y de prensa que promueve la Sociedad Interamericana de Prensa. Entre ellos, al menos, los tres últimos: Ricardo Martinelli (2009-2014), Juan Carlos Varela (2014-2019) y Laurentino Cortizo (2019-2224).  Sin embargo, durante sus mandatos, ellos o sus gobiernos han incumplido –unos más que otros– sus compromisos con la libertad de expresión.

 

Ricardo Martinelli, un rico comerciante de alimentos, convertido casi de la noche a la mañana en político, se caracterizó por  hacer un gobierno sin mucho respeto ni apego a una   maltrecha y debilitada institucionalidad estatal. Las amenazas, los insultos, las diatribas y el chantaje contra periodistas, adversarios políticos, activistas y medios de comunicación independientes marcaron y sellaron su gestión.  

 

Su poca tolerancia a la crítica lo llevó a adquirir sus propios medios de comunicación, que incluyeron varios periódicos, radio y hasta un canal de televisión. Estos medios fueron usados, según él, para “defenderse” de las crecientes de críticas que recibía su gobierno. No obstante, en la práctica, fueron y son instrumentos de propaganda, y para justificar su constante irrespeto a la instituciones del país y el Estado de derecho.

             

Pero esos medios también han servido para atacar a todo aquel que manifestara críticas u oposición a sus actos, así como plataforma para desprestigiar, desacreditar, denigrar, humillar y descalificar a adversarios y enemigos, reales o imaginarios.

             

Adicionalmente, decenas de periodistas, influencers, usuarios de redes sociales, medios de comunicación, fiscales y hasta jueces enfrentan amenazas o proceso judiciales penales y civiles que incluyen en muchos casos, el resarcimiento por supuestos daños al honor, que se elevan a millones de dólares, con el solo afán de alcanzar la autocensura en todos ellos, con la consecuente obstaculización a la libertad de expresión. 

 

Aunque sus pretensiones penales y civiles hasta ahora no han sido exitosas, lo cierto es que estas demandas son un pesado lastre para las partes demandadas, ya que deben destinar miles de dólares para su defensa legal, un desgaste económico que no todos tienen la posibilidad de pagar, con lo cual, los demandados terminan en la autocensura.

             

Quizás el mejor ejemplo del alcance de sus alegados daños es el diario La Prensa, un medio independiente que ha criticado duramente su gestión y su escalada legal contra todo aquello que obstaculice el ejercicio de la libertad de expresión.  Periodistas y directivos de este medio enfrentan querellas judiciales cuyos resarcimientos suman más de 46 millones de dólares.

 

Dado el alto volumen de demandas que ha interpuesto, el sistema ha sucumbido para convertirse en una suerte de instrumento para perpetrar el “terrorismo judicial”. La consecuencia de ello es que el Estado –en aras del bienestar de un solo ciudadano­– ha dejado de garantizarle a decenas la libertad de expresión que constitucionalmente debe facilitar.

             

Pero el Estado también ha fallado en garantizar un clima de seguridad para que los ciudadanos puedan expresar libremente sus pensamientos y opiniones, sin temor a represalias judiciales. En otras palabras, el Estado ha garantizado un clima de terror, cuya más grave manifestación es la autocensura, con lo que vulnera directamente la Constitución Política.

                          

A su vez, durante el gobierno de Juan Carlos Varela, los diputados de gobierno y algunos ministros de Estado presentaron no menos de una decena de proyectos de ley encaminados a controlar los contenidos editoriales de los medios de comunicación, incluidas reformas al Código Electoral.  Debido a la acción entre los principales medios de comunicación, a través del Consejo Nacional de Periodismo, ninguno de estos proyectos llegó a prosperar.

 

La actual administración –que preside Laurentino Cortizo– también da muestras inequívocas de animadversión a la transparencia y rendición de cuentas.  El ejemplo más claro es el velo que cubre todo lo relacionado con las compras estatales vinculadas a pandemia de la Covid-19. El poco avance en periodos anteriores en materia de “open data” y acceso a información pública ha sufrido graves retrocesos, a tal punto, de que han hecho casi imposible la veeduría ciudadana de la gestión de gobierno. Esta obstaculización impide el derecho de los ciudadanos de conocer y opinar sobre la gestión gubernamental.

 

Y  esto no es todo.  En Panamá aún está tipificado en el Código Penal la calumnia y la injuria como delitos que conllevan condenas de prisión de hasta 18 meses si se comete a través de medios de comunicación. Además, dicha norma da espacio para reclamaciones civiles millonarias, sin límite alguno, que ponen en peligro no solo la sostenibilidad y existencia de  medios de comunicación, sino que causan la ya señalada autocensura.

 

Mientras en Panamá el poder político siga interfiriendo en la libertad que gozan los ciudadanos para expresar sus ideas y opiniones; mientras la calumnia e injuria tengan penas de prisión y mientras no se fijen topes a las reclamaciones civiles derivadas de estas acciones judiciales, es imposible hablar de un amplio ejercicio de la libertad de expresión, aunque la Constitución y las normas internacionales lo garanticen y los funcionarios tengan expresamente prohibido obstaculizarla.

La verdad construida, responsabilidad compartida

Tratando de entender todo este asunto de la verdad construida y de cómo interpretar su impacto en el periodismo de hoy, especialmente en momentos en que la inmediatez y la gran discrecionalidad de los cibernautas en las redes sociales en particular y, en el internet en general, construyen a cada segundo su propia versión de un hecho, consulté al respecto al lingüista y amigo Rafael Candanedo.

 

Confieso que su respuesta me dejó meditando: “Hoy hay posverdad. Ha habido verdad amarga, verdad mala, verdad salida. Ninguna de ellas, con apellido, condicionada, es el concepto referido al juicio que no se puede negar racionalmente. Es válida esa expresión para aquello que no es ese juicio, en una época tan movediza y de cambio permanente.” Y todo esto me lleva a pensar: Y, después de todo, ¿en qué consiste nuestra labor como narradores de hechos noticiosos?

 

Algunos abrazan la teoría de que el periodismo responsable, independiente y libre de las mezquindades de los intereses particulares debe ser capaz de narrar acontecimientos sin entrar en juicios de valor que adornen la realidad de los hechos. Otros optan por ser más revolucionarios: abogan por el periodismo de apología.  Sin que uno demerite al otro –porque estoy segura de que cada uno se ajusta a su respectivo segmento de la sociedad– ¿qué efecto tienen para el lector desprevenido, incapaz de distinguir el uno del otro? En otras palabras, ¿qué versión de la realidad está dispuesto a creer? O más aún: ¿Cuál es la verdad real?

 

Ante este debate y, partiendo del principio de que en ambos casos todo nace desde un hecho que el periodista observa, que entrevista a las partes y comprueba la verdad de lo que le dicen con datos tangibles, nos preguntamos lo siguiente: ¿En qué momento comienza la construcción de la verdad?  En mi concepto, ocurre desde que sucede el hecho narrado.  El periodista, por más que sabe que no debe tomar partido, comienza a formarse un juicio de lo que ocurre desde que comienza a observar. Pero es virtualmente imposible que no sienta afinidades o repulsión, de acuerdo con sus propios principios. Sería imposible que no perciba injusticias… o ser indiferente a ellas, o no saber distinguir la diferencia entre ver el rojo mientras le juran que el color que ve es azul.  

 

Lo anterior, me permite traer a colación otro elemento.  La interpretación.  Y no solo la interpretación del periodista de un hecho particular, sino también la del lector que, por más que se narre un hecho sin pinceladas de color, sin juicios de valoración, incluso despojando la narración de cualquier adjetivo, nunca le faltarán argumentos para atribuirle “notoria parcialidad”, animosidad al medio, sus periodistas y/o sus noticias si el objeto de la narración periodística es él, sus grupos afines o sus allegados.

 

Pero, regresando al tema, ante el crecimiento de las redes sociales y la proliferación de medios digitales, cada vez más avocados al periodismo de apología, el rol de comunicador adquiere un enorme valor. Aquella vieja teoría de darle a las audiencias suficientes elementos para que puedan formarse su propia versión de la verdad cobra importancia fundamental, especialmente si los medios de comunicación queremos seguir etiquetándonos de independientes. 

 

Otro debate que llega con el incremento de usuarios en las redes sociales guarda relación con el hecho de que cualquiera que tenga acceso a estas se convierte, en audiencia o lector y, simultáneamente, en emisor de mensajes o fuente de información.  En otras palabras, la labor de informar ya no es una labor exclusiva de los periodistas ni de los medios de comunicación.

 

Cualquiera que tenga a su alcance un teléfono inteligente o acceso al internet puede narrar un hecho, sea este intrascendente o noticioso. Incluso, puede reaccionar de forma instantánea o transmitir en vivo una noticia o hecho, multiplicando el alcance de un medio a través de su propia red de lectores y seguidores, con lo que surge, eventualmente, el fenómeno del “influencer”.

 

Pero, en no pocas ocasiones, en ese afán de obtener las simpatías de cada vez más seguidores, surgen peligros, normalmente menos frecuentes en los medios formales de comunicación social, como la divulgación de las llamadas fake news. Pero también estos “influencers” son, en muchos casos, vulnerables a situaciones de egos crecidos, capaces de nublar el buen juicio, llegando, incluso, a traspasar las fronteras éticas de un verdadero comunicador social. Ser un “influencer” también significa tener acceso a fuentes alternativas de ingresos, y aparentemente bien dotadas.

 

Debido a todo lo anterior, sería injusto atribuir la responsabilidad exclusiva de narrar de forma veraz un suceso, sin emitir juicios de valor, exclusivamente a los medios de comunicación y a los periodistas, cuando en muchas ocasiones los ‘influencers’ logran alcances –o errores– impensables para los primeros.

 

Nunca es aconsejable creer todo lo que se ve o se lee o se oye. En todo caso, la responsabilidad, a mi juicio, es compartida con las audiencias, las cuales tienen la tarea de estar más atentas a esas verdades divulgadas en redes sociales, pues analizar y verificar los hechos, antes era un asunto que en la mayoría de los casos le concernía únicamente a los periodistas y medios de comunicación social formales.

 

Sin embargo, ahora es una responsabilidad compartida con el usuario de redes sociales que, atosigado por la “verdad” de miles que buscan imponer o divulgar su propia versión de los hechos, incluso, de los que no les consta, alimentan un constante torrente de información. Para las audiencias, formarse una opinión a través de juicios de valor basados en la lectura de noticias y de los mensajes en las redes sociales es ahora algo complejo si es que quieren tener o alcanzar su propia versión de la verdad.

Roberto Sosa 

El Jefe de Redacción General del diario ABC Color de Paraguay reflexiona sobre la libertad de expresión en su país y sobre la verdad construida.

Libertad de expresión

La Libertad de Expresión constituye uno de los derechos humanos fundamentales que además de garantizar la realización de la persona permite la protección de las sociedades, asegurando el funcionamiento de las instituciones y la vigencia plena de la democracia. El Estado de derecho tiene en él su fundamento.

 

Dada su importancia, el artículo 13° de la Convención Americana sobre Derechos Humanos dispone respecto a la “Libertad de expresión y de pensamiento”, que toda persona tiene derecho a ella. Comprende la “libertad de buscar, recibir y difundir informaciones o ideas de toda índole, sin consideración de fronteras, ya sea oralmente, por escrito o en forma impresa o artística, o por cualquier otro procedimiento de su elección”.

 

En consonancia con esta norma internacional, la Constitución Nacional Paraguaya recoge este concepto en su artículo 26 de la siguiente manera: “Se garantizan la libre expresión y la libertad de prensa, así como la difusión del pensamiento y de la opinión, sin censura alguna, sin más limitaciones que las dispuestas en esta Constitución; en consecuencia, no se dictará ninguna ley que las imposibilite o las restrinja. No habrá delitos de prensa, sino delitos comunes cometidos por medio de la prensa. Toda persona tiene derecho a generar, procesar o difundir información, como igualmente a la utilización de cualquier instrumento lícito y apto para tales fines”.

 

Tratándose de una Carta Magna elaborada tras la caída de la dictadura de Alfredo Stroessner, caracterizada ésta por la restricción de todo tipo de libertades y su odio contra la prensa libre, la misma contiene una serie de garantías que blindan la libertad de expresión. El artículo 27 dispone sobre el empleo de los medios masivos de comunicación social, el 28 sobre el derecho a informarse y el 29 respecto a la libertad en el ejercicio del periodismo.

 

Calidad de la libertad de expresión en el Paraguay

 

Pese a la consolidación de la libertad de expresión y de pensamiento en el Paraguay en el transcurso de las últimas tres décadas, la misma no ha estado ajena a amenazas provenientes de diferentes sectores.  La violencia ha golpeado fuerte en varias ocasiones costando incluso la vida a numerosos trabajadores de prensa.

 

En el último año a causa de la pandemia, los medios han jugado un rol fundamental para que la ciudadanía acceda a informaciones relacionadas al endeudamiento al que fue sometido el país a fin de atender las necesidades básicas de salud, postergada por años, así como para ejercer casi un rol de contralor respecto a la ejecución de estos cuantiosos recursos.

 

El Paraguay cuenta con una ley de acceso a la información pública, la que ha permitido develar números hechos hasta delictivos mediante la investigación periodística. La norma, ante los resultados positivos que ha conseguido, está siendo ignorada e incluso atacada en los estrados judiciales. En uno de los casos, la Entidad Binacional Itaipú, por muchos años la hidroeléctrica más grande del mundo, en copropiedad con el Brasil, se ha negado a proveer de información trascendente a un gremio denominado Sociedad de Comunicadores del Paraguay. Se da en vísperas de una renegociación del Tratado, tema de alto interés nacional. De manera similar, el otro emprendimiento hidroeléctrico conjunto con la Argentina, la Entidad Binacional Yacyretá, también ha retaceado informaciones solicitadas por periodistas, incluso con acciones judiciales de por medio, a fin de acceder a datos básicos sobre las “inversiones sociales” ejecutadas por la institución.

 

Quizás el avance más preocupante para intentar restringir la libertad de expresión, se viene dando con sucesivas demandas judiciales presentadas contra el periodista de ABC Color, Juan Carlos Lezcano, así como contra la propietaria del citado medio de comunicación, Natalia Zuccolillo. Ambos vienen soportando un acoso judicial por parte de una ex alta funcionaria del anterior gobierno, quien demanda resarcimientos por elevados montos en dólares. Una de las varias presentaciones judiciales que afecta al mencionado periodista proviene de un senador de la nación destituido a raíz de sus denuncias.

 

En el interior del país, el ejercicio del periodismo se vuelve aún más complicado por los riesgos que representa. El periodista radial Ever Candia ha recibido amenazas de muerte a consecuencia de compartir con su audiencia mensajes de sus oyentes sobre el tráfico de combustibles asentado en su comunidad.

 

Las agresiones de políticos hacia los medios de prensa tampoco han estado ausentes. Desde graves acusaciones sin sustento, hasta reclamos en la vía pública, poniendo en riesgo la seguridad de los trabajadores de prensa.

 

Uno de los últimos hechos trascendentes constituye el allanamiento del actual gobierno a una demanda elevada a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, presentada por familiares del periodista Santiago Leguizamón, acribillado brutalmente en la frontera con el Brasil en el año 1991. Treinta años después, el Estado paraguayo ha admitido que no hizo todo lo necesario para esclarecer el crimen y llegar a los verdaderos responsables.

 

La libertad de expresión y  una prensa libre constituyen fundamentos para el desarrollo pleno de la ciudadanía y de la vida democrática.

Carlos Mora 

El Editor General de Últimas Noticias de Ecuador reflexiona sobre la libertad de expresión en su país y de "enseñar a pescar las mentiras".

La verdad construida, el papel de los comunicadores ante la evolución de las redes

Las circunstancias que rodean el trabajo actual de los comunicadores generan nuevos desafíos que deben ser afrontados con criterios sólidos, basados en el compromiso con los destinatarios de nuestra labor diaria, lo cual exige responsabilidad y ética. El ser humano, como nunca antes, está sufriendo un bombardeo incesante de informaciones de todo tipo, lo que redobla la responsabilidad de los comunicadores.

 

La construcción de la verdad informativa exige la recopilación cuidadosa de los hechos a fin de transmitirlos de la manera más completa y honesta posible. En el pasado reciente, con el imperio de los medios tradicionales, los comunicadores contaban con mayor tiempo para el análisis y la construcción de las informaciones. La aparición de las redes sociales han acelerado este proceso.

 

Como nunca, los ciudadanos hacen uso del ejercicio de la libertad de expresión, esa libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de todo tipo. Por supuesto no ha estado ajeno a los abusos. Esto los ha empoderado y los ha convertido en protagonistas de todo lo que ocurre. Absolutamente todo es instantáneo, temporal, fugaz. Se adquiere notoriedad a una velocidad relámpago. La verdad y la mentira van mezcladas. Se difunde de todo.

 

Las redes sociales, sin dudas, han impuesto una nueva manera de trabajar en las diferentes plataformas. El desafío de los comunicadores está en analizar cuidadosamente todo en el menor tiempo posible. La posibilidad de acceso de cualquier persona a una red social ha extendido al mismo tiempo la multiplicación de las informaciones falsas. Es así que circulan comentarios, acusaciones, fotografías y videos de dudosa veracidad, que con la inmediatez que exigen las páginas digitales presionan sobre los medios y periodistas.

 

El trabajo tuvo que ser adecuado a las nuevas exigencias. Los comunicadores no pueden estar ajenos a los desafíos que ello demanda y nos confronta con la necesidad de evitar la degradación de los contenidos. La banalidad puede tener un alto rendimiento en los portales digitales, pero está lejos de sostener la verdadera tarea del comunicador. No se debe sucumbir ante el vedetismo ni a las presiones externas e internas.

 

Más allá de los graves inconvenientes que traen aparejadas las redes sociales, no hay dudas que hoy se han convertido también en una rica fuente informativa. La participación ciudadana en compartir inquietudes, opiniones, fotografías y videos, coadyuban en el intento de construir la verdad de los hechos. El desafío se centra en discriminarlos y poner cada cosa en su lugar, aunque exija mayor tiempo. El chequeo sobre la veracidad de los elementos recabados se vuelve aún más exigente.

 

Este nuevo mundo ha obligado a los medios a adecuar sus estructuras. Entienden que no pueden estar ajenos al “ruido”, a lo que ocurre en todos los ámbitos. La presión sobre la economía de las empresas periodísticas es innegable. La caída de las fuentes tradicionales de ingresos y el desafío de encontrar nuevas fórmulas de “monetización” han precarizado el trabajo en algunos casos. La torta de la publicidad que se llevan las grandes corporaciones marcan un desafío trascendente a las sociedades periodísticas.

 

La aparición de las redes sociales compele a los comunicadores a la generación de nuevos contenidos que respondan a las demandas de las diferentes plataformas, mediante el uso de lenguajes adecuados. Reformular el modelo de negocios imprime una labor en la que propietarios de medios y periodistas deben discutir de manera permanente. La necesidad de monetizar los contenidos ha puesto a comunicadores y agentes comerciales en contactos más frecuentes en medio de roces y disyuntivas.

 

La pandemia, más allá de las desgracias, ha dejado una lección sumamente rica en Paraguay. Los medios tradicionales han visto crecer su público como nunca antes, aunque no haya ocurrido lo mismo con los ingresos monetarios. La explosión de informaciones falsas respecto a la pandemia del coronavirus, sobre medidas preventivas y tratamientos, las vacunas, entre otros; volcó al público a refugiarse en los medios tradicionales. La crisis pandémica ha dado un golpe casi letal a los diarios impresos, pero han despegado de manera geométrica las audiencias de las páginas digitales y han enriquecido de renovado público las radioemisoras y canales de televisión. De alguna manera desacreditan las versiones interesadas sobre la agonía de los medios de comunicación y de su desplazamiento por las redes sociales.

 

Este comportamiento ratifica que no estamos ante una  una crisis del periodismo, sino más bien ante una crisis de cómo se financian las empresas periodísticas. Más que nunca vale reafirmar que los comunicadores tienen hoy como en el pasado el mismo desafío: Seguir haciendo buen periodismo. A fin de cuentas esta verdad rinde y a la larga permitirá encontrar fórmulas para su financiación.

Liberar las expresiones; entre ataques políticos y un café con limón; enseñar a pescar las mentiras

Liberar las expresiones

El periodismo en Ecuador, por más de una década, centró su lucha por la libertad de expresión en función de vencer las mordazas que el régimen político había establecido.

Desde hace cuatro años, la situación cambió, sin que signifique que no haya casos graves. El más emblemático es el secuestro y asesinato, aún no esclarecidos ni sancionados, de Efraín, Paúl y Javier, equipo periodístico de El Comercio en la frontera con Colombia, en marzo del 2018, compañeros por quienes seguimos reclamando Verdad y Justicia. 

Hoy, la libertad de expresión debe ampliarse a más aspectos trascendentes. Por ejemplo, el acceso de la población a internet, la formación de pensamiento crítico frente a las noticias falsas, la visibilización de las iniciativas comunitarias, la inclusión, la interculturalidad, la visión de género, la conexión con el mundo.  

El reto principal respecto de la libertad de expresión en Ecuador es liberar las expresiones, en el sentido de ampliar el abanico de protagonistas y procesos sociales en el foro público. 

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Entre ataques políticos y el café con limón 

 

Que los medios se dediquen a chequear la información que circula en internet para indicarle al público cuál es real y cuál es un error o una mentira, es un ejercicio loable, pero limitado, por la gran cantidad de datos que circula. 

Los medios quizá alcancen a hacer ‘fact checking’ sobre temas de gran interés nacional o comunitario, pero ¿qué pasa con temas que salen del radar periodístico? Como aquellos mensajes, por ejemplo, que llegan masivamente a los celulares de los jóvenes a quienes les dicen que beber una taza de café con limón al día por una semana les asegura bajar de peso.  

Plan Internacional advierte que una de cada tres niñas en Ecuador considera que la información falsa en internet está afectando su salud mental dado que les provoca estrés, preocupación y ansiedad. A nivel global, la cifra sube a 87%. 

Las "fake news" no son una cuestión de la lucha por el poder político, solamente. Influyen en las decisiones diarias del ciudadano que por una información falsa puede, entre otras cosas, decidir no vacunarse y morir. 


 

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Enseñar a pescar las mentiras 

 

El periodismo no puede, no alcanza, a desmentir cada información falsa, errónea o mentirosa que circula en la web. Pero su método puede ayudar a que cada ciudadano las combata. 

En un taller, estudiantes de colegios de Quito preguntaron, preocupados, cómo reconocer una información real de una falsa. Ahí se concluyó que un mecanismo para enfrentar el asunto es: dudar, diversificar fuentes para verificar, entender el contexto y tener una visión propia del tema. O sea, actuar como lo haría un buen periodista. 

La ONG Plan Internacional, en su informe 'Entre la Verdad y la Mentira' sugiere a los medios “colaborar con otras organizaciones para compartir conocimiento especializado y difundir buenas prácticas para la verificación de hechos”. 

Compartir el método periodístico con la sociedad puede ayudar a enseñar a “pescar” los errores y las mentiras en Internet. 

Roberto Da Rin 

El Editor Internacional del diario Il Sole 24 Ore de Italia reflexiona sobre la libertad de expresión en su país y sobre el papel de los comunicadores ante la evolución de las redes.

La libertad de expresión en Italia

La idea de la directora ejecutiva del New York Times, Jill Abramson, es provocadora y interesante: “ Es un momento excitante para el periodismo”. Los diarios de todo el mundo están experimentando nuevos instrumentos para dar a la opinión publica lo que mas necesita.

El objetivo es alto. Recuperar la confianza de la gente en una temporada en la que la prensa no tiene una imagen positiva.

En que manera podemos recuperar la confianza? Que relación hay entre la confianza derramada y la libertad de expresión ?

El primer problema que vive la crisis de los diarios esta’ atado al modelo de business “publicitario”, caído por los golpes de los gigantes tecnológicos de la Silicon Valley.

 

Ellos tienen plataformas muy cautivadoras y publicidad miradas. Por otro lado la prensa tradicional esta declinando de una manera dramática. El Digital News Report 2021, publicado por Reuters Institute, detecta un fuerte corte de periodistas en todo el mundo.

El caso de Italia

En Italia, según Audipress, los lectores han caído del 40% en los últimos 7 anos. Al final del siglo XX la publicidad contribuía al 80% de los ingresos y solo el 20% llegaba de las ventas. Solamente el New York Times supo invertir la relación entre publicidad y ventas. Mientras tanto el Edelman Trust Barometer, un Think tank, detecta que en Italia el 75% de las personas piensa que los diarios no están trabajando bien. El sistema está basado su trafico y publicidad y no funciona. Las suscripciones no suben y muchas veces: Google y Facebook logran muy bien el papel de informar (y desinformar) según sus propios objetivos.

En el mismo tiempo las empresas editoriales se meten, se enteran, se involucran en inversiones sobre proyectos editoriales que nunca coinciden realmente con los objetivos de ofrecer espacio de libertad informativa. Al contrario, las empresas editoriales, casi siempre, tienen intereses que no son editoriales. Tienen otras actividades y les interesa cruzarlas con la editora para obtener ventajas de varias tipologías.

Los periodistas, hay que decirlo, tienen una responsabilidad importante, responsabilidad y a veces culpa. Muchas veces trabajan solo con web: los grandes periodistas nos han explicado que hay que “consumir los zapatos”: salir de las redacciones. Los periodistas parece que hayan perdido la capacidad de caminar y de escuchar.

 La tecnología es una grande oportunidad, pero no puede sustituir el periodismo. Martin Heidegger, el filosofo alemán de grandísimo prestigio intelectual, puso el asunto del papel de la Ciencia y de sus peligros, en los años 30 del siglo XX. El uso de Internet, obvio, es necesario, pero su abuso es perjudicial.

Posibles soluciones

En los últimos meses algunos expertos han propuesto unos intentos de solución. En el Salón del libro de Torino, el mes pasado, alguien propuso una plataforma “pay per view” que permita leer y pagar una sola nota, sin deber pagar una subscrición total al diario. La tecnología ya permite micropagos. Los editores tienen la posibilidad de ponerse de acuerdo y, con la Unión Europea, otorgar una financiación para contrastar el dominio de las Big tech norteamericanas.

Por otro lado seria necesaria una ecología de la información. Que significa? Ofrecer noticias precisas, crear comunidades y establecer una relación de confianza. Invertir en el dialogo con el publico de los lectores. Utilizar una plataforma amplia que incorpora documentales, newsletter, data journalism, fact-checking, y un periodismo que explique problemas complexos.

Joseph Stiglitz, Nobel Economía, explicó en el World Press Freedom Day 2021 organizado por Unesco, que la información es un valor común y por eso necesita de ayuda pública.

La tendencia dominante parece la de un periodismo caro, donde solo una parte de la población tiene acceso. Quien no tiene acceso será excluido y será fácil victima, presa, de la desinformación.

La ilusión decía que Internet hubiera ofrecido un acceso a todos al conocimiento; en cambio el riesgo es de llegar a un Nuevo Feudalismo donde solo una elite está bien informada.

La verdad construida y la evolución de las redes sociales

Una de las definiciones mas interesantes que leí en los últimos tiempos, hablando de periodismo, fue la siguiente: “Las informaciones son el petróleo del nuevo siglo”. Las informaciones van a ser transformadas en productos que sean utilizables. (igual que el petróleo que, destilado, se transforma en benzina, gasóleo, polímeros, plásticos, otros varios combustibles).

La “hora cero” de la Verdad construida - aunque en la historia, no solo contemporánea, hay muchas tramas políticas – empieza en el 2016, durante el periodo pre-electoral de Donald Trump.

La gran mayoría de los periodistas europeos, en los últimos anos, se preguntaron:

a) como es posible que, en Estados Unidos, millones de electores tomen como verdad, noticias falsas que los periodistas DOCUMENTABAN como falsas ?

b) como es posible que sitios nacidos en un día puedan producir mentiras eclatantes, enormes, sin sufrir ninguna consecuencia?  ( y, al contrario, ganar consentimiento).

Una primera respuesta la dio un massmediólogo, Neil Postman. Su teoría explica que el insumo de información se ha traslado desde la palabra escrita a la televisión. Y este cambio ha modificado la comunicación y nuestra manera de hacer política.

 La síntesis de Postman es la siguiente: el pasaje desde la Era de la Exposición (palabra escrita) a la Era de lo show. La consecuencia es fatal: la imagen vale mucho mas que la capacidad de opinar y argumentar.

En consecuencia, el periodismo cambió, fue obligado a cambiar.

El ex presidente Trump, a pesar de todo, entendió muy bien el nuevo paradigma. El dijo: “Tengo indicadores televisivos muy alto”. Y agregó, en Twitter: “Hay que tener bien despierto el interés de la gente”. Donald Trump se entrenó muy bien a lo largo de 14 años, en su reality “The Apprentice”. Durante su mandato presidencial, la dosis de show, de performance, fue muy importante.

La prensa escrita, de formación tradicional, probablemente, no ha entendido que el contexto mediático cambió mucho y la comunicación política en estos tiempos es muy diferente a la de antes. Lamentablemente, según mi opinión, Trump dio una contribución importante a construir un nuevo paradigma: confundir, mesclar de una manera radical, la realidad y la ficción. Antes de empezar su mandato, Trump ha definido los periodistas: “mierdas”, “la forma mas baja de humanidad”, “ la forma mas baja de vida”. Un mes después de su inicio de mandato presidencial habló de los periodistas como “El enemigo del pueblo americano”. Y el prime día de su presidencia, Trump dijo a la CIA que entendía declarar guerra a la prensa (lo dijo el Washington Post) y publicó más de 1000 tweets contra la prensa. Su uso tan agresivo con la libertad de expresión le ha permitido de declarar que la prensa tiene “demasiada protección”. La presidencia de Trump cumplió, lamentablemente, con una desconfianza hacia los medio mucho mas amplia.

El web y los lectores

Muchas veces los lectores abandonan diarios y prensa tradicional por desconfianza o porque piensan que sea “un periodismo de establishment”. Las notas de los diarios tradicionales son demasiado largas y aburridas.

Los jóvenes y los menos jóvenes, prefieren pescar en la redes sociales, navegando en el web. Estas razones explican la necesidad de una mayor autoridad, necesitamos de diarios y prensa que puedan constituir una respuesta fuerte a la pos-verdad.

 

Termino con unas líneas de optimismo que deben ser acompañadas por una tarea periodística bien clara. Los periodistas, a veces aplastados por una tendencia de desconfianza, no pueden renunciar a su postura identitaria: seguimos siendo “agentes de control” y no simples comunicadores de un sistema político alérgico a la idea de ser chequeado, evaluado y criticado.

Estamos en un momento muy interesante: hoy existen grandes posibilidades gracias a los medios técnicos, pero estos medios entrañan una serie de peligros. Uno de esos riesgos es confundir el periodismo con la comunicación.

Nada desprestigia mas el oficio que la oleada de noticias falsas: la única manera de luchar contra este fenómeno es el “periodismo independiente”. Que puede ser obtenido solamente con transparencia para saber de donde salen, quienes las financian y como se distribuyen. El periodismo exige cumplir una serie de reglas. Es quizá menos brillante que la comunicación pero es mas importante para el desarrollo de la democracia.  

Florian Nehm 

El Jefe de Asuntos Europeos del grupo alemán Axel Springer reflexiona sobre la defensa del valor del periodismo profesional en el ecosistema digital.

La defensa del valor del periodismo profesional en el ecosistema digital

Para el CONGRESO DE EDITORES EUROPA – AMÉRICA LATINA en Madrid quiero hacer referencia a la declaración "Medios de toda América llamamos a defender el valor del periodismo profesional en el ecosistema digital", suscrita por 18 asociaciones que agrupan a más de 40 mil medios de Canadá, Estados Unidos, México, Honduras, Jamaica, República Dominicana, Colombia, Ecuador, Perú, Brasil, Bolivia, Chile y Argentina publicada el 21 de septiembre 2021 en Miami por la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). 

 

El documento subraya que, si bien los medios periodísticos poseen más audiencia que nunca, los ingresos son absorbidos por intermediarios que concentran más del 80% de la publicidad digital mundial. Los firmantes proponen un derecho con base en la propiedad intelectual y en normas para evitar prácticas abusivas en el mercado de la publicidad digital.

(Fuente: https://www.sipiapa.org/notas/1214684-asociaciones-medios-instan-valorar-al-periodismo-el-ecosistema-digital)

El documento subraya que "el sostenimiento del periodismo está en riesgo". Si bien "los medios periodísticos poseen más audiencia que nunca (...) los ingresos que financiaban el periodismo profesional son absorbidos por intermediarios que concentran más del 80% de la publicidad digital mundial", añade.

Respecto de la posición de mercado de las plataformas digitales, las asociaciones proponen "abordajes coherentes a nivel global para hacer efectivo un derecho que tiene su base tanto en la propiedad intelectual como en las normas de defensa de la competencia". Y agrega que "es fundamental que se eviten prácticas abusivas en el mercado de la publicidad digital".

El pronunciamiento alerta que la crisis económica, agudizada por la pandemia, está creando "desiertos informativos" a raíz del cierre de medios en muchas comunidades, figura que el secretario general de Naciones Unidas, Antonio Gutiérrez, definió como "preocupante extinción de medios".

La declaración valora iniciativas de Google y Facebook para pagar a los medios de algunos países por sus contenidos, aunque considera que "esos programas no constituyen aún la respuesta justa e integral que la industria requiere", y plantea que se necesita "promover un ecosistema digital sano y equilibrado".

Además del pago por contenidos y la concentración publicitaria, las asociaciones ponen especial atención al tema de los algoritmos, cuya opacidad y discrecionalidad afectan la producción y distribución de los contenidos.

Alberto Zanconato 

El Jefe de Internacional de la Agencia de Noticias italiana ANSA reflexiona sobre la libertad de expresión en su país y sobre la verdad construida y el papel de los comunicadores.

La libertad de expresión en Italia

In Italia il diritto alla libertà di espressione è sancito dalla Costituzione della Repubblica, approvata nel 1947. “Tutti – recita l’articolo 21 – hanno diritto di manifestare liberamente il proprio pensiero con la parola, lo scritto e ogni altro mezzo di diffusione. La stampa non può essere soggetta ad autorizzazioni o censure”. Una disposizione improntata al bisogno di impedire interventi repressivi simili a quelli attuati durante il regime fascista, che al momento dell’approvazione della Costituzione era caduto da soli due anni. Al tempo stesso la legge fondamentale della Repubblica mette chiaramente in collegamento la libertà di espressione con la libertà di stampa. Quando sono passati 75 anni, qual è la situazione della libertà di stampa, e quindi di espressione, in Italia?

Secondo l’ultima classifica stilata da Reporters sans Frontières (Rsf), nel 2020 l’Italia era solo al 41esimo posto per la libertà di stampa, su un totale di 180 Stati. Non solo era ultima tra i Paesi europei, ma era anche dietro ad alcuni Stati di altri continenti, come ad esempio la Namibia, il Burkina Faso e il Botswana. La ragione principale, secondo Rsf, sono le intimidazioni, le minacce di morte e le aggressioni compiute contro giornalisti in particolare da organizzazioni criminali e reti mafiose, che costringono attualmente 20 giornalisti a vivere sotto la protezione della polizia. Minacce e violenze sono in aumento specie nella zona di Roma e nel sud dell’Italia, anche durante manifestazioni di piazza, dove alcuni reporter sono stati aggrediti da militanti di gruppi neofascisti o sostenitori di formazioni politiche, fra cui del Movimento 5 Stelle, che è un partito di governo. Durante la pandemia minacce e aggressioni contro i giornalisti sono avvenute durante manifestazioni di militanti negazionisti, un universo molto eterogeneo composto da esponenti della guerriglia urbana, militanti ‘no mask’, neofascisti, anarchici e infiltrati del crimine organizzato.

Ma a mettere in pericolo la libertà di stampa è anche la gravissima crisi economica che da anni ha colpito il settore dell’editoria, sconvolto da una rivoluzione tecnologica di fronte alla quale non ha ancora saputo riorganizzarsi e alla quale ha reagito finora solo con tagli dei posti di lavoro e l’impiego intensivo di giornalisti freelance a cui sono negati diritti contrattuali e una paga dignitosa. “Non è possibile che ci siano giornalisti che guadagnano cinque euro (per un articolo) lavorando in contesti di pericolo e precarietà", ha detto recentemente il presidente della Federazione Nazionale della stampa Beppe Giulietti.

In Italia la libertà di espressione riconosciuta dall’art. 21 della Costituzione è limitata da altri diritti garantiti dalla stessa legge fondamentale dello Stato. In particolare la difesa dell’onore e della reputazione delle persone, che trovano il fondamento costituzionale negli articoli 2 e 3 e che sono tutelati dalle leggi ordinarie, come quella contro la diffamazione. Dal 1993 una legge prevede anche la punizione del cosiddetto ‘hate speech’, cioè dei discorsi che possono incitare alla violenza e alla discriminazione per motivi razziali, etnici o religiosi. In materia di religione, è evidente che esiste un diverso modo di trattare le diverse religioni. Mentre ormai da decenni non vi sono limiti alla satira nei confronti del cristianesimo, altrettanto non si può dire per le altre confessioni, in particolare l’islam. Una differenza di atteggiamento nella quale non è difficile vedere come causa anche il timore di possibili reazioni violente da parte di fanatici estremisti musulmani.

Le difficoltà nel bilanciare il diritto alla libertà di espressione con gli altri diritti della persona garantiti dalla Costituzione sono state messe in evidenza negli ultimi mesi da due eventi: il dibattito su un disegno di legge contro l’omo-transfobia, conosciuto come il disegno di legge Zan, e le contrapposizioni sempre più estremizzate sul tema delle restrizioni per combattere la pandemia da Covid-19.

Il disegno di legge Zan, sostenuto dal Partito Democratico e Movimento 5 Stelle, prevedeva di estendere i reati di discriminazione previsti dalla legge del 1993 anche alla discriminazione in base all’orientamento sessuale e all’indennità di genere. Dopo essere stato approvato dalla Camera dei Deputati, lo scorso 27 ottobre è stato bocciato dal Senato con un voto segreto. A votare contro non sono stati solo i partiti di destra ma anche alcuni appartenenti a partiti di sinistra. La destra, tra le altre cose, temeva che anche le attività o le semplici affermazioni in difesa della famiglia tradizionale potessero essere punite dalla legge come atti di ‘discriminazione’ e che quindi venisse in sostanza introdotto il reato di opinione su questi temi.

Per quel che riguarda la pandemia, i toni del dibattito in Italia si sono fatti sempre più violenti da quando il governo ha introdotto l’obbligo del green pass (con la vaccinazione o il test anti-Covid da effettuare ogni 48 ore) per poter lavorare. Le proteste da parte dei ‘no-vax’che hanno accolto questa decisione con manifestazioni in molte città italiane pongono i politici e i media davanti a un dilemma: per salvaguardare il diritto alla salute è lecito togliere il diritto di espressione a chi è contrario alla vaccinazione, o semplicemente vuole esprimere dei dubbi su questa pratica? 

La verdad construida y el papel de los comunicadores

Il Movimento 5 Stelle (M5S), fondato nel 2009 dall’attore comico Beppe Grillo, si è affermato nell’ultimo decennio come il più importante fenomeno politico in Italia, riuscendo a diventare il primo partito, soprattutto grazie ad una campagna di protesta anti-sistema che prometteva di rigenerare il Paese eliminando ogni forma di corruzione. Al centro dell’azione del movimento doveva essere l’uso di Internet, in particolare dei social network, per garantire la partecipazione diretta del popolo al potere, con l’eliminazione della mediazione politica e dei media tradizionali, visti come dei complici del sistema corrotto di governo. I ‘grillini’, come sono chiamati i membri del movimento di Grillo, avevano promesso che non sarebbero mai apparsi in televisione e non avrebbero mai dato interviste ai giornali. Poco più di dieci anni dopo tutto è cambiato. Gli esponenti del M5S sono tra i politici più presenti, ogni giorno, sui media tradizionali che avevano promesso di distruggere. Loro stessi, quindi, hanno riconosciuto che per la diffusione di una informazione corretta ed efficace i social media non bastano e che il lavoro dei giornalisti ha ancora un senso. Spetta proprio ai giornalisti cercare di capire quale sia questo senso, consapevoli del ruolo che continuano ad avere nell’informazione, di fronte alla diffusione dei nuovi mezzi d’informazione.

Il fattore principale che rende la figura del giornalista ancora necessaria coincide con il suo principale dovere: non quello di diffondere la verità (visto che ognuno ha la sua) ma quello di testimoniare i fatti e di cercare di verificare il più possibile le notizie. Troppo spesso la nostra categoria ha mancato e manca a questo suo dovere. E ciò avveniva già molto prima della diffusione di Internet e dei social media, ai quali non possiamo dare la colpa di questo. Un esempio tra i tanti che mi ha molto colpito è quello della rivolta – secondo alcuni storici guidata da una congiura di palazzo – che nel 1989 fece cadere il regime comunista di Ceausescu in Romania. I primi incidenti scoppiarono nella città di Timisoara, dove le forze di sicurezza spararono sui manifestanti. Sui più autorevoli giornali italiani apparvero titoli a tutta pagina in cui si affermava che nelle strade vi erano “migliaia di morti”. Più tardi si scoprì che le vittime erano alcune decine e che molti dei cadaveri nelle strade erano di persone morte per cause naturali, che qualcuno era andato a prendere negli obitori degli ospedali.

A quel tempo non esisteva ancora Internet, ma era ugualmente in azione un meccanismo che si sarebbe amplificato con l’arrivo dei nuovi mezzi d’informazione: il prevalere dell’emozione sul ragionamento e l’impossibilità di fermare la marea montante delle notizie false. Molti giornalisti, per convinzione o per cinismo, seguivano semplicemente la corrente dominante e si sentivano autorizzati a dare notizie esagerate al limite del ridicolo per paura di essere superati da altri colleghi. Con l’arrivo dei social media i toni delle discussioni sui fatti nazionali e internazionali è diventato sempre più influenzato dalle emozioni, con il risultato che gli slogan hanno preso il posto dei ragionamenti. E questo anche per la mancanza di tempo. I ritmi sempre più frenetici delle nostre vite ci consentono spesso di leggere solo i titoli delle notizie, non i testi. Non c’è modo di approfondire, di vedere le sfumature, tutto diventa bianco o nero, buono o cattivo, in una visione adolescenziale del mondo. Questa tendenza è accentuata ulteriormente dal fatto che le nostre ricerche di informazioni su Internet sono filtrate con l’impiego di algoritmi in modo tale che a ciascuno di noi vengono proposti contenuti sulla base delle sue preferenze. Le informazioni che riceviamo, dunque, sono fatte su misura per le nostre idee e quindi vanno a rafforzare e radicalizzare le nostre convinzioni parziali e i nostri pregiudizi, con il risultato di aggravare l’incomunicabilità e impedire un confronto sereno tra opinioni diverse.

Questa tendenza generale si riflette anche sul nostro modo di lavorare come giornalisti e finisce per influenzare anche il dibattito politico, sempre più improntato alla semplificazione schematica di vicende complesse che richiederebbero un’analisi ben più approfondita. Essendomi occupato per vent’anni di questioni mediorientali, come corrispondente dalla regione, ho avuto modo di vedere come eventi epocali quali la guerra in Iraq, le cosiddette Primavere Arabe, il conflitto civile in Siria, l’avvento dell’Isis, il fenomeno del terrorismo e le ultime vicende in Afghanistan, siano state trattate in modo superficiale, inseguendo giorno per giorno l’argomento di moda, senza alcuno sforzo per cercare di capire le origini e le conseguenze di tali fatti.

Se il diffondersi di notizie vere o false attraverso i social network non è un fenomeno che può essere fermato, il nostro ruolo di giornalisti è quello di usare la professionalità necessaria per sapere utilizzare questi nuovi mezzi di comunicazione come strumenti per leggere la realtà. Quindi valutando e verificando con la dovuta razionalità l’informazione che diffondono, e non inseguendoli sul terreno delle facili emozioni, per avere qualche click in più sui nostri siti. E’ vero che questo è reso più difficile dalla crisi strutturale che il giornalismo sta attraversando a livello mondiale, proprio per l’avvento delle nuove tecnologie. E’ sempre più difficile seguire gli avvenimenti di persona, con la nostra presenza dove le cose accadono, e questo favorisce il diffondersi della disinformazione. Anche il mondo politico deve fare un ragionamento approfondito su questi temi. Un’informazione il più possibile corretta è una linfa vitale per un Paese evoluto e democratico e per la difesa dei suoi valori anche dagli attacchi in cui le fake news vengono usate come armi. E’ dovere dei governi, quindi, sostenere il settore dell’informazione professionale, anche per difendere i loro Paesi da questo pericolo.     

Elides Rojas 

El Vicepresidente de Información del diario El Universal de Venezuela reflexiona sobre la libertad de expresión en su país y la sobre el papel de los comunicadores ante la evolución de las Redes Sociales

Venezuela: Una verdad con muchas caras

El régimen chavista, dueño y señor de los medios de comunicación en Venezuela, tiene en propiedad un conglomerado que puede alcanzar el 60% de entes de emisión informativa que ha fundado, heredado, financiado y gestionado. Además ha venido comprando periódicos, televisoras, emisoras de radio y creando páginas web, lo que lleva su poderío a un 85% por ciento, en términos muy conservadores.

Y hay más. Lo que queda de medios en manos privadas, supuestamente independientes, no lo son por una sencilla razón: el poder del gobierno es tal que no hay ningún sector que pueda actuar con independencia. Hay miedo en los medios, han censura extrema y hay mucha autocensura. Y se justifica. El régimen ha criminalizado a la opinión pública, a la actuación de los periodistas al punto de que salvo por algunas grietas que quedan en las redes sociales la verdad es una sola: la que construye el gobierno, con absoluta independencia de los que los ojos de los ciudadanos vean o  de lo que usted sepa o sienta.

En este momento hay más de 4.000 casos de personas sujetas a procesos penales con base a una llamada Ley Contra el Odio que le permite al régimen abrir juicios que no terminan nunca, apresar a ciudadanos sin importar ocupación u oficio. Los preferidos son los periodistas, pero en esa fila están abogados, ingenieros, médicos, educadores. También más de 300 presos políticos, entre los que se cuentan algunos periodistas.

Lo importante es reprimir la opinión. Por ejemplo, cuando arrancan todas las medidas con motivo del confinamiento obligado por la pandemia, abrieron juicios a periodistas y médicos que denunciaron las carencias del gobierno para vacunar y atender a la población, agravado todo por uno de los perores sistemas de salud del mundo. En ese sentido no escapa nadie. Las denuncias de quienes pueden alcanzar instancias internacionales que han llegado a la ONU, OEA y hasta a la Corte Penal Internacional, no son mayor freno para un régimen que controla todos los poderes públicos internos. Desde el Ejecutivo, en manos del mismo sector chavista, heredero del fallecido Hugo Chávez, se controla sin límites cualquier actuación del Poder Legislativo, del Judicial, del Poder Moral y hasta de los generadores de opinión que emanan de los llamados países aliados, pues hay que estar claros que en Venezuela el régimen no anda solo en el mundo. Todo lo que signifique ir contra Estados Unidos es una misma suela: Rusia, China, Bielorrusia, Turquía, Nicaragua, Argentina, Bolivia y la estrella regional de los Derechos Humanos, Cuba, solo por mencionar algunos de los más importantes sostenedores del régimen.

Entre poder real, dinero, criminalización, apoyo internacional del eje de amigos, uso de la fuerza militar, represión, leyes sancionadas para acorralar y la intimidación natural que genera un gigante indestructible, la verdad es una sola. La verdad es la que construye el régimen a diario, por semanas, por meses. Y la desventaja es de tal magnitud que no es posible desmentirla ni siquiera debilitarla. Por ejemplo, un régimen con individualidades del alto poder sancionadas o con orden de captura internacional, bajo la óptica de la verdad chavista, se trata de la opresión de Estados Unidos y Europa para agredir al sufrido pueblo venezolano. Otro muy claro, la gran crisis económica que atraviesa el país desde hace varios años no es culpa de las políticas intervencionistas y erradas de un gobierno que se cree la reedición de Fidel Castro en el continente. No. Toda la debacle económica se debe a la conspiración de empresarios, el sector privado, el sabotaje del capitalismo internacional y a la guerra económica dirigida desde Estados Unidos, llamado el Imperio, como si hablara La Habana. La hiperinflación es producto de una campaña para destruir al bolívar como unidad monetaria y no una consecuencia de la aplicación de políticas expropiadoras y de agresión a la inversión privada nacional e internacional. Los casi siete millones de venezolanos que se han visto obligados a abandonar el país y refugiarse en cualquier parte del mundo para medio comer o tratar de mejorar su nivel de vida es un efecto directo de las sanciones del imperio y de un plan desestabilizador urdido entre las grandes potencias.

Son, sin duda, grandes verdades construidas.

La verdad construida en Venezuela es la verdad verdadera. La verdad oficial. No hay manera de derrotarla. La verdad es la que diga el régimen desde su poderosa red de medios públicos o de los muchos que ha comprado y convertido en sus altavoces de propaganda y doctrina. Y esto aplica a todo instrumento de comunicación. Medios impresos, que ya quedan muy pocos, televisivos, radiales o redes sociales.

Y el que se oponga realmente, con firmeza,  o contradiga con verdadera fuerza, o va preso o va al exilio.

Es la verdad.

Lo que queda de libertades

El Estado de Derecho es una modalidad de organización del Estado que implica la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, incluido el poder propiamente dicho. Es decir, el gobierno que debe garantizar derechos políticos y libertades civiles, la democracia como sistema de gobierno, imparcialidad de la justicia, y demás elementos que pueden constituir el concepto de Estado.

Esto, naturalmente, incluye la libertad de buscar, recibir y transmitir informaciones o ideas, ya sea por vía oral, por escrito, o a través de las nuevas tecnologías como bien pudieran ser las redes sociales. Este planteamiento, claro está, supone la no existencia de censura previa y más bien apelar a la aplicación de la ley como consecuencia de los abusos que el ejercicio de la libre expresión pudiera generar. Y, como es de suponer, la represión no forma parte de este contexto. Es un elemento típico de regímenes dictatoriales. En sentido estricto hablamos de Derecho a Libre Expresión, Derecho a Libre Pensamiento y Derecho a Libre Opinión.

Pues, en pocas palabras, nada de lo antes dicho, existe en Venezuela. Hay una verdad construida que apunta a un mundo imaginario de felicidad y plena satisfacción de las necesidades del hombre. Pero, la verdad verdadera apunta a oscurantismo y una represión muy medida y muchas veces extrema, tan extrema que recuerda las historias más crudas de Cuba y su verdad construida de ser la isla de la felicidad.

Veamos. En Venezuela, afectada desde hace cinco años por una crisis económica sin precedentes que implica una recesión continuada y sin receso, es el perfecto caldo de cultivo para generar la quiebra y ruina de los sectores productivos, como en efecto ha ocurrido. Eso lleva a una consecuencia inevitable: la ecuación histórica que ha garantizado el pleno funcionamiento de los medios de comunicación ha sido destruida.  En el país no hay un sector privado suficientemente fuerte como para servir de sustento a una potente red de medios privados. Es decir, no hay producción, no hay productos, no hay anunciantes y, claro, termina por no haber medios de comunicación. En Venezuela han quebrado o cerrado 54 medios impresos de historia en los últimos cinco años. Medios históricos como El Impulso, El Carabobeño, El Nacional o Panorama. Si acaso queda la versión web muy pobre, con muy poco personal, sin aspiraciones de hacer periodismo sino más bien de sobrevivir a ver qué pasa a futuro.

Este marco situacional implica necesariamente que no hay manera de transmitir nada en la medida en que los medios disminuidos por la quiebra nacional y el cambio de hábito de los lectores, no están en capacidad de transmitir nada con la fuerza de la credibilidad y la gran penetración. Quedan seis medios en el país con versión impresa. La Voz, impreso en el interior con baja circulación en Caracas. Ultimas Noticias, comprado por el régimen. También está 2001, independiente y El Correo de Caracas, fundado y gestionado por el gobierno. Los otros dos son deportivos, Meridiano y Líder. La impresión y circulación de este pequeño número de medios impresos no supera en su conjunto los 15 mil ejemplares diarios ¿Libertad de Expresión? Cómo y con qué. Además hay que agregar a El Universal, comprado por el régimen en 2020, que mantiene un semanario de 24 páginas y dos mil ejemplares impresos. Eso es todo para cubrir una demanda de un país hambreado y ganando un promedio de 7 dólares por mes que, obviamente, no está en capacidad de comprar diarios y tampoco pagar suscripciones de medios digitales.

Además hay otro elemento no menos importante. Los medios venezolanos se dividen, salvo opinión en contrario, en cuatro tipos según su orientación editorial o línea informativa. Todo está relacionado al financiamiento y forma de operar. Uno. Los medios fundados y gestionados directamente por el régimen. Dos. Los medios que fueron privados por muchos años y que terminaron comprados o directamente por el régimen o por empresarios vinculados a contratistas y negociadores con el gobierno. Las dos especies son oficialistas y propagandistas. Tres. Los medios independientes privados, muy pocos. Cuatro. Los medios digitales, casi todos los que quedan, financiados desde Estados Unidos o Europa vía ONG’s o directamente por gobiernos para tratar de mantener un equilibrio en términos de información. Estas dos últimas clases son de oposición frontal. 

 

A esto hay que agregar la criminalización del ejercicio profesional del periodismo y de los medios. Varias leyes están sancionadas para apretar teclados rebeldes. La favorita es la Ley contra el Odio. Yo mismo, y me perdonan la primera persona, tengo un juicio abierto desde diciembre de 2019 por una nota publicada en El Universal, que yo no escribí pero que asumí como director del diario. A algunos altos funcionarios del régimen no les gustó el contenido. La nota salió el día jueves 19 de diciembre y el día sábado 21 de diciembre ya yo estaba preso en la Dirección de Contrainteligencia Militar acusado de Instigación al Odio con pena de 15 a 20 años con un juicio que no avanza ni para bien ni para mal. Esto viene acompañado con una medida cautelar de prohibición de salida del país que me impidió tener el honor de acompañarlos en este importante Congreso de editores y medios.

Es el ámbito que nos tocó vivir. Suponemos que vendrán tiempos mejores para periodistas y medios.

Fernando Quijano

El director del diario La República de Colombia reflexiona sobre la libertad de expresión siempre bajo acecho.

Una libertad siempre bajo acecho

No es fácil ejercer la libre expresión en un país capturado por la violencia y en el que las amenazas, la intimidación y la vulnerabilidad de los periodistas hace parte del diario acontecer.

 

Si bien las cosas pareciesen haber mejorado con el paso de los años y los ataques letales contra los comunicadores hayan disminuido, según los reportes anuales de la Sociedad Interamericana de Prensa, Colombia es un país de periodistas siempre por debajo del promedio de la libertad de expresión y bajo el acecho de guerrilleros, narcotraficantes y políticos corruptos.

 

En la última versión de la clasificación mundial de libertad de prensa, ocupó el puesto 134, retrocediendo cuatro lugares, pues durante el año pasado estaba de 130, un lugar nada bueno entre casi dos centenares de países, pero la tendencia era de avance, no de retroceso. La cruda realidad de los indicadores habla por sí solos y pocas veces en la historia reciente muestran mejoría.

 

Según la organización, Reporteros Sin Fronteras, “en Colombia siguen siendo frecuentes las agresiones, las amenazas de muerte y los asesinatos de periodistas, por lo que aún es uno de los países más peligrosos del continente para la prensa. Los reporteros que trabajan en temas como el orden público, los conflictos armados, la corrupción, la colusión de políticos con grupos armados y los problemas medioambientales suelen padecer presiones, intimidaciones, actos de violencia. Los periodistas colombianos se enfrentan a la amenaza permanente de las “bacrims”, bandas criminales conformadas por paramilitares, que derivan su accionar del narcotráfico”.

 

El mayor problema son las asimetrías de seguridad entre los periodistas urbanos y quienes ejercen el mismo rol en la Colombia profunda, en un país que cuenta con 37 ciudades de más de 100.000 habitantes y la anarquía en los medios de comunicación es una constante. Hacer periodismo en las regiones apartadas de las grandes cuatro o cinco grandes capitales es una profesión de altísimo riesgo; los comunicadores están al descubierto, son vulnerables y no tienen la misma protección que sus colegas urbanos pueden tener.

 

De acuerdo con cifras de la Unidad Nacional de Protección, una oficina pública que brinda seguridad a las personas en riesgo, hay 84 periodistas con esquemas de protección que van desde un simple teléfono de emergencia hasta camionetas blindadas y guardaespaldas. Pero no se aportan soluciones estructurales de un mínimo respeto por la tarea socia de informar; la inseguridad de los periodistas se aborda desde la protección del individuo, como si el Estado claudicara en la lucha contra los violentos.

 

Pero quizá el mayor problema es que cualquier enfoque informativo puede ser susceptible de generar consecuencias fatales. No solo se trata de denunciar un político corrupto, los negocios de un narcotraficante o el reclutamiento de menores de un grupo guerrillero, ahora los asuntos ambientales se han convertido en epicientro de ataques y amenazas. No se trata solo de los temas que se abordan en los medios y de cómo se plantean a las audiencias, es el desafío permanente a la actividad informativa, cualquiera sea la temática. Es una cultura temeraria enquistada en la que reinan las amenazas y en la que las autoridades pocas herramientas tienen para garantizar la libertad de prensa.

 

El problema de unas instituciones débiles es transversal a todas las debilidades nacionales a los que la prensa no se escapa; un cuerpo de Policía que opera bajo el temor de no infringir otras libertades o los derechos mínimos de quienes amenazan la prensa; unos jueces para quienes el tiempo no es importante; unos poderes legislativos, ejecutivos y judiciales siempre en entredicho, crean una sociedad en donde la amenaza y el temor a la información veraz, es un problema menor y siempre habrá asuntos más importantes.

 

Y es allí en donde la autocensura se convierte en el pan de cada día y se opta por no tocar o abordar temas sensibles porque no hay garantías para informar, explicar, analizar, contrastar. La mejor salida siempre será “hacerse el de la vista gorda”, dejar de hacer, dejar pasar para no meterse en problemas. La debilidad institucional, la lentitud de la justicia hace que el grueso de los medios se inclinen por la seductora agregación de contenidos, la información internacional, la farándula, el deporte, entre otros temas más suaves, que se alejen de los problemas de violencia. Pero el grueso del contenido pesado, de denuncia, de investigación que generaría cambios en el país se mantendrá oculto para no caer en problemas.

 

No es un asunto que se pueda resolver en unos meses o años, la dimensión de la libertad de prensa, tal y como funciona en algunos países, en Colombia no se conoce, ni se disfruta y quizá pasarán algunas generaciones antes de que se logre una sociedad que goce de una verdadera información que construya, aporte y trabaje en absoluta libertad.

Una libertad siempre bajo acecho

Las salas de redacción asaltadas

La gran olvidada en la ecuación de la cuarta revolución industrial es la información, y con mayor precisión, los datos de los consumidores o usuarios. El sueño del internet de las cosas solo se realiza si se sabe con exactitud quién es quién, sus hábitos de consumo, desplazamientos, redes sociales y todos esos detalles precisos que mapean los hábitos cotidianos de los individuos. Pero cómo se informa la gente y forma su opinión sobre la realidad que lo rodea es el objeto más deseado de la inteligencia artificial, una suerte de santo grial perseguido por medios de comunicación, centrales de medios y agencias de publicidad, solo algunos de los jugadores en una mesa de roles aún en formación y ebullición.

 

Lo primero que sucedió fue declarar una guerra total contra los medios tradicionales a través de guerrillas atrincheradas en las redes sociales; luego, propagar que la realidad vendida o expuesta por los periódicos, la radio y la televisión, era una versión individual de los empresarios de medios de comunicación que habían construido emporios durante el último siglo. Un proceso de descrédito y de pánico económico que aún se está desarrollando en muchos mercados ante la mirada pasiva, a veces cómplice, de los gobiernos incómodos con la libertad de prensa. En ese juego, han avanzado con gran éxito las agencias de relaciones públicas, los gabinetes de prensa, los asesores en el manejo de crisis, muchos emprendimientos surgidos de las entrañas de las salas de redacción, que trabajan para el mejor postor y quienes saben las intimidades internas de la generación de contenidos.

 

Hay una guerra silenciosa, pero elocuente por vender una faceta construida de la realidad de acuerdo con los intereses de las empresas que venden un producto o un servicio, de los políticos, los gobernantes o todos los interesados, no solo en los productos de consumo, sino en seguidores, discípulos, ovejas, militantes. La formación de la opinión pública es el frente de batalla, las redes sociales y los medios, las trincheras, y las balas son las noticias, los tuits, los likes, las encuestas, los informes científicos, toda construcción de contenidos con ribetes informativos que sesgan la realidad al antojo de muchos intereses que no están al descubierto. Es tiempo de blogueros, youtubers, tictokers, podcasters y otros cuantos actores antes inexistentes quienes libran en cada jornada una batalla con ejércitos de replicadores de sus mensajes tendenciosos.

 

Las salas de redacción ya no son las grandes fortalezas éticas, prestigiosas, creíbles y baluartes de la democracia que contrarrestaban los ataques de políticos corruptos y delincuentes, o simplemente, enemigos de la libertad de prensa; hoy son vestigios de otra época, pues la batalla por la información se está dando en el campo de las redes sociales, todas afincadas en poderosos países del primer mundo que las han creado y facilitado su expansión global. Solo los medios de comunicación más fuertes, los que supieron transformarse, converger, hacerse multimedia, están dando la batalla, ahora como curadores de la información, papel o rol en las distintas sociedades que le ha ido dando la pugnacidad y virulencia de los mensajes exitosos en las novísimas plataformas. Mientras las crisis económicas de cada empresa hacen metástasis, las obliga a aceptar información comercial, publi-reportajes, contenido patrocinado, noticias institucionales, para poder sobrevivir, contribuyendo a la desinformación misma, esa que confunde lo comercial, con lo periodístico o las opiniones.

 

La soga que está apretando el cuello de los medios de comunicación son los altos costos a los que están sometidas las viejas empresas, no solo el alto valor del papel periódico y la distribución de sus ediciones, por ejemplo, solo en lo que tiene que ver con los impresos, sino por la caída en el coste por mil de sus anuncios. La avalancha de competidores más masivos montados en la gratuidad de las redes sociales o en plataformas digitales de bajo valor, no solo ha atomizado las alternativas publicitarias, sino que son más baratas. Simplemente, un aviso, anuncio o cuña radial, ha caído hasta tres cuartas partes de su precio, mientras que las grandes multinacionales, las corporaciones tecnológicas se dan el lujo de cobrar barato, pero en un mercado global.

 

No es una guerra fácil, la explosión de competidores por el negocio de los consumidores de información, se está librando en desigualdad de condiciones. Los medios locales son incapaces de competir en las mismas condiciones que lo han hecho siempre, sus audiencias están sometidas a nuevas realidades informativas preelaboradas basadas en sus deseos, hobies, inclinaciones, intereses y todas esas decisiones subyacentes a las antes no se tenía acceso ni se podía acudir, pues la tecnología no existía. Es un cambio de paradigmas; es una época de cambio, en la que hay que adaptarse al campo de batalla por las audiencias, al tiempo que hay que ser conscientes de que muchas empresas colegas no llegarán más allá de 2030.

No es fácil ejercer la libre expresión en un país capturado por la violencia y en el que las amenazas, la intimidación y la vulnerabilidad de los periodistas hace parte del diario acontecer.

 

Si bien las cosas pareciesen haber mejorado con el paso de los años y los ataques letales contra los comunicadores hayan disminuido, según los reportes anuales de la Sociedad Interamericana de Prensa, Colombia es un país de periodistas siempre por debajo del promedio de la libertad de expresión y bajo el acecho de guerrilleros, narcotraficantes y políticos corruptos.

 

En la última versión de la clasificación mundial de libertad de prensa, ocupó el puesto 134, retrocediendo cuatro lugares, pues durante el año pasado estaba de 130, un lugar nada bueno entre casi dos centenares de países, pero la tendencia era de avance, no de retroceso. La cruda realidad de los indicadores habla por sí solos y pocas veces en la historia reciente muestran mejoría.

 

Según la organización, Reporteros Sin Fronteras, “en Colombia siguen siendo frecuentes las agresiones, las amenazas de muerte y los asesinatos de periodistas, por lo que aún es uno de los países más peligrosos del continente para la prensa. Los reporteros que trabajan en temas como el orden público, los conflictos armados, la corrupción, la colusión de políticos con grupos armados y los problemas medioambientales suelen padecer presiones, intimidaciones, actos de violencia. Los periodistas colombianos se enfrentan a la amenaza permanente de las “bacrims”, bandas criminales conformadas por paramilitares, que derivan su accionar del narcotráfico”.

 

El mayor problema son las asimetrías de seguridad entre los periodistas urbanos y quienes ejercen el mismo rol en la Colombia profunda, en un país que cuenta con 37 ciudades de más de 100.000 habitantes y la anarquía en los medios de comunicación es una constante. Hacer periodismo en las regiones apartadas de las grandes cuatro o cinco grandes capitales es una profesión de altísimo riesgo; los comunicadores están al descubierto, son vulnerables y no tienen la misma protección que sus colegas urbanos pueden tener.

 

De acuerdo con cifras de la Unidad Nacional de Protección, una oficina pública que brinda seguridad a las personas en riesgo, hay 84 periodistas con esquemas de protección que van desde un simple teléfono de emergencia hasta camionetas blindadas y guardaespaldas. Pero no se aportan soluciones estructurales de un mínimo respeto por la tarea socia de informar; la inseguridad de los periodistas se aborda desde la protección del individuo, como si el Estado claudicara en la lucha contra los violentos.

 

Pero quizá el mayor problema es que cualquier enfoque informativo puede ser susceptible de generar consecuencias fatales. No solo se trata de denunciar un político corrupto, los negocios de un narcotraficante o el reclutamiento de menores de un grupo guerrillero, ahora los asuntos ambientales se han convertido en epicientro de ataques y amenazas. No se trata solo de los temas que se abordan en los medios y de cómo se plantean a las audiencias, es el desafío permanente a la actvidad informativa, cualquiera sea la temática. Es una cultura temeraria enquistada en la que reinan las amenazas y en la que las autoridades pocas herramientas tienen para garantizar la libertad de prensa.

 

El problema de unas instituciones débiles es transversal a todas las debilidades nacionales a los que la prensa no se escapa; un cuerpo de Policía que opera bajo el temor de no infringir otras libertades o los derechos mínimos de quienes amenazan la prensa; unos jueces para quienes el tiempo no es importante; unos poderes legislativos, ejecutivos y judiciales siempre en entredicho, crean una sociedad en donde la amenaza y el temor a la información veraz, es un problema menor y siempre habrá ausuntos más importantes.

 

Y es allí en donde la autocensura se convierte en el pan de cada día y se opta por no tocar o abordar temas sensibles porque no hay garantías para informar, explicar, analizar, contrastar. La mejor salida siempre será “hacerse el de la vista gorda”, dejar de hacer, dejar pasar para no meterse en problemas. La debilidad institucional, la lentitud de la justicia hace que el grueso de los medios se inclinen por la seductora agregación de contenidos, la información internacional, la farándula, el deporte, entre otros temas más suaves, que se alejen de los problemas de violencia. Pero el grueso del contenido pesado, de denuncia, de investigación que generaría cambios en el país se mantendrá osculto para no caer en problemas.

 

No es un asunto que se pueda resolver en unos meses o años, la dimensión de la libertad de prensa, tal y como funciona en algunos países, en Colombia no se conoce, ni se disfruta y quizá pasarán algunas generaciones antes de que se logre una sociedad que goce de una verdadera información que construya, aporte y trabaje en absoluta libertad.

Fernando Rodrigues Pereira

El director de Prestomedia Grupo en Portugal reflexiona sobre la libertad de expresión y sobre la verdad construida.

A liberdade de expressão e informação é um dos direitos, liberdades e garantias consagrados na Constituição da República Portuguesa

PARTE I - Direitos e deveres fundamentais

Artigo 37.º - (Liberdade de expressão e informação)

 

  1. Todos têm o direito de exprimir e divulgar livremente o seu pensamento pela palavra, pela imagem ou por qualquer outro meio, bem como o direito de se informar, sem impedimentos nem discriminações.

       2. O exercício destes direitos não pode ser impedido ou limitado por qualquer tipo ou forma de censura.

       3. As infracções cometidas no exercício destes direitos ficarão submetidas ao regime de punição da lei geral, sendo a sua apreciação da competência dos tribunais judiciais.

       4. A todas as pessoas, singulares ou colectivas, é assegurado, em condições de igualdade e eficácia, o direito de resposta.

 

Esta liberdade integra o direito de exprimir e divulgar livremente o pensamento pela palavra, pela imagem ou por qualquer outro meio, bem como o direito de informar, de se informar e de ser informado, sem qualquer discriminação, impedimento ou limitação — nomeadamente por qualquer tipo de censura. Este Direito está vertido logo na sua primeira parte, classificado como um direito fundamental, desde 1976, ano em que foi aprovada a Constituição Portuguesa após um período de quase cinco décadas em que a censura esteve presente de forma diária na vida de todos os cidadãos. Censura que foi um dos pilares da ditadura, sobretudo porque sustentou um poder em que a autocensura foi até mais agressiva que a própria censura.

A Constituição tem ainda um conjunto de disposições que completam a regulamentação desta liberdade fundamental, mediante regras específicas quanto à liberdade de imprensa e meios de comunicação social  - incluindo o estabelecimento de uma entidade independente que assegure essas liberdades - e da previsão de alguns direitos particulares de expressão e informação: os direitos de antena, de resposta e de réplica política.

Não obstante a enorme relevância que assumem em qualquer Estado, fundamentais como são para o desenvolvimento saudável da vida pública nas suas várias esferas, estes direitos e liberdades têm os seus limites naturais, os quais decorrem de outros direitos igualmente protegidos pela Constituição. Assim, a liberdade de expressão cessa quando se traduzir numa ofensa injustificada à integridade moral, ao bom nome ou à honra de outra pessoa. A Constituição garante a todas as pessoas um direito de resposta e de retificação, bem como o direito a uma reparação por danos eventualmente sofridos.

Obviamente, hoje, a liberdade de expressão e informação em Portugal recebe também proteção na generalidade dos instrumentos jurídicos internacionais e europeus. Nomeadamente em termos europeus, Portugal está alinhado com a generalidade dos países que integram este espaço comum de amplo respeito pela liberdade de expressão. Falo da generalidade dos países pois este respeito, nos últimos tempos, na Europa, tem sofrido alguns ataques que merecem reflexão.

Mas hoje a reflexão, discussão e as eventuais medidas vão bastante para além dos Estados e até de entidades supra-nacionais que possam assegurar alguns mecanismos de garantia. Os Estados não perdem as suas responsabilidades e armas mas, mais do que nunca, devem mobilizar os seus cidadãos para um combate que afronta toda a humanidade. E neste campo, a Europa ( e gostaria de pensar que, pelo menos no campo das preocupações somos acompanhados, numa primeira linha, por todos os que acompanham os grandes valores ocidentais) vê-se confrontada com diversas questões.

É evidente que a atual Europa, apesar do seu sistema de garantias democráticas e o seu pluralismo político, dificilmente poderá suster o desafio dos novos sistemas de informação e até de vigilância como pudemos comprovar com a espionagem massiva a políticos e jornalistas europeus revelada recentemente pelo Consórcio Internacional de Jornalistas de Investigação. A Europa não conseguirá participar nem aspirar a competir nesse jogo de influências, manipulações e realidades virtuais. Então, que papel podemos desempenhar como europeus nesta nova fase histórica? Possivelmente, teremos de assumir todos - e sublinho todos - que a nossa liberdade tem um custo. E o custo é a menorização do individuo, condicionando-o, limitando a sua capacidade de livre escolha. Com eventuais apoios, mas temos que consciencializar todos que esse combate é na sua génese individual, mas aspiracionalmente agregador de vontades.

Talvez a Europa tenha de assumir de forma mais arreigada o preço de combater por uma verdadeira liberdade expressão para preservar os valores, de profundas raízes humanistas, sobre os quais assenta a essência do estado do bem-estar e que poderão influenciar todo o globo, balanceando influências. Uma sociedade que defenda a justiça social, a solidariedade, que promova a melhoria das formas de convivência entre as pessoas e o seu ambiente para aspirar a superar a pobreza material, espiritual a insegurança e a ausência de… liberdade. Certamente, o melhor estilo de vida conhecido pela humanidade até ao momento merece esse investimento.

 

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La libertad de expresión e información es uno de los derechos, libertades y garantías consagrados en la Constitución de la República Portuguesa:

 

PARTE I - Derechos y deberes fundamentales

Artículo 37 - (Libertad de expresión e información) 1.

 

Toda persona tiene derecho a expresar y difundir libremente su pensamiento a través de la palabra, la imagen o cualquier otro medio de comunicación, así como a informarse sin trabas ni discriminaciones.

       2. El ejercicio de estos derechos no puede ser impedido o limitado por ningún tipo o forma de censura.

       3. Las infracciones cometidas en el ejercicio de estos derechos estarán sujetas al régimen sancionador de la ley general, y su apreciación corresponderá a los tribunales judiciales.

       4. Todas las personas, físicas o jurídicas, tendrán garantizado, de forma igual y efectiva, el derecho de réplica.

 

Esta libertad incluye el derecho a expresar y difundir libremente el pensamiento mediante la palabra, la imagen o cualquier otro medio, así como el derecho a informar, a ser informado y a informarse sin ningún tipo de discriminación, obstáculo o limitación, es decir, mediante censura de cualquier tipo. Este derecho está recogido en su primera parte, clasificado como derecho fundamental y está recogido en la letra de la ley fundamental desde 1976, año en el que se aprobó la Constitución portuguesa tras un periodo de casi cinco décadas en el que la censura estaba presente de forma cotidiana en la vida de todos los ciudadanos. La censura fue uno de los pilares de la dictadura, sobre todo porque sostenía un poder en el que la autocensura era aún más agresiva que la propia censura.

La Constitución también cuenta con un conjunto de disposiciones que completan la regulación de esta libertad fundamental, a través de normas específicas sobre la libertad de prensa y de los medios de comunicación (incluida la creación de una entidad independiente que garantice estas libertades) y la previsión de algunos derechos particulares de expresión e información: los derechos de emisión, respuesta y réplica política.

Sin perjuicio de la enorme relevancia que asumen en todo Estado de Derecho, fundamentales como son para el sano desarrollo de la vida pública en sus diversos ámbitos, estos derechos y libertades tienen sus límites naturales, que derivan de otros derechos también protegidos por la Constitución. Así, la libertad de expresión cesa cuando da lugar a una ofensa injustificada contra la integridad moral, el buen nombre o el honor de otra persona. La Constitución garantiza a toda persona el derecho de réplica y rectificación, así como el derecho a una indemnización por los daños sufridos.

Obviamente, hoy en día, la libertad de expresión e información en Portugal también recibe protección en la mayoría de los instrumentos jurídicos internacionales y europeos de derechos humanos. En particular, en términos de la UE, Portugal se alinea con la mayoría de los países que integran este espacio común de amplio respeto a la libertad de expresión. Hablo de la mayoría de los países porque este amplio respeto, en términos de Estados en Europa, ha sufrido recientemente algunos ataques que merecen una reflexión.

Pero hoy la reflexión, el debate y las posibles medidas, quizás más que nunca, van más allá de los Estados e incluso de las entidades supranacionales que pueden asegurar algunos mecanismos de garantía. Los Estados no pierden sus responsabilidades ni sus armas pero, más que nunca, deben movilizar a sus ciudadanos en una lucha que es una afrenta para toda la humanidad. Y en este campo Europa (y quiero pensar que, al menos en el campo de las preocupaciones, nos acompañan, en primera instancia, todos aquellos que apoyan los grandes valores occidentales) se enfrenta a varias cuestiones.

 

Está claro que la Europa actual, a pesar de su sistema de garantías democráticas y su pluralismo político, tendrá dificultades para resistir el desafío que suponen los nuevos sistemas de información e incluso de vigilancia, como hemos visto en el espionaje masivo a políticos y periodistas europeos revelado recientemente por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación. Europa no podrá participar ni aspirar a competir en este juego de influencia, manipulación y realidades virtuales. ¿Qué papel podemos desempeñar como europeos en esta nueva etapa histórica? Posiblemente todos -y subrayo todos- tendremos que aceptar que nuestra libertad tiene un coste. Y el coste es la disminución del individuo, condicionándolo, limitando su capacidad de libre elección. Con el apoyo eventual, pero todos debemos ser conscientes de que esta lucha es, en su génesis, individual, pero agregando voluntades de forma aspiracional.

 

Tal vez Europa tenga que asumir más profundamente el precio de luchar por una verdadera libertad de expresión para preservar los valores, de profunda raíz humanista, en los que se basa la esencia del Estado de bienestar y que pueden influir en todo el planeta, equilibrando las influencias. Una sociedad que defiende la justicia social, solidaridad, que promueve la mejora de las formas de convivencia entre las personas y su entorno para aspirar a superar la pobreza material, la pobreza espiritual, la inseguridad y la ausencia de... libertad. Sin duda, el mejor estilo de vida conocido por la humanidad hasta la fecha merece una inversión así.

La verdad construida: el papel de los comunicadores ante la evolución de las redes

O jornalismo é de certa forma uma engenharia…sensorial.

No espectro da “verdade construída” encontramos na wikipedia -tantas vezes uma arma ao serviço de construtores de “verdades”,  e nela, de forma rápida e simples, como a maioria das armas letais, - encontramos a definição de Engenharia. A certa altura diz:

 

Nos processos de criação, aperfeiçoamento e complementação, a engenharia conjuga os vários conhecimentos especializados no sentido de viabilizar as utilidades, tendo em conta a sociedade, a técnica, a economia e o meio ambiente.

 

E a palavra engenharia poderia ser substituída por jornalismo. Engenharia que vem da palavra latina “ingenium”, que significa "génio" ou seja uma qualidade natural, especialmente mental, portanto que permite uma construção inteligente – porque comprometida com uma ética da verdade - sobre a realidade, sobre o facto, sobre o que intercepta as nossas vidas e as pode impactar, enriquecer, modificar, transtornar… Para tal tem que ser sensorial e não prescindir dessa sensorialidade porque é essa relação que a liga a notícia ao leitor. E não a uma causa ou interesse.  

 

Mas no tal excerto da definição, outras palavras – outras denominações de disciplinas da comunicação - poderiam de forma igualmente legítima substituir a palavra engenharia. A verdade não é monopólio de ninguém; as causas e os interesses também podem estar comprometidos com uma ética da verdade; o jornalismo sabe-o melhor que ninguém; e sabe respeitar a necessidade de dar noticia sobre as causas e interesses que existem e sobretudo como eles nos entregam a sua mensagem.

 

E a discussão centra-se neste ponto. As verdades ilegitimamente construídas são tão antigas como o Homem. E a tecnologia, em que ilusoriamente depositámos demasiadas esperanças, veio agravar este problema: somou-lhe meios, somou-lhe audiências, somou-lhe velocidade.

 

A mobilização no combate às “verdades construídas” nos regimes democráticos tem sido empenhado e mobilizador e tem-no sido na razão inversa do investimento de outros na produção de sistemas (cada vez mais integrados) de fabrico de verdades. É uma guerra surda, sem tréguas, onde todos os profissionais de comunicação terão que estar implicados.

 

Mais do que nunca, o fator humano é essencial, aquele que não pode esquecer o que há de permanente na comunicação de qualidade, aquele que independentemente das tecnologias – dos algoritmos, das ferramentas de IA, dos big data – é fundamental. A verdade não pode, nem poderá ser colocada em causa pelas frenéticas redes sociais e toda essa panóplia de jornais digitais que navegam num imediatismo que bane a reflexão e o espírito crítico.

 

O tempo é uma arma fundamental na análise esclarecida, por isso, a manipulação nas redes sociais cresce à escala global através de uma torrente de notícias falsas que dominam as capas dos jornais digitais, não dando espaço ao tempo. A comunicação espetáculo e a propaganda sempre existiram, uma prática nociva que faz parte da História e que desde o surgimento das diferentes plataformas digitais se multiplicou, globalizando-se, criando um tempo único. A propagação das fake news tem sido sistematizada por parte dos representantes dos mais ilegítimos poderes, quer estatais como privados, tornando-se neste momento “a” pandemia: a desinformação. Por isso o tempo, o tempo que permite o confronto de ideias, o confronto de verdades que espicaça o espirito critico que tem que ser ensinado de forma lúcida nos bancos da escola. Mais do que fake news a crescerem como cogumelos, os algoritmos que nos cercam com verdades únicas e absolutas corrompem as nossas sociedades e não protegem a intimidade pessoal, a vida privada onde se geram individualidades. Nesse sentido, enquanto profissionais de comunicação devemos renovar continuamente o nosso compromisso com o melhor do jornalismo, da comunicação corporativa, da comunicação comercial, das RP: a Excelência, a Tenacidade, a Seriedade e a Honestidade assente em sólidos códigos éticos e deontológicos, ancorados em sistemas de regulação independentes, que não se deixem também eles corromper por dependências mais ou menos escondidas: dependências financeiras, interesses corporativistas ou outros.

 

O combate pela defesa da verdade construída sobre princípios éticos é hoje, por força de uma globalização de matriz tecnológica, um combate também ele global. A importância de fóruns como o V CONGRESO INTERNACIONAL DE EDITORES DE MEDIOS EUROPA - AMÉRICA LATINA é portanto da máxima importância pois permite colocar em perspetiva de forma reforçada, num amplo espaço geográfico, as questões a que teremos que colocar diariamente. Só respostas também elas diárias permitirão entregar às nossas audiências, que vão do microtargetting aos biliões de consumidores que diariamente invadem as plataformas, verdades construídas sobre perspetivas éticas que permitem informar e fazer refletir sobre a realidade vivida e a que cada um de nós, dentro do seu contexto social, pretende contribuir para construir.

 

Deixo apenas um ou dois exemplos perturbadores: será importante refletir, de forma verdadeiramente informada, se a censura das ditaduras é mais perigosa que a censura do twitter… ou se um algoritmo que me dificulta o acesso a notícias do “outro” é menos perigosa que a censura das ditaduras ou do twitter?

 

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El periodismo es en cierto modo una ingeniería...sensorial.

En el espectro de la "verdad construida" encontramos en la wikipedia -tantas veces un arma al servicio de los constructores de "verdades", y en ella, rápida y sencillamente, como la mayoría de las armas letales, -encontramos la definición de Ingeniería. En un momento dado dice:

 

En los procesos de creación, mejora y complementación, la ingeniería combina los distintos conocimientos especializados para hacer posibles las utilidades, teniendo en cuenta la sociedad, la técnica, la economía y el medio ambiente.

 

Y la palabra ingeniería podría ser sustituida por periodismo. Ingeniería viene de la palabra latina "ingenium", que significa "genio" o una cualidad natural, sobre todo mental, que permite una construcción inteligente -porque comprometida con una ética de la verdad- sobre la realidad, sobre el hecho, sobre lo que intercepta nuestras vidas y puede impactar, enriquecer, modificar, trastornarlas... Para ello tiene que ser sensorial y no prescindir de esa sensorialidad porque es esa relación la que vincula la noticia con el lector. Y no a una causa o interés.  

 

Pero en ese extracto de la definición, otras palabras -otros nombres de disciplinas de la comunicación- podrían sustituir igualmente de forma legítima a la palabra ingeniería. La verdad no es monopolio de nadie; las causas y los intereses también pueden estar comprometidos con una ética de la verdad; el periodismo lo sabe mejor que nadie; y sabe respetar la necesidad de informar sobre las causas y los intereses que existen y, sobre todo, cómo nos hacen llegar su mensaje.

 

Y la discusión se centra en este punto. Las verdades construidas ilegítimamente son tan antiguas como la humanidad. Y la tecnología, en la que hemos depositado ilusamente demasiadas esperanzas, ha agravado este problema: ha añadido medios, ha añadido audiencias, ha añadido velocidad.

 

La movilización en la lucha contra las "verdades construidas" en los regímenes democráticos ha sido comprometida y movilizadora y ha sido inversamente proporcional a la inversión de otros en la producción de sistemas (cada vez más integrados) de elaboración de la verdad. Es una guerra sorda e implacable en la que todos los profesionales de la comunicación deberán participar.

 

Más que nunca, el factor humano es esencial, el que no puede olvidar lo que es permanente en la comunicación de calidad, el que independientemente de las tecnologías - algoritmos, herramientas de IA, big data - es fundamental. La verdad no puede ni podrá ser puesta en peligro por las frenéticas redes sociales y toda la panoplia de periódicos digitales que navegan en una inmediatez que destierra la reflexión y el espíritu crítico.

 

El tiempo es un arma fundamental en el análisis ilustrado, por lo que la manipulación en las redes sociales crece a escala global a través de un torrente de noticias falsas que dominan las portadas de los periódicos digitales, sin dar espacio al tiempo. La comunicación espectáculo y la propaganda han existido siempre, una práctica nociva que forma parte de la historia y que desde la aparición de las diferentes plataformas digitales se ha multiplicado, globalizándose, creando un tiempo único. La difusión de las fake news ha sido sistematizada por los representantes de los poderes más ilegítimos, tanto estatales como privados, convirtiéndose en este momento en "la" pandemia: la desinformación. Por eso se necesita tiempo, un tiempo que permita la confrontación de ideas, la confrontación de verdades que fomente un espíritu crítico que debe ser enseñado con lucidez en la escuela. Más que las fake news que crecen como setas, los algoritmos que nos rodean de verdades únicas y absolutas corrompen nuestras sociedades y no protegen la intimidad personal, la vida privada donde se genera la individualidad. En este sentido, como profesionales de la comunicación debemos renovar continuamente nuestro compromiso con lo mejor del periodismo, de la comunicación corporativa, de la comunicación comercial, de las RRPP: la Excelencia, la Tenacidad, la Seriedad y la Honestidad basadas en sólidos códigos éticos y deontológicos, anclados en sistemas normativos independientes, que además no estén corrompidos por dependencias más o menos ocultas: dependencias financieras, intereses corporativos ó otros.

 

La lucha por la defensa de la verdad construida sobre principios éticos es hoy, debido a una globalización de matriz tecnológica, también una lucha global. La importancia de foros como el V CONGRESO INTERNACIONAL DE EDITORES DE MEDIOS DE COMUNICACIÓN EUROPA - AMÉRICA LATINA es, por tanto, de suma importancia ya que nos permite poner en perspectiva de forma reforzada, en un amplio ámbito geográfico, las cuestiones que nos planteamos a diario. Sólo las respuestas cotidianas nos permitirán entregar a nuestras audiencias, que van desde el microtargeting hasta los miles de millones de consumidores que diariamente invaden nuestras plataformas, verdades construidas desde perspectivas éticas que nos permitan informar y reflexionar sobre la realidad que vivimos y que cada uno de nosotros, dentro de nuestro contexto social, pretende contribuir a construir.

Dejo sólo un o dos ejemplos inquietantes: ¿es importante reflexionar, de manera verdaderamente informada, si la censura de las dictaduras es más peligrosa que la censura de twitter... o si un algoritmo que me dificulta el acceso a las noticias del "otro" es menos peligroso que la censura de las dictaduras o de twitter?

Armonizar la libertad de expresión y la protección del sentimiento religioso

El artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos establece el derecho a "la libertad de opinión y de expresión, (...) y a difundirla por cualquier medio y sin consideración de fronteras".

 

La Declaración Universal de los Derechos Humanos fue proclamada en 1948 como un ideal común a todos los pueblos y naciones, estableciendo, por primera vez, los derechos humanos fundamentales que debían protegerse en todo el mundo. Desde entonces, la mayoría de los países han ido incorporando a sus ordenamientos jurídicos procedimientos específicos y las correspondientes sanciones para proteger estos derechos.

 

Sin embargo, son muchos los casos en los que la libertad de expresión ha sobrepasado los límites razonables o, al menos, prudentes, socavando el clima de respeto y diálogo que debe existir en una sociedad democrática y tolerante. 

 

Sin embargo, sucesos odiosos y violentos, como el ataque a la redacción de la revista francesa Charlie Hebdo, sugieren que los límites de la libertad de expresión (y el derecho a la sátira, como manifestación directa de esa libertad) sí se han sobrepasado o, al menos, se han difuminado en la sociedad actual. ¿Cuáles son esos límites? ¿Quién decide qué puede y qué no puede publicarse en el marco de la libertad de expresión? ¿Existe el derecho a satirizar elementos religiosos sea cual sea el impacto de la crítica?

 

Como recordaba Cesare Cavalleri en noviembre de 2020, en un editorial de Studi Cattolici, ante lo dicho por el primer ministro francés Macron sobre el derecho a la blasfemia (se corre el riesgo de repetir lo obvio), ¿han oído alguna vez que la libertad del hombre no es ilimitada? ¿Has oído alguna vez que mi libertad termina cuando empieza la de los demás? Y la libertad de conciencia de los musulmanes, ¿dónde la ponemos?

 

Los límites de la libertad de pensamiento y su difusión se sitúan dentro de las fronteras de las demás libertades y derechos inviolables de la persona: el derecho al honor, a la intimidad, el derecho a tener y profesar creencias religiosas en público o en privado y el derecho a no ser perseguido por ellas, etc.

 

El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha surgido precisamente para arrojar luz sobre estos casos y decidir qué derecho tiene más peso, la libertad de expresión (art. 19) o el derecho a la libertad de pensamiento, conciencia y religión (art. 18). Aun así, se podría decir que existe una cierta desconexión práctica entre el ejercicio de la libertad de expresión y la protección efectiva del sentimiento religioso, al ver cómo ciertas publicaciones han tenido un eco inmediato de odio y violencia en las calles y en todo el mundo. Seguramente hay algo que no funciona y la siguiente pregunta sería: ¿puedo publicar todo, simplemente porque tengo derecho a hacerlo?

 

Armonia y paz social

 

La solución más eficaz hoy en día, según los expertos, sería una serie de medidas preventivas para evitar el conflicto.

 

Quizás la primera de ellas se refiere, como escribió el profesor Rafael Palomino, a la necesidad de buscar una verdadera conciliación entre el ejercicio de la libertad de expresión y los sentimientos religiosos o la libertad de culto. Esta conciliación deriva de un uso responsable y armonioso de ambas libertades, sin hacer recaer todo el peso de la solución en las aportaciones que pueda hacer la ley. Tales contribuciones, por otra parte, son ciertamente limitadas cuando el problema alcanza dimensiones planetarias y los organismos regionales e internacionales sólo pueden aconsejar y orientar las acciones y normas de los legisladores y agentes jurídicos estatales.

 

En segundo lugar, un contexto más amplio del problema apunta a la necesidad de un diálogo entre el Oriente islámico y el Occidente secularizado para concretar fórmulas específicas de consenso como punto de partida para establecer soluciones compartidas. En esta línea, la lucha contra los delitos de odio podría considerarse como un tipo de solución básica que, formulada de forma precisa e inequívoca, permitiría realizar un esfuerzo común para erradicar las diferentes formas de violencia que consideran la religión como un criterio selectivo de opresión y crimen.

 

Por supuesto, el contexto que rodea el ejercicio de la libertad de expresión es muy relevante en este caso, como deja claro la jurisprudencia del propio Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

 

Al analizar el choque entre la libertad de expresión y el sentimiento religioso, no se puede pasar por alto el contexto, de modo que incluso a la hora de determinar las conductas prescritas o permitidas en la expresión artística, literaria, etc., siempre debe haber espacio para la cuidadosa valoración de los agentes jurídicos, especialmente de los tribunales de justicia, que deben actuar con imparcialidad, nunca en beneficio de la preponderancia de las mayorías, pero tampoco en beneficio de la taimada tiranía de las minorías.

 

Por último, también parece aconsejable -y en muchos casos necesario- que en una materia tan sensible como la libertad religiosa y de creencias, el Estado se mantenga en una posición ideológicamente neutra, neutral o imparcial, de modo que sus agentes no estimulen, fomenten o financien aquellas manifestaciones de la libertad de expresión y de la libertad artística de las que razonablemente pueda esperarse que dañen los sentimientos religiosos de los ciudadanos.

 

Por último, es interesante señalar que la sátira tenía originalmente una función social: pretendía provocar, inflamar las conciencias e incitar al cambio. Sin embargo, la sociedad polarizada en la que vivimos y el populismo imperante en la política occidental dan alas a los radicalismos que crean una situación de fragilidad e inestabilidad social y cultural. Por ello, es más necesario que nunca defender una libertad de expresión que no vincule su ejercicio al debilitamiento de otros derechos y libertades individuales.

 

La Verdad construida: el papel de los comunicadores ante la evolución de las redes

Nuestra Jornada de Estudio es un momento de reflexión sobre el papel y la responsabilidad de los periodistas y profesionales de la comunicación en una etapa marcada por una crisis sin precedentes.

Nos hemos acercado en los últimos meses a varios colegas de diversas partes del mundo, para buscar futuras líneas de trabajo que puedan ser de ayuda para los estudiosos y profesionales de la información.

Como resultado de algunas de estas reflexiones, hemos llegado a algunas conclusiones y también a posibles enfoques que pueden orientar mejor los retos que tenemos por delante, y que son fruto de las observaciones recogidas en los últimos meses.

Lo primero que hay que destacar es que el "periodismo" no parece estar en crisis. Es la "prensa" la que está en dificultades, como argumenta Cristian Pizarro, desde el punto de vista empresarial, ya que experimenta dificultades ligadas a la transformación digital, también por la desaparición de un modelo de negocio tradicional, agravado en particular en estos meses, en los que ya no se lanzan productos, ni se realizan campañas y promociones.

Otro problema importante es la reducción de las salas de redacción, que han abandonado muchas personas. Se han recortado los salarios. El trabajo está sobrecargado. Y todo ello ha creado incertidumbre, con el inconveniente añadido del aumento del trabajo a distancia, lo que sin duda ha perjudicado el trabajo periodístico, que es esencialmente una actividad de equipo, como también señala Cristian Pizarro, porque en el trabajo informativo es absolutamente necesario contrastar opiniones y puntos de vista.

Además, en los últimos meses las noticias se han centrado casi exclusivamente en Covid-19. Nada más parece importar después de dos años. "Todas las secciones persiguen el mismo gran tema", recuerda Cristian Pizarro. Y esto es un gran hándicap, porque así los medios de comunicación pierden algo esencial, que es la diversidad, y genera mucha tensión entre los periodistas: ¿cuánto del Coronavirus y cuánto de otros temas hay que publicar? Esta es la gran pregunta en este momento.

Otra clave para interpretar el momento actual es lo que Pizarro llama "el papel social de la institución mediática": hay algunos periódicos que, en algunos países, son más que un medio de comunicación y una empresa. Son instituciones de referencia. Es el caso, por ejemplo, de El Mercurio de Chile, La Nación de Buenos Aires, El Comercio de Lima, El Tiempo de Bogotá, el New York Times y el Times de Londres. ¿En qué medida esta dimensión institucional se ve afectada por una crisis como la que estamos atravesando? Los periódicos con este estatus se enfrentan a un doble reto: tienen que informar sobre los acontecimientos, pero al mismo tiempo tienen que "salvaguardar", con mucho más celo que otros, su deber de ser un punto de referencia para los ciudadanos. Esto implica ser especialmente cuidadosos en el tratamiento de la información que se publica (para no sembrar el miedo y la ira en la población, así como comprobar y volver a comprobar lo que se publica), porque en tiempos como estos, como ya sabemos, las fake news y los bulos son habituales.

Y es precisamente esto lo que -según Pizarro- marca la diferencia en la crisis actual: lo que cimenta la credibilidad y la confianza de los lectores y lo que ha hecho que muchos abandonen las redes sociales ("ojalá sea para siempre, al menos como medio de información", dice Pizarro, que reconoce en todo caso que pueden ser un medio de comunicación) y revaloricen los medios tradicionales (periódicos, radio, televisión).

Los medios tradicionales son siempre responsables de lo que publican y ya sabemos que las redes no lo son, aunque digan lo contrario. Los medios de comunicación filtran y ofrecen opciones; el lector lo agradece en tiempos de "saturación de información y confusión". En la misma línea que el periodista chileno, otro colega, en este caso español, Pablo Ordaz – con quien tuvimos la oportunidad de hablar largo y tendido- dice que no hay una crisis de la información y el periodismo, sino de la sociedad en su conjunto. Hay una crisis sanitaria mundial que ya está provocando una crisis económica brutal que acabará donde acaban todas las crisis: golpeando a los más frágiles, aumentando aún más la desigualdad.

"Así que, si nos atenemos a la vieja definición de periodista -el tipo que corre hacia el fuego o el terremoto mientras la gente normal huye-, no tendremos más remedio que olvidarnos de nuestros problemas e ir a informar lo mejor posible de lo que está ocurriendo. Estamos en un momento apasionante y decisivo en el que tendremos que dejar de mirarnos el ombligo, dejar de quejarnos de la crisis del periodismo, dejar de tener miedo a ser sepultados por las redes sociales y dedicarnos sin complejos a lo que hacemos", reitera Ordaz. Según el periodista español, que fue corresponsal de su periódico en Italia, los ciudadanos quieren saber, "quieren que les contemos historias, que les ayudemos a separar el trigo de la paja, los datos verdaderos de los falsos". Y para ello debemos volver a ser conscientes de la grandeza de la profesión". Según Ordaz, los periodistas -su análisis coincide con el de Cristian Pizarro- se han asustado demasiado por el empuje de las redes sociales, el ruido de Twitter, la cháchara de Facebook, el espejo blanco de Instagram. En otras palabras, la iniciativa se perdió durante demasiado tiempo, ya que era habitual preguntar en las redacciones: ¿qué dicen las redes? ¿qué es tendencia? Ah, vamos a centrarnos en eso, porque funciona, porque crea una audiencia....

Era lógico que sucediera, y estas redes sociales, si se utilizan bien, pueden tener su función y pueden servir como otra herramienta útil. Pero el periodismo es otra cosa. Pablo Ordaz ha dicho en varios foros: 'Y seguramente sólo saldremos de la crisis del periodismo haciendo el periodismo que queríamos hacer cuando soñábamos con ser periodistas'. Es decir: ir a los sitios, leer mucho y estudiar, observar, tratar de entender lo que pasa entrevistando a los que tienen cosas que contar, escribir bien, informar bien, ofrecer al lector -o al oyente, o al espectador- las certezas que podemos encontrar y también advertirle de nuestras dudas, de los peligros de las zonas oscuras".

Alguien dirá: sí, pero es caro. Y es cierto, es muy caro. En tiempo, en dedicación, en preparación, incluso en medios. "Pero creo que es la única salida", confirma Ordaz: "En El País nos embarcamos en la aventura de concienciar al lector precisamente de eso, de que el periodismo es caro, no es gratis. ¿No es barato tener una red de corresponsales, de periodistas especializados, de buenos narradores? Pero vale la pena".

En otros ámbitos de la vida, todos desconfiamos de los productos excesivamente baratos, por no decir gratuitos. Y por otro lado, se ha impuesto la convención de que la información es libre, en gran medida porque se confunde la opinión con la información, y nosotros mismos y los medios de comunicación somos en gran parte responsables de ello.

La opinión es muy barata. Todos tenemos el nuestro y un teléfono en la mano que nos permite distribuirlo gratuitamente. Además, cuanto más extravagante sea, más éxito tendrá en algunos foros. "Nuestro reto es otro", dice el periodista de El País: ayudar a nuestro público, desorientado tanto o más que nosotros por la avalancha de información mezclada con opiniones que le llega cada día, a distinguir entre lo que es una cosa y lo que es otra, y para eso no hay más solución que volver al principio. Creer en la profesión, en el impulso que nos ha traído hasta aquí, sin atajos ni arabescos. Si el periodismo está en crisis, es una mala noticia. La buena noticia es que la única salida es el buen periodismo". Gonzalo Peltzer, director general de El Territorio (Argentina) coincide básicamente con estas opiniones. Según el analista argentino, el periodismo se mantendrá por lo que los lectores paguen por él. Estamos avanzando hacia un modelo que paga por lo que consume. Pero cuidado que seguimos explotando el modelo de suscripción: incluso en Internet y en el New York Times seguimos pagando por mucha información que no utilizamos.

En otras palabras, el modelo publicitario que ha sostenido la industria durante los últimos cien años ha enriquecido a sus empresarios, pero también ha comprometido su independencia. El cambio de modelo que se está produciendo tiene dos consecuencias: las empresas periodísticas dejarán de ser ricas y se volverán independientes. De este modo, las empresas periodísticas incapaces de ofrecer un periodismo de calidad morirán, porque si algo es caro es pagar poco por nada.

Para Peltzer, el periodismo no es sólo contenido o información. No se trata de llenar tarros con puré de tomate. La idea de la industria de contenidos admite tanto la basura como la verdad, y los gestores siempre preferirán contenidos baratos al menor precio posible. Pero esto no es periodismo. El periodismo busca la verdad que cambie la realidad, avanzando hacia la mejora de la misma. "Para ello necesitamos un trabajo mental más que de producción", dijo Gonzalo Peltzer. "Es esencial contar con personas de talento en las redacciones. Tenemos que ahorrar dinero en otras cosas, pero nunca en talento", concluyó el argentino.

"En los últimos años, cuando intentaron convencernos de que estábamos en una industria de contenidos, las universidades abandonaron sus escuelas de periodismo para crear facultades, primero de ciencias de la información y luego de comunicación, que se dedicaron a estudiar un fenómeno social que nada tiene que ver con la profesión de quienes buscan la verdad necesaria para la sociedad. Deberían volver a la idea de las viejas escuelas de periodismo", dice Gonzalo Peltzer, "que tal vez deberían recrearse en las facultades de letras y no en las de comunicación". Y no deben abandonar la prerrogativa de formar a los periodistas, a los que hay que enseñar lo esencial: a amar la verdad, a hablar, leer y escribir".

Concluimos con algunas ideas que pueden resumir el sentimiento común surgido en los distintos encuentros de debate y reflexión, útiles para futuros retos:

1. La crisis pandémica, y todo lo que ha generado, ha hecho que los medios de comunicación tradicionales (y los periódicos en particular) tengan que enfrentarse a los retos de la transformación digital, el negocio, la redacción. Desde hace algún tiempo, los medios de comunicación se han desentendido de estas cuestiones y el reinicio se ha retrasado. Probablemente no habrá otra oportunidad y tenemos que aprovecharla.

2. La cifra de lectores está en su nivel más alto de los últimos tiempos. La gente tiene más tiempo y "consume más medios tradicionales". Esto nos hace ser parcialmente optimistas. Como señala el profesor Ramón Salaverria, de la Universidad de Navarra, "los medios de comunicación no consiguen nada con tener anuncios si no tienen audiencia para informar, educar y entretener". Esta será la clave de la recuperación: reencontrarse con el público que, por diversas razones, le había sido esquivo en los últimos tiempos.

3. Las redes serán las grandes perdedoras de esta crisis.

4. Los periodistas y quienes nos dedicamos a esta noble profesión nos hemos visto obligados a dejar la "vieja normalidad" y afrontar nuestro trabajo con más esfuerzo, sacrificio, más formación y más creatividad. Ser más adaptable y, quizás esto es lo más importante, ver el rostro del dolor, de la pobreza, de la enfermedad, en general de la condición humana en sus diferentes facetas. El imperativo que surge aquí es la obligación de ser empáticos con estas realidades y estos dolores. De este modo, no olvidemos nunca que el periodismo no es un simple relato de la realidad, sino una actividad que puede hacer mucho para que el mundo sea un lugar mejor para vivir.

5. La crisis del periodismo debe resolverse con un periodismo de calidad. Los lectores necesitarán, más que nunca, un periodismo bien elaborado, con datos fiables, opiniones serias, honestas y éticas, para saber cómo gestionar un mundo nuevo.

 

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Manuel Sánchez Hurtado

El director de Prestomedia Grupo en Italia reflexiona sobre la libertad de expresión y sobre la verdad construida.

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GABRIEL PARDO

El editor del diario El Mercurio de Chile reflexiona sobre la libertad de prensa y sobre lo necesario que es el periodismo.

Chile, señales preocupantes respecto de la libertad de prensa

El periodismo, más necesario que nunca

“Lo primero que tengo que decir es que el periodismo no está agonizando. Al contrario, está vivo y es más necesario que nunca. Una sociedad en la cual no hay libertad de expresión —y tenemos muchos lamentables ejemplos en el barrio— no es una democracia”.

Son palabras del Premio Nacional de Periodismo de Chile, Abraham Santibáñez, quien afirma en una reciente entrevista que, “con el abrumador bagaje de sonidos e imágenes que tenemos, seguimos requiriendo la información preparada de manera profesional, investigada con rigor, con fuentes confiables, seleccionada y procesada con criterios éticos. En esta perspectiva, el periodismo escrito es imbatible.”

Ese es, sin duda, el valor del periodismo en la era de la llamada posverdad.

Cuando se encienden las iras en redes sociales y las noticias falsas buscan confundir a los lectores, el rol de los periodistas se hace más vital que nunca en la reflexión, la información certera, la multiplicidad de miradas, el chequeo de datos.

Sería simplista lamentar que los medios de comunicación han perdido influencia en la era de la redes sociales o que los periodistas ya no son los únicos capaces de dirigirse a un público masivo o de ser reconocidos como una autoridad en materia informativa. También sería un grave error contraponer el rol del periodismo con el de las redes sociales.

           

¿Es acaso casual que sea el periodismo el que esté ayudando a las audiencias a detectar noticias falsas en el mundo digital? ¿Es sorprendente que investigaciones periodísticas hoy transnacionales —que involucran a editores y reporteros de asociaciones de prensa escrita— sigan removiendo el escenario político en distintos países? 

Aunque no podemos dejar de reconocer la crisis económica por la que han atravesado los medios de prensa durante la pandemia, la consabida baja en el avisaje o los ataques que suelen recibir los periodistas cuando disienten en una era donde priman los “sesgos de confirmación”, su rol es irremplazable.

Al decir del académico español Miquel Rodrigo Alsina “el periodismo sin ética deja de ser periodismo; puede ser propaganda, un relato de ficción o noticias que no deberían haberse publicado. Podríamos decir que, sin ética, el periodismo es mal periodismo, no es un relato informativo o es una distorsión de la realidad”.

En Chile, “El Mercurio” ha tenido iniciativas pioneras como “El Polígrafo” en la detección de noticias falsas que han sido de gran utilidad tanto en el ámbito político para informar a los lectores en el enfrentamiento del covid-19.

“En la pandemia los medios volvieron a ser valorados”, dice el premio Nacional de Periodismo 2021, Ascanio Cavallo, “en el desconcierto que generó la pandemia se produjo una revalorización de los medios, ya sea porque transmitíamos las noticias científicamente correctas, sea porque veíamos las cifras o contradecíamos a los gobiernos en su información oficial”.

           

Chile atraviesa en estos días no solo por la crisis del covid-19 sino también por la inestabilidad que ha producido la violencia en las calles y por las incertidumbres propias de un proceso constituyente que ha tenido altibajos.

           

En ese contexto, la Convención Constitucional que se desarrolla en el país ha aprobado disposiciones que, buscando sancionar la desinformación, podrían terminar afectando la libertad de expresión, han señalado expertos constitucionalistas. Una de ellas sancionará a los convencionistas por “la expresión, a través de cualquier medio físico o digital, de un hecho que se presenta como real, conociendo o debiendo saber que es falso”.

           

La vaguedad de la disposición aprobada podría significar que en el futuro se intente acallar una posición disidente bajo el argumento de su supuesta falsedad o que se ensaye la búsqueda de una verdad oficial. Mayor sería el problema si ese tipo de sanciones llegan al texto constitucional definitivo.

           

La cobertura atenta y vigilante de los medios de comunicación, en este contexto, ha debido soportar ataques e incluso “funas” (agresiones verbales y manifestaciones en las calles) a los periodistas que cubren de manera crítica este proceso.

           

No será la primera ni la única vez. El rol del periodismo y su independencia de los poderes constituidos —y también constituyentes— debe seguir siendo una garantía para los ciudadanos. Hoy inmersos en una realidad de redes sociales, parecen seguir necesitando, sobre todo en tiempos de crisis, que profesionales laboren arduamente para distinguir qué informaciones tienen real valor  y cuáles no. Tanto para cuidar su estado de salud como el estado de salud de la la libertad y la democracia.   

El 20 de octubre de 2019 el edificio patrimonial donde se encuentra el diario “El Mercurio” de Valparaíso, fue atacado y quemado por una turba durante el llamado “estallido” que puso a Chile en las noticias internacionales. Afortunadamente no alcanzó a herir a periodistas ni trabajadores.

 Un grupo de quienes se encontraban en ese momento en las instalaciones logró desalojar el lugar mientras los bomberos luchaban por controlar las llamas.

           

Ese matutito, fundado en 1827 (al que se sumaría “El Mercurio” de Santiago en 1900), cuenta casi tantos años como la República de Chile y es el diario más antiguo de habla hispana que se sigue editando. Además de ser una muestra palmaria de la persistencia en el ímpetu de informar a sus lectores superando crisis económicas o convulsiones políticas por las que ha atravesado la nación.

           

No fue el único medio de comunicación atacado en esas jornadas de desmanes que, cada tanto, vuelven a asolar las calles de Santiago y de otras regiones, con saqueos, quema de edificios públicos y comercios.

           

Pese a que el edificio patrimonial donde se encuentra “El Mercurio” hoy luce con las ventanas tapeadas y su frontis pintarrajeado, sigue en pie en su labor cotidiana de informar. Al igual que otros medios de prensa escrita, radio, TV e internet, que continúan defendiendo su rol en un escenario de polarización.

Pese a la buena calificación que obtiene Chile en distintos rankings internacionales de libertad de expresión y de prensa, existen señales preocupantes aparejadas a la crisis que se inició el 18 de octubre de 2019, cuando con inusitada violencia se quemaron completamente 25 estaciones de metro y se iniciaron luego masivas protestas con una gran diversidad de demandas.

El índice de Chapultepec de 2021, impulsado por la Sociedad Interamericana de la Prensa, posiciona a Chile —junto a Uruguay— como naciones, de veintidós analizadas en el continente, con libertad de prensa plena, lo que significa un aliciente en un hemisferio en el que Nicaragua, Cuba y Venezuela muestran las peores cifras.

Algo similar registra el Freedom Forum en su informe de este año, entregando al país una puntuación global de 93 en materia de libertades civiles y derechos políticos, cifra similar a la que obtienen países de Europa como España e Italia, en un ranking que lidera Noruega con 100 puntos y en que Siria obtiene solo 1.

El análisis del Freedom Forum señala que Chile tiene un sistema democrático estable que ha ido expandiendo los derechos y las libertades desde el regreso a la democracia en 1990, con elecciones libres, un sistema multipartidista, alternancia en el poder tanto en el Poder Ejecutivo como en el Legislativo y una normativa que permitió, por ejemplo, la creación de un Consejo para la Transparencia.

Sin embargo, y como ha ocurrido en otros países de Latinoamérica, la posición en esos rankings no está garantizada. En un país que afortunadamente no ha registrado en los últimos años asesinatos de periodistas, como ha sucedido en México, ni persecusión explícita de autoridades gubernamentales con el cierre de medios de comunicación y encarcelamiento de disidentes, como en Venezuela, sí se advierte un complejo escenario.

A los inéditos ataques incendiarios a medios como “El Mercurio” de Valparaíso o “El Líder” de San Antonio se han sumado agresiones a equipos periodísticos en la calles durante las manifestaciones. Ambas situaciones completamente atentatorias contra el derecho a la información y que la Asociación Nacional de la Prensa (ANP) ha condenado con fuerza, advirtiendo que son una amenaza a la democracia.  

Aunque persiste la violencia, la crisis social y política se ha encausado de manera institucional, luego de un acuerdo entre las diferentes fuerzas políticas que desembocó en una reforma que permitió la realización de un plebiscito constitucional. Tras ese proceso eleccionario, una mayoría se pronunció por el cambio a la actual Carta Fundamental, a través de una Convención Constitucional. Este último órgano, que consta de 155 miembros, fue electo por votación popular.

En sus primeros meses de funcionamiento, sin embargo, la Convención ha impulsado normas en su reglamento de funcionamiento para sancionar, por ejemplo, “el negacionismo” que, según advirtió la Sociedad Interamericana de la Prensa, puede tener repercusiones muy negativas para la libertad de expresión.

Esta normativa sanciona “toda acción u omisión que justifique, niegue o minimice, haga apología o glorifique los delitos de lesa humanidad ocurridos en Chile entre el 11 de septiembre de 1973 y el 10 de marzo de 1990, y las violaciones a los derechos humanos ocurridas en el contexto del estallido social de octubre de 2019 y con posterioridad a este”.


El mismo artículo añade que también se entenderá como negacionismo “toda acción u omisión que justifique, niegue o minimice las atrocidades y genocidio cultural de las que han sido víctimas los pueblos originarios y el pueblo tribal afrodescendiente a través de la historia, durante la colonización europea y a partir de la constitución del Estado de Chile”.

Abogados constitucionalistas, desde distintas perspectivas, han advertido que esas disposiciones, que condenan no solo acciones sino omisiones, están abiertas a múltiples interpretaciones y atentan contra la libertad de expresión. Es más, podría sentar un mal precedente para las futuras disposiciones constitucionales en torno a la materia. 

Por otra parte, desde la Convención, se ha impedido el ingreso de la prensa para registrar todo el detalle de las sesiones y distintos convencionistas han lanzado ataques contra los medios de comunicación en sus discursos.

A ello se suma que en el contexto de un proceso de campaña presidencial, se ven señales de alerta desde algunas candidaturas, que han planteado en sus programas de gobierno más regulaciones para los medios de comunicación, analizar la distribución de las actuales frecuencias de radio y televisión y la creación de nuevas instancias sancionatorias desde el Estado.

Actualmente, Chile requiere más que nunca de una prensa libre que pueda informar de los complejos procesos que vive el país y que vele por la diversidad de opiniones y por la libertad de expresión, cuestión esencial para profundizar en su democracia y no retroceder en ese desafío.   

OSCAR CEDILLO

El Director general de la editorial Milenio en México reflexiona sobre la libertad de expresión y sobre el cambio del periodismo de papel al periodismo digital.

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El dinero y la libertad de expresión

“Nunca habían atacado a un presidente como ahora. Yo creo que lo hicieron con Francisco I. Madero, apóstol de la democracia”, se quejó el presidente, Andrés Manuel López Obrador, desde su ya acostumbrada ‘conferencia mañanera’ en Palacio Nacional. 

 

Y una ojeada a las primeras planas, la radio, la televisión y los portales mexicanos, demuestran que sí existe la libertad de expresión. Así sea una libertad definida por la dependencia que hay del periodismo con el sostén económico gubernamental, principalmente.

 

Columnistas afamados, comentaristas de radio y tv -los más influyentes, los imprescindibles-, los principales diarios, las televisoras y las radiodifusoras: todos están enojados. Ya era hábito creado, el acceso a la información de primera mano y también al dinero que aportaban algunos gobiernos.

 

Hoy, ante el reclamo cotidiano del gobierno por la crítica cotidiana, se crea en una  primera impresión la idea de que no hay libertad de expresión, cuando lo que en realidad no hay es el dinero y el acceso a las exclusivas o filtraciones que siempre hubo.

 

De manera que estamos ante un círculo vicioso, donde el gobierno se queja de los ataques diarios y los periodistas asumen esa queja como falta de libertad de expresión, recurriendo al ya gastado cliché -pero ciertamente eficaz a lo largo de muchas décadas- de ‘te pego para que me pagues y si no, me quejo’. El viejo juego donde el poder y el periodismo, interpretan el papel de víctimas. 

 

Unos se autocensuran, otros se alinean y algunos más terminan fuera de los medios por no entender las reglas históricas del periodismo mexicano.

 

Estábamos tan acomodados, tan seguros, tan acostumbrados y reporteando de la misma manera, que no quisimos ver los cambios que nos tomaron por sorpresa: el cambio de la industria por la llegada de la tecnología al periodismo, el cambio del régimen de gobierno que ya no paga para que no le peguen, y por último, la pandemia por covid que obligó a una nueva forma de reportear con menos recursos y desde casa.    

 

Tenemos que aprender o por lo menos, aceptar, que ya no podemos negociar con la libertad de expresión, y que la única puerta de salida implica hacer periodismo de calidad para que los lectores estén dispuestos a pagar por nuestro trabajo. 

 

Innegablemente, el poder económico determina, en un sentido o en otro, a la libertad de expresión. Y así, la carencia de dinero gubernamental es lo que es: la mayor y mejor oportunidad que tenemos para hacer un periodismo libre de ataduras.

 

La variante en la ruta de navegación es tan simple de leerse como compleja de seguirse, si es que queremos aprovechar los vientos y llegar a buen puerto: antes íbamos por el cofre del tesoro; hoy vamos por la conquista del lector.

Del papel a la pantalla móvil

En los últimos 20 años aprendimos y entendimos que no basta con tener el mejor texto o reportaje, por más nombre y tradición que tenga un medio, si éste no ha sido socializado en redes o con los motores de búsqueda correctos; sería como tener una joya preciosa dentro de una caja fuerte que nadie ve.

 

Los periodistas de impreso estamos formados en la obsesión de la portada principal, la nota de ocho columnas, el cuidado de la redacción, la veracidad de la información, y eso es lo correcto. Pero ahora imaginemos ese cuidado intelectual, compartido, viralizado en redes y a través de las nuevas plataformas: el impacto sería mayor.

 

Aquí estamos de nuevo cuestionándonos si las redes son periodismo… y si hay algo que resume las últimas dos décadas del periodismo, es el derribo del muro entre la redacción digital y la de papel, que no compiten: se potencian para convivir todos juntos en las redes sociales.

 

No ha sido sencillo. Ambas redacciones se veían con recelo y los periodistas de ‘la vieja guardia’ acusaban a los más jóvenes de ‘robanotas’, de falta de rigor y de hacer ‘perritos y gatitos’; en cambio, los nativos digitales, tachaban a sus antecesores de anticuados, flojos y lentos.  

 

Más allá de lo visceral, la voraz evolución del internet, los teléfonos inteligentes y la redes sociales, precipitaron el cambio en la industria y la necesidad de una unión de fuerzas que ahora hace imposible pensar que subsistan como entes separados.

 

Sobre todo por la progresiva pérdida de credibilidad en los medios tradicionales, alentada y agitada por la redes sociales, la guerra encarnizada por el click y la difusión masiva de noticias falsas.

 

Como nunca, éstos son tiempos de hacer periodismo de mayor calidad, y donde la información es la única reina. Ahí es donde no importa la plataforma y donde existe una gran área de oportunidad por hacer periodismo de verdad. 

 

Al final nos vendieron el mito de la desaparición de los impresos, como si fuera la desaparición del buen periodismo; pero un medio no mata a otro medio, lo refuerza.   

 

Los medios estamos en una encrucijada donde debemos reinventarnos, crear nuevos procesos y modelos de trabajo, atender a nuestras audiencias y entender que el periodismo ha evolucionando, con nuevos elementos agregados a la ecuación. 

 

Al final no hay que perder de vista la realidad, y la realidad es que detrás de una teléfono móvil hay un ser humano leyendo este texto, opinando o compartiendo. Eso es una verdad; nuestra verdad construida.

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JUAN ERNESTO PARDINAS

El Director general editorial del Diario La Reforma de México reflexiona sobre la libertad de expresión.

Libertad de expresión ¿un derecho sustentado por el mercado?

La Declaración Universal de los Derechos Humanos es una carta de navegación civilizatoria. El documento publicado en 1948 consta de 30 artículos, cada uno de ellos asociados a un derecho fundamental que se considera inherente a la dignidad humana. La gran mayoría de estos derechos tienen su espejo en los respectivos textos constitucionales y marcos legales de los países que han firmado el documento.

Los primeros artículos de la Declaración abordan un conjunto de derechos elementales: a la vida, a la no discriminación, las prohibiciones a la esclavitud y la tortura, el acceso a tribunales y la presunción de inocencia. Para procurar el cumplimiento de estos derechos existe un andamiaje de normas e instituciones gubernamentales que forman la estructura que conocemos como Estado. Los tribunales y los sistemas de procuración de justicia son organizaciones que tienen la misión constitucional de que estos derechos enlistados arriba, no se queden en letra muerta.

El prolífico intelectual norteamericano Cass Sunstein definió a un presupuesto como la distancia que existe entre un principio ético y un derecho efectivo. Al seguir el hilo del argumento de Sunstein encontramos otro conjunto de derechos que, en gran medida, dependen no sólo de las provisiones legales y dependencias estatales, sino también de las disposiciones del presupuesto. Los derechos a la salud, la educación o la seguridad colectiva, que también forman parte de la DUDH, dependen del ejercicio del gasto público y el diseño de redes de protección social.

El artículo XIX de la Declaración está dedicado a las libertades de expresión y opinión. El ejercicio de este derecho tiene una singularidad, su cumplimiento cotidiano no depende de un brazo de la estructura del Estado, ni de un presupuesto público, sino de una profesión y de la industria que la sustenta. Sin periodismo libre no puede existir la libertad de expresión. Las empresas periodísticas son, en cierta forma, la plataforma operativa de este derecho humano.

Diarios como Granma en Cuba o Pravda en la antigua Unión Soviética, nos recuerdan lo que ocurre cuando una autoridad de gobierno se dedica a reportar noticias y determinar la jerarquía de una información. El espacio de las redes sociales ofrece un espacio infinito de pluralidad, cualquiera puede decir cualquier cosa. Sin embargo, esa agregación masiva de ruido no necesariamente representa ese ejercicio de rendición de cuentas que presupone la libertad de expresión. El debate público en una sociedad abierta requiere del rigor informativo y apego a los hechos que sólo puede proveer el periodismo independiente.

El modelo básico de negocios sufrió de pocos cambios desde la impresión de los primeros periódicos. Primero los lectores estaban dispuestos a pagar por contenidos editoriales exclusivos, después se extendió la práctica de que anunciantes pagaran por espacios para promocionar sus bienes y servicios a mayores audiencias.

A fines del Siglo XX, la disrupción tecnológica del internet y la digitalización de textos, imágenes, audios y videos cambió para siempre el orden establecido en la industria de medios. Las nuevas tecnologías redujeron exponencialmente los costos para distribuir contenidos editoriales. Un puñado de empresas que funcionan como plataformas de distribución, búsqueda y agregación de contenidos han generado una disrupción irreversible de este mercado.

Quienes vivimos de hacer y vender periódicos sabemos que hay un sismo que está transformando el paisaje de la industria. Muchos medios tradicionales han sufrido el efecto devastador de esta disrupción tecnológica. Sin embargo, hay instituciones periodísticas que se han logrado adaptar y prosperar en este nuevo orden de la distribución de contenidos.

La libertad es expresión es un derecho que da oxígeno y viabilidad a otras libertades democráticas. El lema del Washington Post lo sintetiza en una poderosa frase de cuatro palabras: Democracy dies in darkness.

¿Qué sucede con un derecho, la libertad de expresión, cuyo ejercicio cotidiano depende de una industria sacudida en sus cimientos por la disrupción tecnológica? Una de las tareas primordiales del periodismo es hacer preguntas. Dejo esta abierta interrogante cuya respuesta  se encuentra en el  porvenir y en el fruto de nuestros propios empeños.

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FABIO HADDAD

El Director editorial del Grupo Folha de Sao Paulo en Brasil reflexiona sobre los papeles de la comunicación.

Os novos papéis da comunicação

Há não muito tempo, o jornalismo, em essência, poderia ser descrito como o ato de descortinar a verdade com a revelação de fatos objetivos. Hoje, esse conceito simples ficou abstrato demais para uma sociedade onde fato e verdade não caminham, necessariamente, no mesmo lado da calçada. Ao menos não para todo mundo.

A mentira foi habilmente lapidada nesta era de informação rápida e de redes sociais. Ela tem como característica vital ser crível, ter elementos que lhe conferem credibilidade. Por vezes, fake news que circulam na internet se apoderam de fatos reais, de conhecimento público, mas que são distorcidas para embasar conclusões erradas. Essa fração de realidade funciona como um isca para fisgar, especialmente, quem quer acreditar. É construída uma verdade artificial.

Neste contexto, não basta ao jornalismo só apresentar os fatos, é preciso explicá-los e contextualizá-los. E é necessário fazer isso com as palavras certas, geralmente as mais simples, em um texto que seja de fácil absorção. 

Mas também isso não é o suficiente. Além de fatos, de contexto e de explicação, ao jornalismo dos tempos atuais é exigida velocidade máxima, a escolha ideal de palavras para o título ranquear nos mecanismos de busca, a foto que mais chamará atenção nas redes sociais, as tags que levarão o leitor ao texto.

É preciso, ainda, estar atento às redes sociais, que exigem respostas rápidas às reações e interações dos leitores.

Esse conjunto crescente de exigências habita um ambiente hostil. Enquanto jornais e jornalistas tentam dar conta de encontrar a concretude dos fatos, uma parte significativa do mundo virtual funciona como uma caixa de ressonância para mentiras e desinformação, impondo ao jornalismo profissional uma missão adicional: repor a verdade.

Jornais investem tempo, dinheiro e espaço para desmentir fake news com ciência e método, enquanto, em ritmo maior, novas mentiras surgem e se espalham.

À medida que as notícias falsas começaram a também influenciar as grandes decisões do país e a se tornarem um risco à estabilidade democrática, o fenômeno em si passou a ser alvo de escrutínio dos meios de comunicação, não apenas matéria prima para fact check.

No Brasil, em 2018, por exemplo, uma série de reportagens da Folha de S.Paulo revelou um engenhoso esquema de disparo em massa de notícias falsas via WhatsApp para beneficiar o então candidato à Presidência Jair Bolsonaro. Essa tática de marketing político invisível e silenciosa mudou os paradigmas conhecidos da disputa eleitoral brasileira, até então muito calcada no tempo que cada candidato tinha disponível para seu programa eleitoral na televisão.

Mesmo com poucos segundos de exposição na TV, Bolsonaro se elegeu com 57,8 milhões de votos no segundo turno e poderá disputar a reeleição em 2022. Em outubro último, o Tribunal Superior Eleitoral brasileiro decidiu que o candidato que fizer uso do disparo em massa de fake news durante o processo eleitoral será cassado. Vitória do jornalismo.

O combate às fake news demonstrou-se no último ano e meio não só um importante mecanismo de manutenção da democracia mas também uma arma a favor da vida.

Enquanto o coronavírus devastava famílias com a morte de mais de 608 mil pessoas no Brasil, malandros de todas as estirpes distribuíram por aplicativos de mensagem instantânea e pelas redes sociais todo tipo de informação falsa sobre a doença. Tudo foi alvo da sanha inescrupulosa dos propagadores de fake news, desde a letalidade do vírus até a eficácia do uso de máscaras no combate ao vírus. Mais recentemente, os riscos e a eficiência das vacinas entraram no cardápio de temas explorados nas mentiras.

A ação de jogar luz nestes assuntos precisou ser feita sem amarras pelos jornais. Mesmo diante de uma tragédia nacional, que também vitimou os jornalistas de forma pessoal, foi preciso doses extras de racionalidade, com análise detida de dados e revisão cuidadosa de estudos, indicando com clareza e transparência os rumos que a ciência apontava para a pandemia. O objetivo inicial é sempre desmentir ou confirmar uma informação que circula muito.

No campo das opiniões, também ao jornalismo profissional em tempos de redes sociais cabe a missão nobre de furar as bolhas. 

No ambiente virtual, nossa atitude padrão, reforçada pela ação dos algoritmos, é nos cercarmos de pessoas que pensam como nós, que têm opiniões que corroboram as nossas, que acariciam nosso senso de moralidade. Além de inflar os egos, esse isolamento acrítico tende a nos fazer acreditar que o conjunto da sociedade pensa todo igual a nós e passamos a ignorar a existência ou a relevância de vozes dissonantes.

De um jornal espera-se o exato oposto. Precisa ser um ambiente de oposição de ideias, de exposição do contraditório, um campo para a livre manifestação do pensamento crítico. 

Em seu momento mais difícil, diante de mudanças tecnológicas e sociais, crise econômica, desafios éticos e ampliação da base de responsabilidades, o jornalismo enxerga-se como uma ferramenta ainda mais essencial. E faz tudo isso enquanto busca a palavra que melhor indexa no Google.

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ERNESTO CORTES

El editor general del Grupo El Tiempo en Colombia reflexiona sobre la libertad de expresión y sobre el periodismo para la población

Libertad de expresión en Colombia

Colombia se caracteriza por ser una de las democracias más estables de América Latina. En contraste, varios países del continente han atravesado por dictaduras que marcaron el devenir de sus sociedades. Incluyendo gobiernos abiertamente autocráticos hoy en día. Nuestro país cuenta en el último siglo con un solo episodio de dictadura militar. Entre los años 1953 y 57, el general Rojas Pinilla, con un discurso populista y en vista de que la guerra política interna no cesaba, logró alzarse con el poder, aupado, entre otros, por los tradicionales partidos liberal y conservador. Sin embargo, esa supuesta estabilidad política no se ha traducido en una estabilidad social. Las profundas raíces de nuestras fratricidas y perennes guerras internas, se han sucedido una tras otra dejando una estela de millones de víctimas a lo largo de los años. 

La prensa no ha sido ajena a esa realidad. Y más bien hizo parte -directa o indirectamente- de un ecosistema en el que muchas veces no se supo hasta dónde llegaba su papel y hasta dónde sus tentáculos con los grandes partidos y movimientos políticos del último siglo y medio.

Este contexto nos sirve de marco para explicar por qué la libertad de prensa en Colombia debe mirarse bajo el prisma de un oficio que, si bien ha jugado un papel de primer orden en la conformación del estado, también ha sufrido las consecuencias del sectarismo político y el ataque de poderosas organizaciones criminales. Así, mientras en los llamados años de la 'violencia' (1948-1956) muchos medios fueron perseguidos, censurados y clausurados -cuando no incendiados, como ocurrió con EL TIEMPO, El Espectador o El Siglo, en 1952-, en décadas recientes han sido actores armados el principal obstáculo para el pleno ejercicio de jun periodismo libre e independiente.

Alrededor de 163 periodistas -entre ellos cuatro mujeres- han sido asesinados en Colombia en el último siglo, según la juiciosa estadística que lleva la Fundación para la Libertad de Prensa, Flip. Los perpetradores han sido desde agentes del estado y bandas criminales al servicio de políticos corruptos, hasta guerrillas, paramilitares y los carteles del narcotráfico. Hoy, cerca de 140 periodistas están amenazados y cuatro tuvieron que abandonar el país. 

Dos casos emblemáticos resumen nuestra situación actual. Uno, abordado recientemente por la Corte Penal Internacional (CPI), es el de la colega y compañera de labores Jineth Bedoya, secuestrada y abusada por hombres pertenecientes a grupos paramilitares, ante la indiferencia del estado. Más de 20 años duró Jineth pidiendo justicia y el estado negándose a cumplir con su papel de defensor de la integridad personal y la libertad de prensa, como lo contempla la Constitución. De 25 personas implicadas en los hechos que afectaron a Bedoya, solo han sido condenados tres. Hay evidencia de que miembros del estado pudieron haber participado del crimen. Por fortuna, hace apenas tres semanas la Corte dio su veredicto y condenó a la nación para que repare a la colega ultrajada y construya un sistema de ayuda para las víctimas de hechos similares. 

Jineth contó con la suerte de que ni el diario para el que labora, ni la agremiación de periodistas, ni los bogados que la acompañan, cejaron en su empeño por hallar justicia. La misma suerte, sin embargo, no corrieron directores de medios como Guillermo Cano, de El Espectador, o el director del diario regional La Patria, Orlando Sierra, asesinados, el primero por el narcotráfico, y el segundo por una alianza entre políticos corruptos de la región y sicarios a sueldo.

El segundo caso tiene que ver con un debate que ha surgido hace pocos días entre la Flip y el Ministerio de Defensa a raíz de las violentas protestas sociales que tuvieron lugar entre marzo y junio de este año. El gremio acusa al gobierno de implementar una estrategia de ‘ciberpatrullaje’, una especie de perfilamiento de noticias y comentarios que se hacen en redes sociales, y un supuesto montaje que habría hecho la cartera de Defensa para denunciar un supuesto ataque cibernético a las páginas de varias entidades, con el fin de  generar indignación entre los ciudadanos, ganar solidaridad y debilitar a sus opositores. Prácticas que para algunos le abren camino a la censura.

Hoy los crímenes contra periodistas en Colombia no cesan, infortunadamente. Tal vez no tenemos los  niveles de otros años y nada comparable con México o Nicaragua. Sin embargo, hace un par de meses, el 19 de septiembre, fue asesinado Marcos Efraín Montalvo, en Tuluá, Valle del Cauca, aparentemente por haber denunciado hechos de corrupción local. El comunicador trabajaba de forma independiente. No hay avances en la investigación. La mayoría de crímenes contra periodistas han prescrito, otra forma de revictimización de los comunicadores que mueren en el cumplimiento de su deber.

Y no es solo la violencia física la que se ha empleado contra periodistas de Colombia, también se ha utilizado a la justicia para intimidar a la prensa, particularmente con el uso y abuso de figuras como la tutela o las denuncias por injuria y calumnia. La mayoría de estas acciones son emprendidas por instituciones o personas al servicio de intereses particulares, llámense políticos, agentes del estado, instituciones oficiales o privadas, entre otros.  A ello se suman no pocas decisiones judiciales encaminadas a acallar o restringir la libre expresión, como ha sucedido recientemente con la periodista Vicky Dávila, directora de la revista Semana. 

En las revueltas sociales, la Flip registró 300 agresiones contra periodistas, perpetradas en su mayoría por agentes estatales. También hubo 79 ataques a la infraestructura de los medios; ha habido amenazas contra periodistas de Medellín y Córdoba, y la CIDH otorgó medidas cautelares a favor de dos periodistas de Cali por posible atentados en su contra. Para rematar, actualmente cursan dos leyes que podrían atentar contra la libertad de expresión, una de ellas, la que censura contenidos en internet por considerarlos nocivos para menores de edad. 

El caso de Bedoya y el nobel de paz otorgado este año a los colegas María Ressa y Dimitri Muratov, sientan un precedente para la prensa libre y la libertad de expresión, pues demuestran, por un lado,  que cuando las autoridades locales no garantizan la vida e integridad de los periodistas, quedan instancias internacionales a las cuales acudir. Y por otro, el nobel reconoce el sacrificio y los riesgos que implica el ejercicio de esta profesión, al tiempo que le recuerda a la humanidad que aún quedan por ahí, navegando en medio de la incertidumbre y a costa de su propia vida, un puñado de hombres y mujeres periodistas dispuestos a resistir.

Solo nos queda el periodismo

La noticia, el género por excelencia del periodismo, ha muerto. Atrás quedaron sus enseñanzas de las cinco 'w', la inmediatez, la precisión, la proximidad a la verdad, el anuncio, el género que rompía la monotonía para dar paso al suceso, a la acción.

 

En muchas salas de redacción y apenas arrancando el nuevo siglo, empiezan a posicionarse los robots, que, en adelante, con solo proveerlos de unos cuantos algoritmos y palabras clave, harán el milagro de la noticia, la armarán y distribuirán con la misma velocidad con que hoy se disparan millones de mensajes a través de las redes sociales. ¿Y el periodista?

 

La robotización de la noticia es otra de las múltiples consecuencias que deja la tecnología y en donde las redes son apenas la vía para su amplificación. Pero no es lo único que avanza a velocidades inimaginables. Ya Facebook nos anuncia el Metaverso y la creación de mundos paralelos, que se venden como la comunicación del futuro. ¿Y el periodismo?

 

Y no hay nada qué hacer. Son los tiempos, es la evolución, el ser humano intentando superarse a sí mismo. Pero cuando se trata de la comunicación y de cómo a través de ella absorbemos los hechos para esparcirlos luego a las nuevas ciber audiencias, los peligros acechan a la vuelta de la esquina. Como de hecho está pasando desde hace un buen tiempo con las "verdades construidas" o "verdades alternas", como también se les conoce.

 

En la verdad construida no hay proceso, ni rigor, ni confirmación, ni contraste, ni diversidad. Es el reflejo de nuestra propia mirada que no admite matices, ni puntos de vista en contrario, lo más peligroso para el oficio y la democracia; es la modernización de la lapidaria expresión "el enemigo de mi enemigo es mi amigo", que para el caso que nos ocupa habría que decir "el enemigo de mi verdad es también mi enemigo". 

 

En Colombia esto ha generado, a primera vista, dos consecuencias: una polarización inmisericorde y un lenguaje de odio que estila por las redes como pocas veces se había visto. Y una militancia que se ejerce desde las altas cumbres del periodismo.

El resultado ya se conoce: la cantidad de mentiras que se dijeron a través de las redes durante el proceso de refrendación de los acuerdos de paz entre el gobierno colombiano y las Farc, llevó a que el NO se impusiera por un margen reducido. Sin embargo, ello generó un tsunami político y social que pervive. Colombia no es la misma desde entonces.

 

Y por otro lado, está el difícil papel que desde distintas orillas juegan los periodistas, cada vez más obsesionados con fungir como dueños de su propia verdad o apéndices de las causas sociales que hoy mueven a muchos sin que se apliquen los respectivos filtros. Ello ha derivado en una sucesión de demandad entre agentes del estado y  columnistas o, incluso, entre los mismos periodistas. Una 'guerra' de vanidades que ha pulverizado la tolerancia entre medios de comunicación mientras afloran los señalamientos y se perfila, una vez más, un periodismo con ataduras ideológicas que solo contribuyen a seguir en la polarización.

De los múltiples impactos que han producido las verdades construidas, la opinión es, sin duda, el género que con mayor vehemencia ha recibido los impactos. ¿Es opinión lo que se expresa en las redes? ¿También ha sucumbido la verdad en este frente? ¿Todo se vale en las redes? ¿Llegó la hora de aceptar que la militancia del periodismo se justifica en aras de satisfacer audiencias? ¿Cuál es el costo a pagar? 

Hoy parece ser que lo instantáneo le ganó a la pausa y la reflexión; lo efímero echó por tierra la profundidad y la coherencia, y la mentira se empoderó como el nuevo y terrible credo.

Decía Gay Talesse, a propósito de las elecciones Clinton-Trump, que hay una hiperventilación del periodismo, un afán por tomar partido, por volverse juez y parte; todo ello no es sino el reflejo de la incapacidad de abordar de una mejor manera esa nueva realidad que nos apabulla, la de las redes sociales; de creer que no contamos con suficientes herramientas para hacerles frente a sabiendas que son las mismas herramientas con las que desde hace milenios aramos en el campo de la verdad. 

¿Cuál debe ser nuestro papel? ¿Existe otro distinto a ser lo que somos y a compartir lo heredado? ¿Existe otro distinto a seguir siendo la sirena que se abre paso en medio de la mediocridad con tal de salvar al periodismo y a la verdad? ¿Existe otro distinto a seguir erguidos como el faro que evitará que encallemos en el lodazal de las verdades alternas? La evolución de los tiempos no significa el sacrificio de los hechos. Hay que seguir defendiéndolos.

La pregunta que sigue sin resolverse y por la que nos devanamos hoy los sesos en las salas de redacción es tan simple como el agua: ¿si las audiencias no nos buscan, qué buscan? ¿Qué buscaban antes de las redes? No tengo una respuesta clara, pero me arriesgo con una hipótesis: tampoco lo saben. ¿Buscan la verdad? ¿Cuál?

Los que sí la tienen clara son los políticos, los grandes responsables del fenómeno de post verdad, verdades construidas o verdades alternas. La fórmula es tan simple que da vergüenza repetirla: tomar una causa, construir una narrativa, dosificarla con medias verdades o mentiras abiertas y regarla a una audiencia incauta. Es la evolución de la revolución de las masas. Y no basta con echar a rodar una mentira bajo el ropaje de la certeza, sino que está el vehículo, está la autopista y está el infinito para extenderla hasta donde nuestra  propia imaginación lo permita.

 

Al final solo nos queda el periodismo para combatir las verdades construidas. Nada más que eso, pero tampoco nada más se necesita.

PEDRO ARAÚJO

El Director ejecutivo de Jornal de Noticias reflexiona sobre la libertad de expresión y sobre la relación de las redes sociales y el periodismo

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A liberdade de expressão e de informação em Portugal

A verdade construída na era das redes sociais

As redes sociais vieram colocar um desafio concreto aos meios de comunicação social tradicionais, que se caracterizam pelo seu caráter deontológico e especializado. Ou seja, os órgãos de informação, reconhecidos social e legalmente enquanto tais, distinguem-se claramente de um qualquer cidadão com acesso às redes sociais, por muito alcance que este tenha em termos de audiência.

O poder de “agenda setting” deixou de ser exclusivo da comunicação social tradicional. Atentemos em dois exemplos muito distintos: alguém filma o carro de um governante em excesso de velocidade e descreve o facto numa rede social de forma documentada (vídeo); um político insulta um adversário fazendo um tweet. Num e noutro caso, os assuntos tornam-se fonte de discussão no espaço público, sendo que as televisões, jornais e rádio ajudam a amplificar essa polémica. Curiosamente, mesmo que, por absurdo a comunicação social ignorasse os assuntos, os factos em causa seriam igualmente disseminados como um vírus.

Esta realidade, que foi crescendo de forma cada vez mais acelerada desde o início do novo milénio, torna todo o processo da comunicação mais democrático e complexo, apresentando vantagens e desvantagens para o consumidor final de informação e para os intermediários, que deixaram de ser apenas os jornalistas. É bem verdade que o jornalista já não era há muito tempo o intermediário único. A teoria das balas mágicas perdeu há  décadas a sua validade e a abordagem “multi-step flow”, concebida por Paul Lazarsfeld, é hoje uma boa designação para o atual panorama da comunicação. Lazarsfeld referia-se unicamente à influência dos media e dos líderes de opinião sobre os indivíduos (“two-step”) e à influência da comunicação social e dos líderes de opinião entre si próprios (“multi-step”). Hoje, eu diria que a comunicação se baseia num esquema de “infinite-step flow”.

Essa realidade infinita é percebida quando se mapeia a atividade nas redes sociais. Pontos unem-se a pontos (indivíduos que se representam a si mesmos ou a instituições) de forma aparentemente aleatória, constante, em looping, sem limites.

Ao tender para o infinito, a construção da realidade é feita por todos em conjunto e por cada um em particular. A verdade ou, se preferirmos, a realidade são construções? Se os factos sociais não são naturais, então são construídos? Sim. Mas quem são os construtores dessa mesma realidade? Até pelo seu papel de mediador de informação, a comunicação social propõe modelos de comportamento e de definição de papéis sociais. A gramática da comunicação social (organização dos jornais, por exemplo) em conjunto com o agenda setting próprio torna os órgãos de informação tradicionais em importantes pilares da sociedade. O surgimento de atores em redes de crescimento exponencial abre a porta a várias gramáticas e “agenda settings”.

As notícias falsas (“fake news”) encontram aqui terreno fértil. O modelo de fluxo informativo de “um para muitos” foi subvertido pelas redes sociais. O espaço público e o espaço informativo sobrepõem-se. Todos são agentes de informação, de boa ou má qualidade. “O drama da Internet é que ela promoveu o idiota da aldeia a portador da verdade”, afirmou Umberto Eco, em 2015. Este comentário, embora seja deselegante, ilustra bem o cenário mediático atual.

Conceitos como a pós-verdade ou a verdade alternativa, ideia difundida pelo staff do ex-presidente Donald Trump, são agora parte do léxico da comunicação ou, pelo menos, integram a discussão sobre o tema. Há, como diz Jean Baudrillard, imagens e signos que se tornaram mais reais do que a realidade em si mesma. Nós vivemos numa era em que se compram e vendem obras de arte digitais por milhares de euros. Um artista chegou mesmo a destruir uma das suas esculturas físicas para não degradar o valor da mesma obra em formato digital (“non-fungible token”).

Perante as redes sociais, há duas atitudes possíveis. Manuel Castells, por exemplo, acredita que as referidas plataformas podem ser meios de mudança social, indo do digital para o físico. Já Noam Chomsky considera que a presença nestas redes dá uma falsa sensação de autonomia e de pertença, uma vez que as relações no espaço digital são sobretudo limitadas e superficiais. Por outro lado, empresas como a Google e a Meta (Facebook, Instagram, Whatsapp) controlam grande parte dos dados dos utilizadores, usando depois algoritmos que tornam redundante e vicioso o nosso acervo de informação sobre o mundo que nos rodeia.

Não deixa de ser curioso que parta dos media, em Portugal e noutros países europeus, a iniciativa de fazer “fact-checks” sobre supostas notícias que nascem maioritariamente nas redes sociais. Mas não é apenas curioso. É mesmo vital para os órgãos de comunicação social que o façam, para sua própria sobrevivência enquanto mediadores credíveis da informação. Não é difícil encontrar inquéritos, como o Edelman Trust Barometer de 2021, em que os cidadãos não hesitam em dar maior credibilidade aos media tradicionais do que à informação que brota natural aleatoriamente das redes sociais.

A liberdade de expressão e de informação está presente na Constituição portuguesa, integrando igualmente a Carta dos Direitos Fundamentais da União Europeia. Os dois aspetos são indissociáveis, uma vez que estamos a falar, de forma cumulativa, do direito de exprimir e divulgar livremente o pensamento pela palavra, pela imagem ou por qualquer outro meio, bem como do direito de informar, de se informar e de ser informado. Em Portugal, que sofreu uma revolução democrática em 1974, a qualidade da liberdade de expressão é alta. Segundo o Press Freedom Index, o país ocupa a nona posição mais elevada a nível mundial, sendo que a Rússia está no último lugar da tabela no panorama europeu.

Apesar de podermos qualificar como sendo elevada a liberdade de expressão e de informação em Portugal, há sempre aspetos discutíveis e polémicos. A liberdade de expressão não pode ser exercida se daí resultar uma ofensa injustificada à integridade moral, ao bom nome ou à honra de outra pessoa. A Constituição garante a todas as pessoas um direito de resposta e de retificação, bem como o direito a uma indemnização por danos eventualmente sofridos. Em Portugal, as constantes violações do segredo de justiça resultam em notícias frequentes sobre figuras públicas, nomeadamente antigos banqueiros e políticos, cujo conteúdo não deveria chegar ao público de forma precoce. Inocentes ou culpados, as figuras públicas acabam por ser condenadas em praça pública muito antes de as polícias e os tribunais fazerem o seu trabalho.

A culpa de existir uma violação constante do segredo de justiça não deve ser atribuída aos jornalistas, cuja missão nobre é informar a sociedade sobre factos de indiscutível interesse público. O pecado original está na própria estrutura dos organismos que constituem o sistema da justiça portuguesa. A informação que chega aos jornalistas não cai do céu, emanando antes dos próprios órgãos judiciais. Aliás, o enquadramento jurídico português prevê precisamente direitos que devem prevalecer sobre a liberdade de informação: o direito à reserva da vida privada, a livre formação da personalidade de crianças e adolescentes, o segredo de Estado, o segredo de justiça e o sigilo profissional.

A Carta Portuguesa de Direitos Humanos na Era Digital, que entrou em vigor em julho deste ano, tem causado muita polémica em Portugal. No seu artigo sexto, a Carta prevê que o Estado assegure o cumprimento do Plano Europeu de Ação contra a Desinformação, “por forma a proteger a sociedade contra pessoas singulares ou coletivas que produzam, reproduzam ou difundam narrativa considerada desinformação”. O problema levantado por alguns partidos e figuras públicas reside na forma como está explícito o mecanismo de controlo. “O Estado apoia a criação de estruturas de verificação de factos por órgãos de comunicação social devidamente registados e incentiva a atribuição de selos de qualidade por entidades fidedignas dotadas do estatuto de utilidade pública”.

Na realidade a Carta não se limita a regular a comunicação social tradicional. No que respeita à liberdade de expressão e criação em ambiente digital, a Carta refere que “todos têm o direito de exprimir e divulgar o seu pensamento, bem como de criar, procurar, obter e partilhar ou difundir informações e opiniões em ambiente digital, de forma livre, sem qualquer tipo ou forma de censura, sem prejuízo do disposto na lei relativamente a condutas ilícitas”.

A comunicação social dita “tradicional” tem, aliás, contribuído para tornar o espaço público mais limpo de notícias falsas ao abraçar a metodologia “fact-check”. A liberdade de expressão e de informação só é bem defendida quando as construções sociais à volta dos factos não partem de invenções ou de distorções grosseiras. Maioritariamente, os factos verificados têm precisamente origem nas redes sociais, espaços onde a manipulação de textos e imagens ou a simples difusão de um facto não verificado integram um arsenal de más práticas que são fáceis de implementar pelos seus autores. Estes induzem em erro (e em rede) um número quase infinito de pessoas que, na era das redes, assumem o duplo papel de recetores e de (re)transmissores. Em Portugal, essa será talvez a grande ameaça às liberdades em análise. É bom não esquecer que a verdade torna-se sempre mais difícil de vislumbrar quando o espaço público está inundado por uma imensidão de distorções ou de falsidades divulgadas de forma dolosa ou por simples ignorância.

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PABLO VACA

El editor jefe del medio Clarín, en Argentina,  reflexiona sobre los ataques a la prensa y sobre los desafios de la prensa frente a las redes

Los ataques a la prensa están de moda y la respuesta es el periodismo de calidad

Las cinco etapas del duelo y los dos grandes desafíos de la prensa frente a las redes

Negociación, ira, negación, depresión y aceptación. Las cinco etapas del duelo descriptas por la psiquiatra suizo-estadounidense Elisabeth Kübler-Ross pueden aplicarse, medio siglo después, al modo en que los comunicadores nos aproximamos a las redes, tal vez con la diferencia de que aquí esos diferentes estados de ánimo no son necesariamente sucesivos ni respetan siempre ese orden.

Basta un encuentro entre dos o más editores para que al rato surja, inevitable, la cuestión de las redes y el periodismo. Unos dirán que van en busca de un acuerdo, otros estarán enojados, alguno elegirá minimizar su importancia, un cuarto se verá pesimista y habrá también quien se haya resignado. Duelo puro. Abundarán los lamentos por ya no ser aquello que una vez fuimos: los únicos dueños de la información, los principales referentes de los anunciantes y los socios más poderosos de los sistemas de distribución o directamente sus propietarios.

Encima, el nuevo chico de la cuadra ha demostrado ser extremadamente popular, más que nunca nadie, y tiene más recursos que todos nosotros juntos. Peor todavía: ejerce brutalmente el poder, sin decir cómo ni por qué. Nos lleva al éxito y también al fracaso. Así de sencillo. Decide si nos muestra o no en base a un siempre misterioso algoritmo. Además, se queda con nuestros viejos clientes, a quienes les vende lo que nosotros vendíamos a precios mucho más baratos de los que nosotros cobrábamos, con nuestras costosas redacciones y altos parámetros de calidad a cuestas. ¿Cómo sentirse cómodo y confiado con un socio así? ¿Cómo no verlo como rival? ¿Cómo no extrañar aquel viejo y querido orden de las cosas?

Suma confusión, claro, que el producto que venden las redes se parece al que venden los medios. Pero no. Es sustancialmente diferente.

El papel de unos y otros no es equiparable, aunque parezcan competir por la atención del usuario. El periodismo tiene su rol, sus mandatos y sus códigos. Informa, entretiene y educa con rigor, sin concesiones y cuando opina lo hace explícito. Es profesional, además. Las redes no pretenden nada de eso. Buscan sumar adherentes, recaudar dinero y alimentar sus algoritmos, que editorializan sin avisar. Definitivamente, la verdad no está entre sus objetivos.

De hecho, la mentira, en forma de fake news, teorías conspirativas y otros formatos, ha contribuido en gran medida a la popularidad de las redes sociales. Cuando alguien entra en ellas y le muestran sólo lo que le gusta ver, no importa si eso es verdad o no. Les resulta reconfortante encontrarse sólo con gente que piensa igual. Los justifica. Incluso da argumentos para la otra gran razón del éxito de las redes: el odio. Acceder únicamente a gente que es similar a uno ayuda a despreciar mejor al que piensa distinto.

Podría decirse, con cierta indulgencia, que se trata de emociones naturalmente humanas, y que las redes solo son herramientas que sirven de amplificador para las mismas. En parte sí. Y en parte no: las redes no son herramientas bobas. Sus algoritmos los diseñan humanos pensantes.

Frente a este panorama el periodismo no la tiene fácil. Fundamentalmente porque es más sencillo, por paradójico que suene, que alguien crea una mentira a que crea una verdad. Las verdades, que son la materia prima del periodismo, son complejas. De explicar y de entender. Es más simple pensar que el Sol da vueltas alrededor de la Tierra.

Ahí está el primer enorme desafío que enfrentamos como comunicadores: no rendirnos en la lucha porque la verdad prevalezca. La mejor manera, por supuesto, es seguir con lo que sabemos hacer: periodismo, ni más ni menos. El viejo truco de descubrir la noticia y contarla bien. De chequear la información. De estar atentos, ser curiosos y a la vez escépticos. El lector avezado lo sabrá reconocer, el lector novato podrá intuirlo, el lector futuro finalmente lo descubrirá.

El segundo desafío, no menor, es cómo aprovechar el descomunal poder de penetración de las redes. ¿Por qué prescindir del mismo? Tal vez sea el mayor reto de la prensa desde el nacimiento mismo de los medios de comunicación masivos: nunca habíamos tenido miles de millones de lectores a un clic de nuestras publicaciones. Son una herramienta y debemos aprender a usarlas en nuestro provecho, cuanto antes mejor.

La relación entre medios y plataformas sociales lleva poco más de una década de idas y vueltas, con tensiones que sólo se comparan, tal vez, con el vínculo entre la prensa y el gobierno. Lejos está de alcanzar su madurez y quizás sea, como sucede justamente con los gobiernos, para siempre inestable, al borde de un ataque de nervios.

Ante esta situación, vale resaltar que hay poca gente más acostumbrada a vivir bajo máximo estrés que los periodistas. No será la primera vez ni la última que nos toque entendernos con un factor de poder aparentemente invencible. Pero aquí estamos y estaremos.

La libertad de expresión es, para un periodista, una cuestión preocupante por obligación y por definición: el día que nos deje de preocupar estaremos en problemas. Resulta simple de explicar: las tensiones entre el periodismo bien ejercido y los poderes de turno no podrán evitarse jamás por la naturaleza de ambos. Las tentaciones para limitar o acallar a la prensa brotarán una y otra vez, siempre. Somos incómodos.

Así, por más libertades de hecho y de derecho que disfrute el periodismo en cualquier país del mundo, nunca debemos bajar la guardia ante la posibilidad de que surjan restricciones o amenazas. Hay que dormir siempre con un ojo abierto. En América Latina sabemos, desgraciadamente, bastante del tema.

De acuerdo con mediciones presentadas el 20 de octubre en la 77 Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), en la región existe un “entorno asfixiante” para la libertad de expresión. Basta leer los títulos de los diarios para advertir una tendencia peligrosa hacia el autoritarismo en algunos gobiernos del continente, que en algunos casos más que tendencia es la regla, consumada de manera grosera.

El Índice de Chapultepec, elaborado por la SIP en colaboración con la Universidad Católica Andrés Bello de Venezuela, señala que mi país, la Argentina, es el país americano que mayor descenso sufrió en el último año respecto a su libertad de prensa. En ese ranking, que encabezan con orgullo nuestros vecinos uruguayos y chilenos, elaborado en base a la opinión de periodistas, académicos e investigadores, entre otros, se señala que el promedio global de libertad de expresión en América es del 55,61%. Argentina está justo debajo del promedio, 53,14%, pero con un detalle no menor: un año antes, alcanzaba al 77,2%, prácticamente en el podio.

¿Qué pasó en el medio? La secuela de una película que ya vimos otras veces. Es decir, un gobierno que había asumido con buena imagen y grandes promesas comenzó a colisionar con la realidad, personificada en una crisis económica galopante, una pésima gestión de la pandemia (Argentina figura entre las naciones que más muertos tuvieron por coronavirus, más de 116.000 hasta el momento) y algunos hechos revelados por la prensa que hubiera preferido que no se supieran nunca.

Por ejemplo, Clarín dio a conocer en febrero pasado que, antes de que se habilitara la vacunación contra el Covid para la población en general, un grupo de funcionarios, exfuncionarios y hasta periodistas oficialistas habían recibido de manera extraoficial sus dosis. El escándalo, bautizado Vacunatorio VIP, provocó la caída del ministro de Salud, Ginés González García, y le costó al gobierno unos cuantos puntos de imagen positiva.

Peor aún, en agosto, un mes antes de las elecciones primarias legislativas en las que finalmente el oficialismo resultó derrotado, colegas del diario La Nación difundieron fotos del festejo de cumpleaños de la primera dama, Fabiola Yáñez, en la residencia presidencial, realizado en el momento más estricto de la cuarentena, en julio 2020. Las imágenes, donde se ve brindar al presidente Alberto Fernández y a su pareja con siete amigos sin barbijos ni distanciamiento social, mientras en el resto del país ese tipo de encuentros estaban estrictamente prohibidos, dieron lugar a una causa judicial que sigue su rumbo, pero también provocaron que el gobierno llegara al piso de la consideración pública.

Se entiende: la cuarentena en Argentina fue una de las más largas del mundo. Las escuelas estuvieron prácticamente cerradas un año y medio y las restricciones por la pandemia paralizaron la actividad económica a un punto nunca antes visto incluso en un país acostumbrado a los malos momentos.

Tantas “malas noticias” hicieron que el actual oficialismo retomara viejas costumbres que parecía haber atemperado en esta, su cuarta encarnación. Así como en el período 2009-2015, durante las dos presidencias de Cristina Kirchner -actual vicepresidenta- el gobierno llegó a estimular simulacros de juicios públicos en las plazas contra las figuras más conocidas del periodismo independiente y obligó a los mayores auspiciantes a que retiraran sus publicidades de los diarios, al margen de beneficiar con pauta oficial sólo a los medios adictos, en el primer año del presidente Fernández, que asumió en 2019 con un discurso moderado, tales expresiones habían casi desaparecido.

Pero hoy, mientras el país sigue empantanado en una de las peores crisis de su historia, con una inflación indomable del 50% anual y una pobreza creciente que ronda el 40%, que llevará casi con seguridad al gobierno a perder su dominio en el Congreso, el oficialismo ha endurecido su discurso y entre los blancos favoritos del mismo está la prensa independiente. Los “medios hegemónicos”, como suelen denominarnos, son señalados como culpables de variados males, muchas veces con expresiones decididamente violentas. Sin ir más lejos, en un acto realizado hace pocos días en la campaña para las legislativas de este 14 de noviembre, un candidato oficialista dijo: “Vamos a recuperar la dignidad de los argentinos si nos enfrentamos a los medios hegemónicos que les meten mierda en la cabeza a los argentinos y a las argentinas”. Sic.

No fue el único. La vicepresidenta, en otro acto reciente, sostuvo que los argentinos “se merecen mejores medios” para que no los “amarguen, los irriten y los pongan tan histéricos por cuestiones que ni siquiera son verdad”. Ni hablar de las intimidaciones, anónimas y firmadas, que brotan de las redes sociales.

En Argentina la prensa ha enfrentado épocas muy duras. Sufrimos censura y desapariciones. Frente a semejante barbarie, alguien podría pensar que las actuales presiones son menores. Es cierto: en mi país se puede decir libremente lo que se piensa y nadie irá preso por ello, como tristemente sucede en otras naciones del continente. Pero el discurso que intenta instalar al periodismo independiente como enemigo es sumamente peligroso y antidemocrático. Es nuestro deber continuar alertas ante estas amenazas reales y concretas. Por suerte, hay un remedio conocido para esta pandemia tan habitual para los periodistas. Se llama periodismo de calidad.

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ALFREDO HERNANDEZ

El gerente editorial de contenidos económicos La Prensa Gráfica y de la revista El Economista, reflexiona sobre la libertad de expresión en El Salvador

La libertad de expresión está en riesgo en El Salvador

Para el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, los periodistas somos “activistas políticos de la oposición”, como él mismo lo ha publicado en varias ocasiones cuando salen a la luz informaciones que no le favorecen o no tienen el enfoque que él quisiera.

Para ejemplo, uno de los más recientes, fue el 15 de octubre cuando existió un alza en la cotización del Bitcóin (en El Salvador, la criptomoneda es una moneda de curso legal desde el 7 de septiembre junto al dólar estadounidense) luego de venir de una baja ocurrida justo cuando entraba en vigencia en El Salvador:

“¿Y los ‘periodistas’ y ‘expertos’ que no paraban de hablar cuando el #Bitcoin bajó 10%, ya dijeron algo ahora que subió 45%? Esta claro que no son ni ‘periodistas’, ni ‘expertos’, solo son activistas políticos de oposición. Eso es todo. Gente buscando con que atacar” (sic).

Según datos de la Asociación de Periodistas de El Salvador (APES), este país centroamericano “ha vivido un rápido deterioro de la libertad de prensa, y con ello de la libertad de expresión, un derecho humano básico recogido en la Constitución de la República salvadoreña y en la Convención Americana sobre Derechos Humanos, conocida como Pacto de San José”.

Desde su llegada a Casa Presidencial, Bukele ha alimentado un discurso estigmatizante contra aquellos medios de comunicación y periodistas que han investigado y publicado reportajes sobre casos de corrupción, faltas éticas o pactos con pandillas criminales para disminuir las cifras de homicidios.

Pero los conflictos entre Bukele y la prensa comenzaron en 2015, cuando el ahora mandatario era alcalde de San Salvador (la capital). Ese año, los periódicos La Prensa Gráfica y El Diario de Hoy denunciaron la clonación de sus sitios digitales y alegaron que los falsos enlaces contenían información a favor del entonces alcalde. La Prensa Gráfica demandó a quienes, según  investigaciones fiscales, estaban detrás del sitio falso; aunque en la acusación no se mencionó directamente a Bukele, los cinco acusados son ahora altos funcionarios de su administración.

El 24 de septiembre de 2020, en cadena nacional, el presidente Bukele arremetió contra los periódicos electrónicos El Faro, Factum y Gato Encerrado, así como los impresos La Prensa Grafica y El Diario de Hoy, acusándolos de “atacar” de forma injustificada a su gobierno. Contra El Faro dijo, además, que había una investigación por posible lavado de dinero.

Reporteros Sin Fronteras han denunciado el "entorno laboral cada vez más hostil para los periodistas" en El Salvador, por lo que ha pedido "a las autoridades que dejen de estigmatizar el trabajo de la prensa".

Sin embargo, el discurso de odio manejado por el Presidente, sus ministros y diputados oficialistas ha permeado  en distintas instituciones públicas y a miles de ciudadanos que, a diario, insultan y amenazan a periodistas. Lo más peligroso es que este discurso se ha transformado en ataques virtuales sistemáticos y sostenidos en redes sociales con el apoyo de “trolles”, hasta llegar a las agresiones físicas contra el gremio, un riesgo latente en una sociedad extremadamente violenta.

El Centro de Monitoreo de la APES ha reportado un incremento en las agresiones contra periodistas. En 2020, el Centro reportó un total de 125 agresiones; sin embargo, durante 2021, y hasta el 20 de octubre, la APES reporta 201 agresiones contra el gremio periodístico en todo el país. El principal grupo agresor, según este monitoreo, ha sido la Policía Nacional Civil con 37 agresiones. Siguen los funcionarios públicos, en particular del Órgano Ejecutivo y la Asamblea Legislativa, con 26 agresiones.

Luego de los ataques, lo siguiente  ha sido el bloqueo sistemático. Que va desde la prohibición de entrada a conferencias de prensa para los medios independientes (específicamente contra El Faro y Factum), pasando por la centralización de la información y la selectividad de los medios de comunicación que pueden entrevistar o hacer preguntas a funcionarios públicos. Sin contar las restricciones a documentos oficioso sobre manejo de fondos públicos, salarios y proyectos de interés social; Es el gobierno con más reservas a información de carácter público.

El país se encuentra en camino a una autocracia, en donde el Presidente ya controla el Ejecutivo, tiene la mayoría en el Legislativo y con ello ha logrado desbaratar el Órgano Judicial para colocar a su gente de confianza entre Magistrados, Jueces, Fiscalía y el Instituto de Acceso a la Información Pública. Con ellos los periodistas y Medios de comunicación estamos  en una inminente incapacidad de poder reclamar nuestros derechos  y bajo una amenaza tácita de sufrir todo el peso del aparato de Estado.

“Casa Presidencial controla todas las etapas del proceso penal: la policía actúa como su brazo armado, la Fiscalía realiza las acusaciones, los jueces nombrados por el oficialismo las validan y la Sala de lo Constitucional bloquea cualquier garantía para los acusados”, detalla APES.

Para terminar, la última fase es la que está por llegar: Diputados del oficialismo han expresado públicamente su intención de crear leyes para controlar la información publicada por los medios de comunicación independientes. Mientras que el asesor jurídico de la presidencia, Javier Argueta, que a mediados de septiembre, amenazó a periodistas con obligarlos a revelar sus fuentes de información, en una clara violación a leyes nacionales y tratados internacionales que reconocen el secreto profesional del gremio periodístico.

El discurso de odio contra los periodistas por parte del oficialismo y liderado por el Presidente no tiene precedente desde la firma de los Acuerdo de Paz en 1992, más parece que se trata de justificar ataques y posible demandas bajo el argumento que no somos periodistas, sino, “activistas políticos de la oposición”. La libertad de expresión está en riesgo en El Salvador.

Es momento de reinventar la industria de las noticias

Quienes hemos tenido la oportunidad de ejercer la docencia en las escuelas de periodismo podemos dar fe del cambio que está ocurriendo en las aulas: se enseña menos periodismo y se da prioridad al manejo de herramientas tecnológicas para la creación de contenidos propios.

Los mismos medios de comunicación están adaptando sus estrategias informativas a la creación de contenidos para las diferentes plataformas que existen hoy en día. Esto con el objetivo de poder monetizar un poco sus contenidos, porque la gente cree que con pagar internet ya tiene derecho a recibir información gratuita.

Pero la escaza monetización que logra capitalizar la industria de las comunicaciones es una pequeña fracción de lo que los verdaderos monstruos tecnológicos están obteniendo con contenidos que otros producen.

La empresa de la red social más usada del mundo (Facebook) obtuvo entre enero y septiembre de este año unas ganancias netas de US$29,085 millones de dólares (€24,897 millones de euros), un 62% superiores a las conseguidas en el mismo período del año anterior.

La firma que dirige Mark Zuckerberg ingresó US$84,258 millones de dólares (€72,127 millones de euros), en su inmensa mayoría provenientes de la venta de espacios publicitarios, y muy por encima de los $57,893 millones (€49,56 millones) facturados durante el mismo período de 2020.

Mientras que Twitter aumentó su facturación en un 44% y pasó de los US$2,427 millones de dólares (€2,077 millones de euros) en los primeros 9 meses de 2020 a los US$3.510 millones (€3,004 millones) del mismo periodo del año actual. Casi la totalidad de estos ingresos, poco más de un 88%, provienen de la venta de espacios publicitarios en la red social, mientras que el 12% restante lo gana vendiendo datos a terceros.

A ello se suma la tendencia de los creadores de contenido independientes (“influencers”), que son ampliamente utilizados por las agencias de publicidad para impulsar marcas.

Los “influencers” ganan 2.970 dólares de media al mes gracias a sus cuentas de Instagram: los microinfluencers (de 1.000 a 10.000 seguidores) alcanzan los $1,420 dólares al mes y los megainfluencers (más de 1 millón de seguidores) $15,536 dólares. Así lo revelan los datos de una encuesta realizada por HypeAuditor que ha contado con las respuestas de más de 1,800 “influencers”. El 48.49% de estos creadores de contenido dijeron que sí ganaban dinero con sus cuentas.

El sitio marketingdirecto.com detalla que los mayores ingresos de los “influencers” provienen de la promoción de marca (40.15%), seguido de construir una marca personal y atraer clientes a su negocio a través de Instagram (21.71%), participar en programas de afiliados (14.92%) y vender cursos (3.86%). El servicio de suscripción (Onlyfans, Discord y otros) fue señalado como una fuente adicional de ingresos por el 7.68% de los “influencers”. El 47% confiensa que tras la llegada del covid-19 comenzaron a ganar más dinero.

¿Qué le depara a la industria de los medios de comunicación?

Una de sus fortalezas continúa siendo la credibilidad, el periodismo puro. Cualquier creador de contenido puede dar a conocer “en primicia” una serie de informaciones sin fundamento; pero nada llega a ser certero para quienes están medianamente informados ( que constituyen la masa crítica de las sociedades) si no es confirmado por aquellos medios de comunicación que son referentes.

La credibilidad de los medios de comunicación depende mucho de la difusión de información debidamente confirmada. En otras palabras: dependemos de la verdad.

En ese sentido, ahora ya no se trata de ganar las primicias noticiosas; ahora se trata de ser los primeros en difundir noticias debidamente confirmadas. Esta es la única manera de hacer frente a las “fake news”; no se trata de andar desmintiendo cada falsa información que es difundida en forma deliberada con fines políticos, publicitarios o económicos.

Se trata de combatir las mentiras con la verdad.

Las redes sociales y el internet nos ha llevado a reinventar los medios de comunicación convencionales, a reconfigurar su modelo de negocio, sus rutinas productivas y sus objetivos en el mercado mediático.

Se trata de que la industria de las noticias pueda monetizar lo más posible, como una lucha entre David contra Goliat, logando que la nuestro trabajo sea reconocido por los  monstruos tecnológicos. Sí, esos mismos que ganan millones sin producir nada y a costa de nosotros.

Existen dos rutas por donde podamos transitar con el apoyo de la noticia y las historias: la primera,  por medio de la creación de contenidos novedosos dirigidos a segmentos específicos y utilizando la estrategia de Netflix, que por medio de “streaming” permiten que los usuarios decida en qué momento desea informarse; la segunda, por medio de la creación de normativas legales que obligue a los monstruos tecnológicos a pagar por tercerizar la industria de las noticias.

Hay que entender que no estamos en una crisis del periodismo, al contrario, debe ser nuestra principal fortaleza, sino que se trata de encontrar nuevos modelos de negocios que permitan a la industria de las noticias volver a sus mejores momentos.

No debemos temer a las redes sociales, al contrario, se trata de aprovecharlas para superar estos momentos de “vuelo caído” de los medios de comunicación.

MATHIEU BION

El editor jefe de la Agencia Europea en Bélgica, reflexiona sobre la directiva ‘Daphne Caruana Galizia’ y sobre la mala prensa que tiene la Unión Europea

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Una directiva ‘Daphne Caruana Galizia’ contra las demandas mordaza, ¡y rápido!

La nube negra

Cuando la bloguera maltesa Daphne Caruana Galizia fue asesinada en octubre de 2017 por investigar la corrupción y la evasión fiscal de personas cercanas al gobierno de Joseph Muscat, estaba afrontando 42 demandas civiles y 5 penales. Una de ellas fue presentada en Estados Unidos por el banco Pilatus, acusado de blanqueo de dinero y que pretendía una indemnización millonaria.

 

¿Habéis oído hablar alguna vez de las SLAPP o Demandas Estratégicas contra la Participación Pública (demandas mordaza)? Se trata de procedimientos judiciales infundados (demandas por difamación, derecho laboral o fiscal) iniciados por entidades públicas, empresas o personalidades poderosas contra actores críticos que actúan en nombre del interés público: individuos, como periodistas, whistleblowers (denunciantes), académicos o defensores de los derechos humanos, u ONG que luchan por causas como la protección del medio ambiente.

 

El objetivo de estos procedimientos no es necesariamente, para quienes los inician, ganar el caso y obtener una compensación por un supuesto perjuicio, sino hacer todo lo posible para poner obstáculos al acusado desacreditándolo, intimidándolo, haciéndole perder un tiempo precioso y debilitándolo psicológica y financieramente.

 

En una conferencia para lanzar la Coalición contra los SLAPP en Europa en marzo de 2021, Andrew Caruana Galizia, hijo de Daphne Caruana Galizia, dijo que en 2017 la vida de su madre se había vuelto "imposible" porque "pasaba mucho tiempo en los tribunales y cada semana su cuenta bancaria estaba congelada". "Esto tuvo un impacto fundamental en su trabajo", dijo.

 

Originadas en Estados Unidos, donde las SLAPP son una parte floreciente del negocio judicial, las demandas mordaza se han extendido por toda la UE. En 2020, había más de 900 casos de difamación abiertos en Croacia. En Italia, las SLAPP o querele temerarie están consideradas emergencia democrática. Sin embargo, ningún Estado miembro ha adoptado realmente una legislación que se dirija directamente a las SLAPP.

 

El asesinato de Daphne Caruana Galizia fue la revelación de una situación y el detonante de un movimiento creciente en Europa. Varias ONG e institutos de investigación se han hecho cargo de la cuestión, y los eurodiputados han comenzado a movilizarse.

 

En octubre, las comisiones de Asuntos Jurídicos y Libertades Civiles del Parlamento Europeo pidieron una iniciativa legislativa a nivel europeo. Pidieron una definición amplia de las personas expuestas a este tipo de persecución y que producen, online y offline, contenidos editoriales o trabajos de carácter político, científico, académico y artístico.

 

En su informe, llevado por el socialdemócrata alemán Tiemo Wölken y la democristiana maltesa Roberta Metsola (que podría ser presidenta del Parlamento Europeo a partir de enero de 2022) y aprobado por amplia mayoría, los eurodiputados piden normas europeas que permitan a un tribunal detectar un procedimiento abusivo sobre la base de criterios comunes: número de casos presentados por el mismo demandante, elección del tribunal, desequilibrio de poder entre demandante y demandado. Así, debería ser posible rechazar una demanda abusiva lo antes posible. Y los autores de las demandas mordaza podrían verse obligados a pagar los costes judiciales de la parte atacada.

 

Una futura directiva de la UE también podría combatir la búsqueda de foros y proporcionar apoyo jurídico y psicológico a las personas y empresas implicadas en SLAPP.

 

La Comisaria Europea de Valores, Věra Jourová, apoya una iniciativa legislativa para frenar las demandas mordaza en la Unión Europea. En octubre, los ministros de Justicia de los Estados miembros debatieron por primera vez la dimensión europea de esta cuestión. Hay una consulta pública abierta hasta enero de 2022 con vistas a una propuesta legislativa concreta la próxima primavera. No es demasiado tarde para opinar.

La Unión europea tiene mala prensa. Europa está lejos, es compleja, y la gente se pierde en sus meandros institucionales.

 

Por ello, es fácil denigrarla, a veces con razón, a menudo injustamente. Es como si "Bruselas" -como dicen algunos dirigentes políticos, ciudadanos y medios de comunicación (pero no la Agencia Europa)- tuviera que ser necesariamente retratada de forma negativa. Es como si su ADN estuviera marcado con el sello indeleble de la mala suerte desde su génesis en los años 50. En una película de animación, Europa siempre será el personaje gafe, con una nube negra encima que le persigue implacablemente y que derrama cubos de agua sobre su cabeza.

 

¿Acaso los medios de comunicación no suelen avergonzarse de Europa? El número de corresponsales de medios nacionales en Bruselas está disminuyendo de forma constante pero segura, debido a la falta de recursos y a menudo también a la falta de interés de las redacciones nacionales. La cobertura mediática de Europa sigue siendo mínima en el panorama nacional y, en las campañas electorales, los debates televisivos sobre el programa europeo de los candidatos rara vez comienzan antes de las 23 horas. En Francia, uno de los programas de noticias europeas tiene el provocativo y revelador nombre de "La faute à l'Europe".

 

A nivel nacional, se suele hablar mal de Europa. Porque vende. Porque no hay muchos de los que la encarnan que la defiendan. También porque es políticamente rentable. Intentar salir elegido con un programa que haga de Europa el nivel de acción relevante para afrontar los grandes retos de nuestro tiempo -la lucha contra el cambio climático, las tensiones comerciales internacionales, la regulación de las plataformas digitales- sigue siendo una gran apuesta.

 

Y así se impone una verdad distorsionada. Se magnifican sus debilidades y disfunciones, algunas muy reales. Se miente por omisión al no mencionar lo que Europa aporta a nuestra vida cotidiana, lo que defiende : el Estado de Derecho, una economía social de mercado, una concepción multilateral de las relaciones internacionales. Esto se hace a veces por ignorancia, pero muchas veces deliberadamente.

 

¿Un ejemplo? El Brexit es el resultado de 40 años de mentiras -verdades fabricadas- y denigración en los medios de comunicación británicos sobre ese objeto supranacional no identificado que cuesta dinero, crea burocracia adicional, diluye la identidad. El lema de los Brexiters era: "Financiamos a la UE con 350 millones de libras a la semana. En su lugar, financiemos el NHS. Voten Leave". Ahora que han recuperado su dinero, ¿cuánto de su promesa han cumplido?

 

Más recientemente, ha habido muchas turbulencias en Europa del Este relacionadas con el respeto de los valores fundamentales y el Estado de Derecho. Dado que el Tribunal Constitucional polaco ha puesto en tela de juicio la primacía del derecho de la UE sobre el derecho nacional, uno de los pilares del ordenamiento jurídico europeo, la Comisión Europea, con el apoyo de la mayoría de los países, insiste en que Varsovia acate las sentencias del Tribunal de Justicia de la UE para garantizar la independencia del poder judicial polaco frente a la política. De lo contrario, la ayuda financiera del plan de recuperación de la UE seguirá bloqueada.

 

El Primer Ministro polaco, Mateusz Morawiecki, respondió con retórica bélica: acusó a Europa de querer iniciar, ni más ni menos, "la Tercera Guerra Mundial" y de obligar a su país a negociar "con una pistola en la cabeza". Acusar a sus interlocutores, que le piden que respete el derecho de la UE, le permite asumir la postura de una víctima aplastada por una potencia exógena asimilada al opresor antes de la caída del muro de Berlín.

 

La pandemia de Covid-19, y los largos confinamientos que engendró, fue una época especialmente fértil para las mentiras y las falsedades. Cuando el mundo se paralizó, las redes sociales inundaron nuestros hogares con datos falsos, historias inventadas, medias verdades, verdadera desinformación. ¿Quién no ha oído decir que el virus fue creado por las élites mundiales para controlar el crecimiento de la población? ¿Que la lejía podría curar el coronavirus? ¿Que la vacuna permitiría inyectar microchips subcutáneos para controlar las masas?

 

Europa no se ha librado de estos ataques, provenientes con frecuencia de Rusia. Ha sido objeto de campañas de desinformación destinadas a minimizar el impacto de su acción en la vacunación de los ciudadanos y a negar la eficacia de las propias vacunas. Así lo ha demostrado la taskforce EUvsDisinformation del Servicio europeo de acción exterior (EEAS). Los resultados son visibles. Varios países bálticos y de Europa Central y Oriental se enfrentan a una cuarta ola epidémica y a una nueva una emergencia sanitaria.

 

Allí mismo donde se constata un bajo nivel de vacunación entre la población adulta debido a las falsas creencias sobre las vacunas, combinadas con una falta de confianza en la clase política, alimentada a su vez por el escepticismo sobre los estragos de la pandemia. No hará falta mucho más para que se acuse a la Unión Europea de todos los males, aunque esta vez haya puesto los medios necesarios para comprar y suministrar varias dosis de vacunas a todos los europeos.

CLAUDIA BENAVENTE

La directora del diario La razón de Bolivia reflexiona sobre la libertad de expresión

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CORAZÓN PARTÍO

¿Qué es la libertad de expresión? Del amplio abanico de definiciones que los periodistas vamos leyendo desde la universidad y contrastando con el gran libro de la experiencia, he decidido hacer énfasis en un derecho paralelo y no menos importante: el derecho a la información veraz. Solo cuando contamos con los insumos básicos de la información que los medios deberían poner a disposición de cada ciudadano y ciudadana, podremos ejercer plenamente nuestro derecho a interpretar los hechos que nos rodean, a construir pensamiento propio y a expresar libremente nuestras ideas respetando las libertades y derechos de los otros diferentes. Este principio nos conduce en atribuir este derecho fundamental a cada persona evitando caer en la trampa de asociar esta libertad principalmente a las estructuras mediáticas de nuestras sociedades y caer en una segunda trampa de pretender que la libertad de expresión es la libertad de prensa y, más riesgoso todavía, la libertad de empresa.  

¿Existe hoy en día libertad de expresión en Bolivia? La pregunta es grande y no parece tener una respuesta cerrada. Mi primer pensamiento es afirmativo pero cae en la trampa del párrafo precedente: concentrarnos en el funcionamiento del conjunto de los medios de comunicación que, a lo largo del proceso democrático en la historia última de Bolivia, se viene dando sin grandes sobresaltos. Sobre la libertad de expresión de ciudadanos informados por medios veraces y plurales, la suma cuadra menos. En Bolivia, como en tantos países agitados por la geopolítica de un presente en plena transición, la clave de sol es más bien una clave de luna de la noche de la polarización en la lectura de lo que sucede día a día. Después de la crisis pre y post electoral del año 2019 y el quiebre constitucional de noviembre del mismo año originando un gobierno de transición que solo debía llamar inmediatamente a elecciones y que las postergó tres veces en plena pandemia cayendo en la tentación de postular a la presidente de transición como candidata en los comicios que debía simplemente administrar, un abismo se abre entre dos narrativas que mecen con intolerancia y racismo el país: “hubo un fraude para perpetuar a Evo Morales en el poder” versus “hubo un golpe de Estado para robar las elecciones al Movimiento al Socialismo”. A medida que transcurre el tiempo y se van esclareciendo y documentando los hechos históricos podríamos esperar que las narrativas den paso a la reconstrucción de un relato consistente, contrastable y esclarecedor. Nada más alejado de lo que hoy predomina en los imaginarios actuales: persisten las lecturas y los sentimientos antagónicos en una sociedad que se mira cada vez con más desconfianza. Y los medios abonan este abismo.

Vale la pena repasar rápidamente los tres últimos momentos políticos: el gobierno de Morales, el gobierno transitorio de un año de Añez y el gobierno electo de Luis Arce que acaba de cumplir su primer año.

Las tensiones entre medios y el gobierno de 14 años del Movimiento al Socialismo se plantearon desde el día uno hasta la “sugerencia" de las Fuerzas Armadas de que renuncie a la presidencia. Se abrió el abismo y la descalificación entre los medios privados (incluyamos aquí los medios de iglesias), los medios estatales y los medios privados ajenos a la corporación mediática conformada en el afán de oposición al largo mandato de Morales habiendo desobedecido el resultado del referéndum de 2016 sobre no modificar un artículo de la Constitución que lo habilitaba a repostular en las elecciones generales. Adquirió fuerza el western mediático que profundizó la polarización con una asociación cada vez más articulada de los medios masivos de oposición al gobierno del cocalero que llegó a la Presidencia y se quedó 14 años.

Los medios de comunicación durante el gobierno de  Jeanine Añez después de la ruptura constitucional post electoral de 2019 presentaron otro comportamiento respecto del poder de turno. El antimasismo mediático de la empresa privada no le quitó el ojo a Evo.  Los medios operaron pese a la amenaza del entonces Ministro de Gobierno, Arturo Murillo (hoy preso en Estados Unidos por malversación de dinero) y pese a las amenazas de la entonces ministra de comunicación, Roxana Lizárraga a los periodistas que cometan “sedición” en un momento en el que el gobierno transitorio aprobó un decreto que liberaba a las Fuerzas Armadas de cualquier responsabilidad penal en sus operativos de “pacificación” del país. Al día siguiente comenzaron las muertes que el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (dependiente de la OEA) reconoció después como masacres (al menos 37 muertos en total, 20 por impacto de bala) y cientos de heridos y apresados. El gobierno de Añez cerró los medios con menos musculatura como las radios que operaban en ciudades intermedias y espacios rurales.

Hoy, frente al MAS de retorno en el gobierno con un 55,1%, se percibe el retorno también de la misma tensión entre el poder político y el poder mediático que se estableció durante el gobierno de Morales. Para ser más precisos, del poder político de una estructura que aglutina gran parte de los movimientos sociales, sectores obreros, campesinos, todos piezas del nunca del todo comprendido universo popular y una corporación mediática ligada vía su propiedad en una gran medida a la empresa privada o sectores conservadores como la Iglesia Católica. Continuará.